
Trump: El nieto de un inmigrante que cerró la frontera
Un presidente que deportar inmigrantes mientras su historia familiar está tejida por la migración. De hijo a verdugo: genealogía migrante y política de exclusión. Cuando el poder olvida que la migración nace del hambre, el miedo y el amor, convierte la frontera en un espejo roto.
Desde el siglo XIX, millones emigraron por pobreza, desempleo o falta de tierras: judíos rusos escapaban de pogromos. Alemanes y húngaros huían de regímenes autoritarios. Los latinoamericanos buscaban refugio tras dictaduras militares. Así como refugiados vietnamitas, sirios, afganos. La Estatua de la Libertad no sólo iluminaba el camino, también ofrecía sombra al perseguido. Era el símbolo de la libertad. Buscaban el sueño americano.
Puritanos ingleses, cuáqueros, menonitas, católicos irlandeses: todos llegaron buscando libertad de culto. En el siglo XX, musulmanes, hindúes y cristianos ortodoxos también emigraron por persecución religiosa. La fe cruzó el Atlántico antes que las banderas.
La historia migratoria de Estados Unidos no es solo una crónica de llegadas, sino también de olvidos. Y cuando el poder se divorcia de su historia, la democracia se vuelve amnésica. Un presidente que deportar inmigrantes mientras su propia historia familiar está tejida por la migración. ¿Cómo se explica que alguien nacido de madre escocesa, nieto de alemán, casado con una mujer eslovena, y rodeado de inmigrantes, impulse políticas de deportación masiva?
El actual presidente de los Estados Unidos de América (EUA), Donald Trump, es un descendiente directo de inmigrantes; Veamos quienes son: Mary Anne MacLeod, madre, inmigrante escocesa (1930); Friedrich Trump, abuelo paterno, inmigrante alemán (1885); Melania Trump, esposa, nacida en Eslovenia y, Viktor Knavs, suegro, inmigrante europeo. Como podemos observar, La genealogía presidencial es un mapa de exilios, no de muros. Cuando llegaron, no había muros para ellos.
Esta genealogía, contrasta con las actuales acciones presidenciales: Deportaciones masivas; separación familiar en la frontera; restricciones de asilo y una retórica de “invasión” y “criminalidad”. Algunos llegaron a la tierra de la libertad como exiliados económicos y otros por asuntos políticos y religiosos. Fueron recibidos con los brazos abiertos sin observar documentos personales. ¿Quieres decir que los inmigrantes de antes no fueron criminalizados como los de ahora?
Los inmigrantes han sido pilares silenciosos pero decisivos en la construcción económica de Estados Unidos. Desde los irlandeses que cavaron canales en el siglo XIX hasta los ingenieros asiáticos que lideran la innovación tecnológica hoy, su influencia atraviesa sectores clave: han ocupado puestos difíciles de cubrir en agricultura, construcción, salud y servicios, manteniendo industrias vitales en funcionamiento. Las empresas fueron fundadas por inmigrantes o sus hijos.
Los inmigrantes contribuyen miles de millones en impuestos, incluso sin estatus legal, y compensan el envejecimiento poblacional con mano de obra joven y tasas de natalidad más altas. Su gasto en bienes y servicios estimula la economía nacional, desde la vivienda hasta el entretenimiento. La inmigración no es una carga: es el pulso que ha mantenido a Estados Unidos joven, productivo y competitivo.
Los que ayer cruzaron océanos por hambre y fe buscando el sueño americano, hoy son perseguidos por cruzar ríos sin papeles. ¿Puede alguien que se benefició del sistema migratorio cerrarlo para otros? La historia migrante no debería ser capital excluyente, sino memoria compartida. Qué ironía: el nieto de un inmigrante de ayer, hoy lo deportó.
Luis Ruíz Pou



