
Al parecer Washington quiere otro Vietnam
Por: Luis Ma.Ruiz Pou
Desde 1945, tras la Segunda Guerra Mundial, Vietnam luchaba por independizarse de Francia. Esa primera etapa, conocida como la Guerra de Indochina, se extendió hasta 1954, cuando la derrota francesa dejó al país dividido en dos: Norte y Sur.
Un año más tarde (1955), Estados Unidos entró en el conflicto para respaldar a Vietnam del Sur frente al Norte comunista. Durante dos décadas, Washington sostuvo una guerra prolongada que culminó en 1975 con su derrota. Varios presidentes no lograron imponerse: John F. Kennedy (1961–1963), Lyndon B. Johnson (1963–1969), Richard Nixon (1969–1974) y Gerald Ford (1974–1977), quien estaba en el poder cuando cayó Saigón.
El costo de la derrota en la Guerra de Vietnam fue enorme: unos 168 mil millones de dólares de la época, con impacto en el déficit y la inflación; más de 58,000 soldados estadounidenses muertos, más de 300,000 heridos y millones de vietnamitas —civiles y combatientes— fallecidos. Con la caída de Saigón, el país se unificó bajo un gobierno comunista, frustrando el objetivo central de Washington.
A nivel interno, la guerra fracturó a la sociedad estadounidense: protestas masivas, crisis de confianza en el gobierno —el llamado “síndrome de Vietnam”— y secuelas profundas en los veteranos, hoy identificadas como trastorno de estrés postraumático (TEPT).
Como ocurrió en Vietnam, donde Estados Unidos terminó atrapado en un conflicto lejano, de objetivos difusos y costos crecientes, hoy el eje Estados Unidos–Israel frente a Irán muestra señales inquietantemente similares: escalada progresiva, subestimación del adversario y una narrativa que promete control mientras la realidad se vuelve cada vez más impredecible.
Si en Vietnam el desenlace fue una retirada costosa y una derrota estratégica, por respaldar a la parte Sur, el riesgo actual por los mismo con Israel, no solo repetirá el error, sino amplificarlo en un escenario más volátil, donde confluyen intereses regionales, energéticos y nucleares. La historia no se repite mecánicamente, pero sí rima; y cuando las grandes potencias ignoran esa rima, suelen pagarla con creces.
En el plano diplomático, los intentos de contención han sido, hasta ahora, insuficientes. Los esfuerzos por reactivar o sustituir el acuerdo nuclear con Irán —tras la salida de Estados Unidos del Plan de Acción Integral Conjunto en 2018— no han logrado reconstruir la confianza entre las partes. Las negociaciones indirectas, mediadas por actores europeos y regionales, han derivado en avances parciales seguidos de retrocesos, mientras las tensiones militares continúan marcando el ritmo real del conflicto.
A ello se suma la dinámica de escalada entre Israel e Irán, donde los canales diplomáticos formales son débiles o inexistentes. La ausencia de un marco de negociación efectivo, sumada a intereses estratégicos contrapuestos, recuerda que las guerras no solo se pierden en el campo de batalla, sino también en la mesa de diálogo. Cuando la diplomacia se vuelve reactiva y no preventiva, el margen para una salida ordenada se reduce peligrosamente.
Si en la Guerra de Vietnam el desenlace fue una derrota forjada en la selva y en el desgaste humano, el presente advierte algo aún más inquietante: los adversarios de hoy no son los de ayer, ni las guerras se libran con las mismas reglas. Frente a Irán, el eje Estados Unidos–Israel no enfrenta únicamente un ejército, sino una estructura estratégica que combina tecnología, inteligencia y proyección regional.
Los conflictos actuales son más técnicos, más asimétricos y más impredecibles: satélites, ciberataques, guerra electrónica y operaciones encubiertas redefinen el campo de batalla sin necesidad de una guerra declarada. En este nuevo tablero, el error no es solo repetir Vietnam, sino subestimar que el costo de una mala lectura estratégica puede ser aún mayor.
El presidente Donald Trump, había manifetado que no quiere otro Viethan; sin embargo, con sus indecisiones, parece que lo quiere.



