
El karma: la reencarnación de los corruptos
“El ser humano es un animal con una tendencia biológica a la corrupción” (Luis Fernández, profesor de psicología en la Universidad de Santiago de Compostela). Agregó: “la corrupción es una combinación de un entorno propicio, una oportunidad y un tipo de personalidad que, superando el temor a un posible castigo, antepone el beneficio individual al interés de los demás y al cumplimiento de la ley”.
El corrupto, tiene una personalidad antisocial, conlleva una frialdad emocional, una carencia de ética y un comportamiento basado en el engaño y la manipulación, sin remordimiento por las consecuencias de sus actos. Les gusta el poder, les activa la motivación de poder, de relaciones sociales o personales muy positivas pero falsas. “Persona extrovertida, afable, pero todo eso pensando en su beneficio personal y conseguir lo que sea sin importar los medios” … Un corrupto es una persona que realiza un proceso premeditado, razonado y calculado de costes y beneficios (Ibidem).
En el circo político dominicano, la oposición grita con entusiasmo. Señalan a los funcionarios del gobierno como los grandes corruptos, como si el espejo no les devolviera la misma imagen. Pero la verdad es más incómoda: la corrupción no tiene partido, tiene sistema. Es un virus que ha mutado en cultura, y se reproduce con la complicidad de quienes hoy acusan y mañana negocian. Según Transparencia Internacional, en los países más corruptos, este mal no solo persiste: se profesionaliza.
¿Y qué hacemos cuando la justicia se vuelve selectiva y la impunidad se institucionaliza? Tal vez sea hora de mirar hacia otro tipo de justicia. En las tradiciones filosóficas de la India, el karma representa la energía que emana de los actos de cada individuo, y que determina el curso de sus reencarnaciones. Es una ley de causa y efecto que no se compra con contratos ni se anula con influencias.
El karma no es castigo divino, pero sí justicia que no olvida. Las acciones corruptas—esas que se cometen con cálculo, cinismo y total desprecio por el bien común—generan una carga que tarde o temprano regresa. Para el político corrupto, ese retorno puede no venir en forma de juicio penal, pero sí como una vida marcada por la culpa, el desprecio social y la pérdida de paz mental. Porque, aunque la ley humana se doble, la conciencia no se calla.
Las buenas acciones conducen a consecuencias positivas; las malas, a consecuencias negativas. El karma opera como una fuerza cósmica de justicia que puede manifestarse en esta vida o en vidas futuras. Para el corrupto, ese ciclo de causa y efecto negativo se convierte en un bumerán que regresa en forma de sufrimiento, culpa o agitación mental. Y aunque el castigo no siempre sea inmediato, la factura llega.
No hay escolta que proteja del juicio íntimo. No hay cargo que impida el vértigo de saberse traidor. El daño hecho no desaparece: se acumula, se transforma y regresa con intereses. El corruptor y el corrupto viven con una agitación interna que ni el poder ni el dinero logran silenciar.
Sin embargo, nos equivocamos si pensamos que la corrupción es exclusiva del sector público, no nos engañemos también es corrupto el periodista que cobra por elogiar, el votante que vende su conciencia por un “pica pollo” y una cerveza, el ciudadano que normaliza el soborno como si fuera parte del paisaje. La corrupción no solo habita en los palacios: se infiltra en las esquinas, en los micrófonos, en las urnas.
La corrupción no es solo un delito: es una forma de suicidio moral. Y el karma, paciente y certero, se encarga de recordarlo. Así que a los que hoy roban con sonrisa y mañana posan como salvadores, les queda una certeza incómoda: el karma no olvida. Y cuando llegue, no pedirá permiso. Entrará sin tocar la puerta, y no habrá excusas que lo justifiquen, ni discurso que lo disimule. Solo quedará el eco de una verdad ineludible: quien siembra corrupción, cosecha ruina. Y en esa cosecha, nadie escapa del juicio del tiempo ni del peso de su propia conciencia.
Lic. Luis Ma. Ruiz Pou



