
LIBROS QUE PARECEN DIFICILES
Hay libros que muchísimas gente abandona demasiado pronto, pero no siempre porque sean malos o demasiado difíciles. A veces el problema es otro: nadie nos explicó cómo leerlos.
Porque hay libros que parecen difíciles, porque los mismos sean excesivos, ni tampoco porque uno no esté preparado para leerlos. Muchas veces lo que ocurre es algo más simple. Nadie te explicó cómo leer estos libros, porque hay libros que parecen difíciles hasta que entiendes qué clase de lectura te piden y cuando lo entiendes, los libros cambian por completo. Uno de los mejores ejemplos de esto lo es Pedro Páramo de Juan Rulfo, un libro breve, brevísimo, de hecho y sin embargo, un libro que tiene fama de desorientar a muchos lectores más que novelas larguísimas y eso ya debería decirnos algo.
La dificultad literaria no depende solamente del tamaño del libro, a veces depende de la forma en que una obra organiza sus voces, su tiempo y su atmosfera.
Mucha gente entra en Pedro Páramo esperando una historia lineal, compacta, estable, donde todo se entienda desde el principio. Y claro, en cuanto empiezan a aparecer voces que parecen venir de otra parte, tiempos que se mezclan, personajes que están y no están, el lector siente que el suelo se mueve. Pero justamente ahí está la clave.
Pedro Páramo pide otra disposición. Pide aceptar desde muy pronto que estamos entrando en un mundo de ecos, de murmullos, de presencias, de memoria rota, de muerte que sigue hablando.
Si intenta leer Pedro Páramo como si fuera una narración convencional, te resiste a ella. Sin embargo, si acepta su lógica, vas a empezar a ver todo de otra manera, todo va a empezar a encajar. Y entonces lo que parecía confuso empieza a convertirse en una de las atmosferas más poderosas de toda la literatura escrita en español.
A veces el problema no está en el libro, está en la expectativa con la que entramos en él.
Con Virginia Wolf pasa algo parecido, aunque de manera muy distinta. Por ejemplo, su novela La señora Dalloway intimida a muchos lectores porque puede parecer que es una novela donde casi no ocurre nada. Un día en Londres una mujer que prepara una fiesta, pensamientos, recuerdos, impresiones y sin embargo ahí dentro hay muchísimo.
Lo que ocurre es que no pasa del modo en que muchos lectores esperan que pasen las cosas en una novela. Si uno busca en la señora Dalloway una trama muy marcada, una sucesión constante de acontecimientos o un relato que avance con una lógica muy visible, pues puede frustrarse.
Pero Wolf no está interesa en eso lo que le interesa es el tiempo interior, la conciencia, la manera en que una vida entera puede vibrar dentro de una hora, de un gesto, de una calle, de una memoria, de un recuerdo que vuelve sin avisar.
Cuando entiendes esto, la señora Dalloway deja de parecer una novela difícil y empieza a verse como una novela finísima, delicadísima, de una inteligencia emocional enorme.
Así que hay que leerla con otro ritmo. No conviene empujar la lectura, conviene acompañarla.
Con Rayuela de Julio Cortázar ocurre otra cosa. Su fama de libro difícil el mismo viene de muchos lados al mismo tiempo. Viene de su estructura, viene de su prestigio, viene de todo lo que se ha dicho sobre ella durante décadas y décadas y también viene de la manera en que muchos lectores se acercan a Rayuela con una mezcla de curiosidad y tensión, casi como si fueran a examinarse. Y en realidad, Rayuela se abre más cuando uno deja de ponerse tan rígido ante ella.
Es un libro al que le perjudica muchísimo la solemnidad excesiva. Hay lectores que entran esperando una gran novela trascendental que deben conseguir descifrar a la perfección y ese peso les impide disfrutar lo más vivo del libro, que es su libertad, su juego, su tono, su movimiento, su manera de invitar al lector a participar en la lectura de otro modo.
Rayuela, además, no pide precisamente una lectura pasiva, pide complicidad, apertura, ganas de dejarse llevar por una forma de pensar la novela que no quiere ser previsible. Y cuando entiendes eso, muchas de sus dificultades cambian de lugar. Siguen ahí, claro, pero ya no te bloquean tanto.
Empieza a leer el libro con otra respiración y entonces aparecen su música a ritmo de jazz, su humor, su melancolía, su desorden fértil. Esa energía tan propia de Cortázar también ayuda entender que no todo en Rayuela tiene que gustarte del mismo modo.
En busca del tiempo perdido, el escritor francés Marcel Proust asusta a muchísima gente antes incluso de abrir sus libros porque su nombre ya impone. En busca del tiempo perdido. Parece para muchos lectores una especie de cordillera, una empresa casi imposible, algo reservada para una etapa futura que nunca termina de llegar. Y sin embargo, una parte importante de esa dificultad desaparece en cuanto entiendes algo fundamental. Proust, no conviene leerlo con prisa. Esto puede parecer una obiedad, pero no lo es. Muchas gentes entran en Proust con una mentalidad todavía muy dominada por la idea de avance, de leer mucho, de rendimiento, de cantidad de páginas, de progreso visible, de avanzar. Y Proust pide otra cosa, pide lentitud, pero sobre todo pide disponibilidad y paciencia para entenderlo.



