
Mentiras, asesoramiento fallido y el costo político de la desinformación
“No es un secreto que hay políticos que mienten. Pero piensa en esto: también pueden hacerlo al decir la verdad. Eso podía ser verdad, pero no responde a la pregunta” -Anónimo- "Nadie tiene una memoria tan grande como para ser un buen mentiroso"- Abraham Lincoln-
Por: Lic. Luis Ma. Ruiz Pou
La mentira y el mal asesoramiento tienen efectos destructivos en las relaciones interpersonales, ya que erosionan la confianza, generan resentimiento, inseguridad y conflicto. Para el gobernante mal aconsejado, el efecto puede ser un perjuicio de una mala dirección por sus decisiones y del bienestar de su pueblo, desde problemas en relaciones hasta consecuencias más graves en áreas como la salud o las finanzas.
Cuando el poder se alimenta de espejismos, la verdad se convierte en un riesgo. En la República Dominicana, el presidente Luis Abinader Corona enfrenta una paradoja inquietante: fue reelecto por su promesa de estabilidad, pero esa promesa se tambalea por las grietas internas de su propio equipo. Mentiras, medias verdades y asesoramiento deficiente han convertido la comunicación gubernamental en un campo minado, donde cada rueda de prensa puede detonar una crisis de credibilidad.
El daño invisible: cómo la mentira corroe el gobierno
La mentira no es solo un acto moralmente reprochable; es una estrategia de desgaste institucional. Cuando los funcionarios tergiversan datos o maquillan la realidad, no solo erosionan la confianza del pueblo, sino que sabotean la capacidad del presidente para gobernar con claridad. Tergiversar era una estrategia de negociación muy común y también para políticos.
El mal asesoramiento, por su parte, transforma decisiones legítimas en errores de cálculo, con consecuencias que pueden ir desde la desinformación pública hasta el deterioro de indicadores económicos clave: Para el funcionario que miente, el costo puede ser psicológico: ansiedad, aislamiento, pérdida de autoestima. Para el gobernante mal informado, el costo es político y social: decisiones erradas que afectan la salud, las finanzas y la estabilidad de la nación.
Promesas económicas atrapadas en el ruido
Luis Abinader fue reelecto con un mandato claro: mantener la estabilidad macroeconómica, controlar la inflación, fortalecer las reservas y atraer inversión extranjera. Pero esos objetivos —que deberían apuntalar el valor del peso dominicano— se han visto comprometidos por una cadena de desinformaciones internas. Las cifras no cuadran, los anuncios se contradicen, y el presidente queda expuesto ante una prensa que exige respuestas que él no siempre puede ofrecer.
“La Semana de los lunes”: entre la transparencia y el desconcierto
El espacio informativo “La Semana de los lunes”, creado para rendir cuentas al pueblo, se ha convertido en un espejo incómodo. En él, el presidente ha enfrentado preguntas complejas basadas en datos ambiguos o erróneos difundidos por sus propios funcionarios. Su dificultad para responder —a veces con gestos que revelan sorpresa o desconocimiento— deja entrever una desconexión entre el discurso oficial y la realidad operativa del gobierno.
A los asesores que encubren: el país no les debe obediencia, les exige responsabilidad
Encubrir errores no es lealtad, es traición al mandato público. Quien asesora al presidente tiene una doble obligación: con la verdad y con el pueblo. Mentir para protegerlo no lo fortalece, lo debilita. Ocultar información no lo blinda, lo expone. Y disfrazar la realidad no lo dignifica, lo condena a gobernar en la oscuridad.
Este llamado no es solo ético, es institucional:
Dejen de blindar al presidente con falsedades. Dejen de sabotear la transparencia con medias verdades. Dejen de convertir la asesoría en encubrimiento. Porque cada mentira que se filtra a la prensa, cada cifra manipulada, cada omisión estratégica, es una bomba de tiempo que estalla en la cara del gobierno y del pueblo.
Si no pueden asesorar con rigor, renuncien. Si no pueden informar con honestidad, callen. Pero no sigan arrastrando al presidente por el túnel de la desinformación. Porque cuando el poder se equivoca por culpa de sus consejeros, el error no es solo político: es moral.



