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Opiniones

Si el Papa Habla de Política Tendrá Respuestas de Políticos Aludidos

Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes

Hay momentos en la historia en que las palabras dejan de ser palabras y se convierten en piedra.

No la piedra que vuela en la guerra, sino la que se levanta para marcar un límite.

Entonces el mundo, que siempre fue un territorio de ideas en disputa, se reduce a una línea: de un lado los que entran, del otro los que no deben entrar.

El reciente enfrentamiento entre el Presidente Donald Trump y el papa León XIV, reseñado por los medios no es una simple disputa entre un político y un pontífice. Es algo más antiguo: el choque entre la frontera y la conciencia.

Trump habla como hablan los jefes de Estado cuando sienten que el mundo se desordena: con la lógica del control, de la seguridad, del territorio.

No quiere —dice— un Papa que tolere que Irán tenga armas nucleares.

En  esa frase no solo hay política exterior; hay una concepción del poder, una visión del orden basada en la disuasión, en la fuerza, en la prevención del riesgo antes de que se materialice.

El Papa, en cambio, habla como han hablado los pastores durante siglos: con o sin ejército, pero con autoridad moral.

Dice “basta de guerra”.

Invoca el Evangelio.

Recuerda que hay demasiados inocentes muriendo. Y en su lenguaje no hay estrategia, sino conciencia; no hay cálculo, sino advertencia.

Pero entre esas dos voces aparece una tercera realidad, incómoda, visible: el muro.

Porque sí, Roma tiene muros. Los tiene altos, antiguos, sólidos.

La Ciudad del Vaticano no es una metáfora: es un Estado rodeado de piedra. Yo los vi. Los caminé. Los sentí.

No son alegoría, son frontera. No fueron levantados ayer ni responden a una política migratoria contemporánea: vienen de siglos de historia, de invasiones, de defensa, de supervivencia.

Pero existen. Y su existencia recuerda una verdad incómoda: incluso el centro espiritual del catolicismo vive delimitado.

Ahí es donde la discusión se vuelve peligrosa, porque puede deslizarse hacia la demagogia.

Cuando el papa Francisco dijo en 2016 que quien levanta muros y no puentes “no es cristiano”, hablaba en un plano moral, universal, casi poético.

Era una exhortación ética, no un decreto administrativo. Pero el mundo real no se gobierna solo con metáforas.

Ningún Estado —ni el más pequeño, ni el más espiritual— existe sin control de acceso.

No hay soberanía sin frontera, ni frontera sin reglas.

Decir que nadie puede violar la frontera de un país no es una consigna ideológica. Es un principio soberano. Y ese principio tiene una historia precisa: la Paz de Westfalia.

¿Qué fue la Paz de Westfalia?

Fue el conjunto de tratados firmados en 1648, principalmente en las ciudades de Münster y Osnabrück, que puso fin a la devastadora Guerra de los Treinta Años, un conflicto que desangró Europa y que mezcló religión, poder y territorio.

Pero su importancia no está solo en el fin de una guerra, sino en el nacimiento de un orden nuevo, radical para su tiempo:

— estableció que cada Estado es soberano dentro de su territorio,

— consagró el principio de no intervención en los asuntos internos de otros Estados,

— limitó la pretensión de poderes universales —como el Imperio o incluso la autoridad religiosa— de imponer su voluntad política sobre naciones independientes,

— y afirmó que las fronteras deben ser respetadas como expresión concreta de esa soberanía.

En otras palabras, ahí nació el mundo moderno de los Estados.

Sin Westfalia no hay diplomacia contemporánea, ni equilibrio de poder, ni derecho internacional como lo entendemos hoy.

Fue el momento en que Europa dejó atrás las guerras de religión como instrumento de orden y comenzó a organizarse en Estados que se reconocen mutuamente.

Pero la historia, que siempre introduce matices y desarma las certezas absolutas, también muestra la otra cara: el que huye, el que escapa, el que cruza no por ambición sino por necesidad.

El refugiado, el perseguido, el hambriento.

Y entonces la frontera, aunque legítima, deja de ser una línea absoluta para convertirse en un dilema moral.

Ahí está el drama de nuestro tiempo.

No es nuevo que un presidente de Estados Unidos discrepe con un papa. Bill Clinton lo hizo con Juan Pablo II sobre el aborto, y George W. Bush sobre la investigación con células madre.

Pero aquellas diferencias tenían un lenguaje.

Había desacuerdo, sí, pero también contención, respeto, incluso reconocimiento mutuo de los roles: uno político, el otro moral.

Hoy es distinto.

Hoy el desacuerdo se parece demasiado a un pleito de gallos.

Y cuando el lenguaje se degrada, el contenido se radicaliza.

Lo que antes era un intercambio de posiciones se convierte en un enfrentamiento de legitimidades: quién tiene derecho a hablar, quién tiene autoridad para juzgar, quién representa al mundo.

Y aquí conviene decir algo con claridad, sin rodeos, porque en esto hay una verdad que no admite ambigüedad:

Si un Papa afirma que no es un actor político, no puede intervenir de manera constante y directa en asuntos políticos concretos —guerras, gobiernos, decisiones estratégicas— sin esperar respuesta de los políticos.

Porque en el momento en que entra en ese terreno, aunque lo haga desde la moral, entra también en el espacio de la controversia pública.

Y la controversia no es un monólogo.

Es un diálogo… o una confrontación.

El Papa puede hablar en nombre del Evangelio, puede denunciar la guerra, puede llamar a la paz.

Pero cuando sus palabras aluden, aunque sea indirectamente, a decisiones de gobiernos específicos, esas palabras adquieren inevitablemente un carácter político.

Y la política, por su propia naturaleza, responde.

Por eso lo que estamos viendo no es solo un choque de personalidades.

Es una consecuencia lógica: cuando la moral se expresa sobre la política, la política responde; cuando la conciencia interpela al poder, el poder se defiende.

Porque en el fondo, lo que se discute no es Irán, ni la guerra, ni siquiera la migración.

Lo que se discute es quién define el orden del mundo: si la fuerza o la conciencia, si la frontera o la fraternidad, si la seguridad o la compasión.

Y la respuesta, como casi siempre en la historia, no será pura.

Vendrá de un equilibrio difícil, tenso, imperfecto, donde ningún principio podrá imponerse sin límites.

Porque ningún país puede renunciar a controlar su frontera.

Pero ningún mundo puede sobrevivir si olvida por completo al que toca a su puerta.

Y esa es la lección que la historia repite, con la paciencia de los siglos, a quienes quieran escucharla: la estabilidad no se importa; se fabrica.

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