
Groenlandia y Ucrania: cuando la “seguridad nacional” se convierte en llave para abrir fronteras ajenas
Lic.Luis Ma. Ruiz Pou
Tras la caída de la URSS, Rusia ha buscado reafirmarse como potencia regional; Ucrania tiene un fuerte valor histórico, cultural y simbólico para Moscú. El ingreso de Ucrania a la OTAN, ponen en peligro la segurdad de los rusos, porque estaría rodeados por esa organización a traves de sus fronteras. Putín, interpretó el cambio de gobierno en Kiev como una expansión occidental en su frontera. Putín quiere hacer grande nuevamente a la URSS, recuperando pasises perdido por la crisis de 1991.
La propuesta no prosperó, pero dejó expuesto un principio inquietante: cuando la seguridad se invoca como argumento absoluto, la geografía deja de ser un límite y se convierte en una tentación. Ese mismo principio, llevado al extremo, se vio en 2014 cuando tropas rusas ingresaron en Ucrania. Moscú justificó la operación alegando que el cambio de gobierno en Kiev —tras la caída de Víktor Yanukóvich— amenazaba la estabilidad regional y la seguridad de Rusia. La posibilidad de que Ucrania se acercara a la Unión Europea y, eventualmente, a la OTAN, fue presentada como un riesgo existencial.
Hoy, por el fracaso de la Doctrina Monroe, Donald Trump basó su promesa de campaña de: “hacer a Estados Unidos grande otra vez” (Make America Great Again, MAGA). Cuando la Doctrina Monroe estuvo en marcaha mediante la política del garrote, EUA, mandaba en América Latina. Por lo erroes políticos, la región se fue alejando de la influencia norte americana; de ahí que, en el hemisferio occidental, algunos analistas interpretan que la pérdida de influencia estadounidense en América Latina reactivó viejas narrativas estratégicas, donde la frontera vuelve a ser metáfora de poder, identidad y control.
Hay crisis que parecen anécdotas y, sin embargo, revelan una arquitectura mental. La controversia diplomática generada cuando Estados Unidos planteó la posibilidad de adquirir Groenlandia fue presentada como un asunto de “seguridad nacional”: una isla estratégica, un punto de control en el Ártico, un territorio cuya posesión —según esa narrativa— reforzaría la defensa del país frente a potencias rivales.
La frontera, de pronto, se volvió un espacio frágil, vulnerable, casi sagrado. Y en nombre de esa vulnerabilidad, Rusia actuó. Ambos episodios —uno diplomático, otro militar— comparten un hilo narrativo: la idea de que la seguridad nacional autoriza a mirar más allá de las propias fronteras.
En el caso de Groenlandia, la seguridad se usó como argumento para justificar un interés territorial en un espacio ajeno. En el caso de Ucrania, la seguridad se convirtió en la justificación para una intervención armada. En ambos, la frontera dejó de ser una línea fija y pasó a ser un concepto elástico, moldeado por la percepción de amenaza.
La historia muestra que cuando un Estado siente que su influencia disminuye, la seguridad se convierte en un lenguaje que permite recuperar terreno simbólico o real. Tras la caída de la URSS, Rusia buscó reafirmarse como potencia regional, y Ucrania —por su peso histórico y geopolítico— se convirtió en el escenario donde esa ambición tomó forma.
Lo que une Groenlandia y Ucrania no es la escala —una propuesta diplomática frente a una invasión militar—, sino el mecanismo retórico: la seguridad nacional como llave maestra que abre puertas que, de otro modo, permanecerían cerradas. Una llave que convierte territorios ajenos en piezas de un tablero estratégico y que transforma la geografía en argumento político.
La pregunta que subyace es más amplia que cualquiera de los casos: ¿qué ocurre cuando la seguridad deja de ser un derecho legítimo y se convierte en un permiso para expandir poder?



