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Opiniones

¿Reciclando la Mediocridad Política?

La política, como ciencia social, debería ser una herramienta para transformar la sociedad, garantizar derechos y promover el bienestar colectivo. Sin embargo, en muchos contextos, se ha convertido en el escenario perfecto para la mediocridad. Y la República Dominicana no ha sido la excepción.

Desde sus orígenes modernos en el siglo XIX, la Ciencia Política ha buscado comprender las instituciones, el comportamiento político y las relaciones de poder. Pero en la práctica, la política dominicana ha sido secuestrada por actores que, lejos de representar ideales, encarnan intereses personales y oportunismo.

La mediocridad política se manifiesta cuando quienes acceden al poder lo hacen sin méritos, sin preparación, sin vocación de servicio. Son políticos camaleónicos, que cambian de discurso según la dirección del viento, sin principios firmes ni compromiso con el bien común. Como bien dijo José Ingenieros: “El hombre mediocre es incapaz de concebir la virtud, porque no tiene ideales.”

Tras la dictadura de Trujillo, el país intentó construir una democracia. Surgieron partidos con ideologías diversas, desde la socialdemocracia hasta la izquierda radical. Pero el fracaso de la Revolución de abril de 1965 y la llegada al poder de Joaquín Balaguer en 1966 marcaron un punto de inflexión. Su estilo autoritario y paternalista, bajo el lema “dejar hacer, dejar pasar”, abrió las puertas a la corrupción y al clientelismo.

La política dejó de ser un espacio de ideas para convertirse en un refugio de ambiciones personales. Desde entonces, la mediocridad ha sido premiada. Se otorgan cargos por compadrazgos, lealtades partidarias y favores personales, no por capacidad ni integridad. El clientelismo se ha institucionalizado como una nueva ideología, y la política se ha transformado en un negocio rentable para unos pocos.

Lo más preocupante es la pasividad ciudadana. La falta de educación política crítica, la apatía y el conformismo han permitido que este ciclo se repita elección tras elección. Elegimos candidatos sin preparación, sin ética, sin visión de país. Y luego nos sorprendemos de los resultados.

Pero no todo está perdido. Existen políticos idealistas, comprometidos, con principios y coraje moral. Son minoría, sí, pero representan la esperanza de una política diferente. Una política que no se base en dádivas, sino en propuestas. Que no se alimente del miedo, sino de la participación ciudadana. La pregunta que debemos hacernos como sociedad es clara y urgente: ¿Vamos a seguir reciclando la mediocridad política en cada proceso electoral?

La respuesta está en nuestras manos. En nuestra capacidad de exigir, de informarnos, de participar. Porque las patrias no se engrandecen con la astucia de sus políticos, sino con la virtud de sus ciudadanos.

Lic. Luis Ma. Ruiz Pou-

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