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EL PARTIDO CON HAITÍ Y LA VIEJA COSTUMBRE DOMINICANA DE DEJARLO PASAR TODO

Por Carlos Romero Polanco

Wilson Isidor: “La Hispaniola es Haití. Esto es Haití”.

Comencemos como corresponde, felicidades a Haití. Nos venció ampliamente en el
fútbol, un deporte de enorme arraigo en ese país y en el que República Dominicana,
aunque viene creciendo y despertando cada vez más entusiasmo, todavía construye su
camino.
Lamentablemente, la justa deportiva quedó empañada cuando Wilson Isidor, futbolista
haitiano y autor de dos goles, decidió llevar la celebración fuera de la cancha. Mientras
señalaba el suelo dominicano y luego su camiseta, proclamó: “La Hispaniola es Haití.
Esto es Haití”. La Federación Dominicana de Fútbol (FEDOFÚTBOL) calificó
acertadamente esas expresiones como una afrenta a la soberanía nacional y anunció que
llevará el caso ante FIFA y Concacaf.
Probablemente se alegue ahora la vieja confiable: que hubo una mala interpretación, que
el francés, que el creole, que la emoción del momento. Pero hay frases que no requieren
un comité de lingüistas. En español, francés, inglés, creole o hasta en mandarín, decir
que LA HISPANIOLA ES HAITÍ tiene un significado bastante difícil de disfrazar, mucho
más cuando quien lo dice está en Santo Domingo, acaba de representar a Haití en un
partido internacional y señala el suelo de la patria dominicana mientras habla.
La frase tampoco cayó sobre un vacío histórico. Desde los primeros años del Estado
haitiano y su Constitución de 1805, aparecieron concepciones políticas y
constitucionales que tendían a proyectar la idea de dominación de Haití sobre toda la
isla. En textos posteriores, esa vocación territorial llegó incluso a expresarse de manera
más directa, bajo el concepto de la isla como “una e indivisible”.
Si bien se tratan de formulaciones sin valor jurídico alguno en la actualidad, pero
ayudan a entender por qué la idea de una isla políticamente unificada bajo dominio de
Haití no es ajena a corrientes del nacionalismo haitiano y por qué, todavía hoy,
reaparece con sus matices, en discursos, redes sociales, consignas y lecturas históricas
de diversos sectores.
Lo curioso es que ni siquiera la Constitución haitiana vigente respalda semejante
afirmación: su artículo 8 circunscribe el territorio de Haití a la parte occidental de la isla
y reconoce a la República Dominicana como su límite oriental.
Y aun si alguien quisiera prescindir de constituciones y el Derecho internacional,
bastaría caminar por Santo Domingo o revisar los archivos imperiales de las antiguas
potencias europeas. Ahí están las piedras, los archivos, las catedrales y las ruinas.
La Ciudad Colonial de Santo Domingo, Santiago, La Vega, Puerto Plata, Azua y otros
puntos del territorio conservan testimonios de siglos de vida institucional, económica,
social y cultural desarrollada en la parte oriental de la isla bajo dominio español, mucho
antes de la consolidación de la colonia francesa en el oeste, favorecida por el vacío que

siguió a las devastaciones de Osorio y de la cual surgiría posteriormente el Estado
haitiano. La historia puede discutirse, reinterpretarse e incluso intentar manipularse,
pero la realidad no se borra.
Quizás el problema principal ni siquiera sean los dichos desafortunados de un futbolista.
Es lo que hacemos nosotros cada vez que ocurre algo parecido. Las autoridades
dominicanas a partir de 1996, se han acostumbrado a dejar pasar demasiadas afrentas y,
como sociedad, nosotros también. Nos indignamos durante dos días, llenamos las redes
de declaraciones patrióticas y, cuando baja el ruido, dejamos que el olvido haga el resto.
El episodio de Isidor tampoco aparece en un vacío. Durante las últimas décadas la
relación bilateral ha acumulado momentos de tensión que demasiadas veces terminamos
dejando atrás sin mayor consecuencia. Situaciones hay múltiples, desde el intento de
linchamiento a un ex presidente dominicano, los incidentes constantes en contra nuestra
representación diplomática, hasta la controversia más reciente por el canal construido
sobre el río Dajabón pese a las violaciones a tratados binacionales.
Algo parecido ocurre con la cuestión migratoria. República Dominicana lleva años
cargando las consecuencias del colapso institucional y de seguridad haitiano y, sin
embargo, cualquier intento de controlar su frontera o enfrentar los flujos migratorios
irregulares termina con demasiada facilidad reducido a acusaciones de racismo o
xenofobia, promovidos por Ongs, sus colaboradores, y representantes de Haití ante
foros internacionales. Naturalmente, el Estado dominicano debe actuar dentro de la ley
y respetar la dignidad humana, pero ningún país serio puede aceptar que una crisis ajena
termine desbordándolo.
Visto en perspectiva, las palabras de Isidor son apenas un síntoma más de una vieja
costumbre dominicana frente a los agravios o acusaciones que recibe: reaccionar tarde,
hacerlo con timidez y, al final, no hacer nada.
FEDOFÚTBOL hace bien llevando la declaración de Isidor ante FIFA y Concacaf, y
debería agotar el procedimiento hasta sus últimas consecuencias. El Código
Disciplinario de FIFA contempla expresamente como infracción servirse de un evento
deportivo para realizar manifestaciones de índole distinta a la deportiva y, hace apenas
semanas, la Asociación del Fútbol Argentino fue sancionada, entre otras infracciones,
bajo precisamente esa disposición.
No se trata de enemistarnos con Haití ni de responsabilizar a todo un pueblo por las
acciones de una o varias personas, pero una relación entre dos países vecinos, sus
representantes y abanderados necesita basarse en el respeto y límites, y, precisamente el
respeto entre Estados, se conserva dejando claro y a tiempo, aquello que no estamos
dispuestos a tolerar.
Nuestro problema es que durante demasiado tiempo hemos confundido prudencia con
aguante, hospitalidad con permisividad y evitar conflictos con aceptar
desconsideraciones. Cuando cada afrenta termina minimizada, el mensaje que
transmitimos deja de ser tolerancia y empieza a parecerse demasiado a permisividad.
Haití ganó un partido. Felicidades nuevamente.
Pero quizás República Dominicana también pueda ganar algo con esta situación.
Recuperar una costumbre que, entre afrentas toleradas, excesos minimizados y

acusaciones falsas repetidas, hemos ido perdiendo poco a poco. La costumbre de
hacernos respetar como país.

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