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Precisiones de dignidad

Dr. Pablo Valdez

También la seguridad es transversal

 

La opinión pública global observa con preocupación varios fenómenos contemporáneos que llaman la atención no solo por su existencia, sino porque, a pesar de los esfuerzos realizados para enfrentarlos, las respuestas aplicadas no siempre parecen suficientes para alcanzar la sociedad segura y tranquila que todos aspiramos a construir.

La inteligencia artificial, los feminicidios y la delincuencia forman parte de esas preocupaciones de nuestro tiempo. Son fenómenos de naturaleza diferente, pero tienen un elemento común: están profundamente vinculados con la conducta humana y con la capacidad de nuestras sociedades para prevenir, orientar y controlar sus efectos.

La República Dominicana no está al margen de esas preocupaciones. Las comparte y, en determinados aspectos, también sufre sus consecuencias.

En el caso de la inteligencia artificial, nuestro principal desafío no consiste en detener su desarrollo —algo que ninguna nación podría hacer aisladamentsino en preparar a las nuevas generaciones para comprender que toda tecnología es una creación humana y debe estar al servicio del ser humano, nunca convertir al ser humano en instrumento de la tecnología.

Pero frente a la delincuencia y los feminicidios, nuestra responsabilidad nacional es mucho más directa.

Los datos oficiales muestran que algunos indicadores de violencia han registrado reducciones. El Ministerio de Interior y Policía informó que el país cerró 2025 con una tasa de 8.7 homicidios intencionales por cada 100,000 habitantes, luego de la validación interinstitucional de 951 homicidios. Asimismo, el Ministerio reportó una reducción de los feminicidios íntimos, de 71 casos en 2024 a 53 en 2025.

Es justo reconocer esos resultados.

Pero reconocer una reducción estadística no significa declarar resuelto el problema.

Cada homicidio representa una vida perdida y cada feminicidio constituye una tragedia familiar y social. Por eso, más que preguntarnos únicamente si las cifras suben o bajan, deberíamos preguntarnos qué estamos haciendo como sociedad para evitar que las nuevas generaciones reproduzcan las conductas violentas que terminan produciendo esas tragedias.

Ahí comienza nuestra preocupación.

¿Cómo construir una sociedad en la que la prevención tenga mayor presencia que la reacción?

Hemos sostenido en artículos anteriores que la delincuencia no puede enfrentarse adecuadamente sin mejorar, entre otros aspectos, el control del tránsito vehicular y peatonal. Pero nunca hemos afirmado que el control vial, por sí solo, pueda resolver el problema.

De igual manera, tampoco existe una única variable capaz de explicar los feminicidios.

Los problemas complejos requieren respuestas complejas.

Durante mucho tiempo, el machismo convirtió al llamado “macho” de la casa en una figura de autoridad y admiración dentro de determinados sectores sociales. Hoy debemos preguntarnos si, en algunos barrios, estamos permitiendo que otra figura ocupe ese espacio simbólico: el joven que delinque.

Y aquí encontramos una de las dimensiones más delicadas del problema.

Cuando un joven que delinque se convierte en referente de otros jóvenes, la delincuencia deja de ser solamente un problema policial. Se transforma en un problema de liderazgo social.

Más preocupante aún es cuando, después de su muerte durante un hecho delictivo, determinados sectores del barrio lo despiden y recuerdan como una especie de héroe o mártir.

No deberíamos apresurarnos a juzgar solamente al joven.

Deberíamos preguntarnos también quién estaba ocupando el espacio de liderazgo que la sociedad dejó vacío.

Los clubes deportivos, sociales y culturales no siempre desempeñan hoy el papel que tuvieron en otros tiempos. Los programas públicos de cultura, arte, recreación y deportes tampoco llegan siempre con la intensidad necesaria a todos los sectores donde nuestros jóvenes necesitan encontrar oportunidades, orientación y referentes positivos.

Y cuando el liderazgo positivo no ocupa un espacio social, otro liderazgo puede terminar ocupándolo.

Por eso, la seguridad también debe ser entendida como un asunto transversal.

No puede descansar exclusivamente sobre los hombros de la Policía Nacional.

La Policía tiene una responsabilidad fundamental en la prevención y persecución del delito, pero no puede ser simultáneamente institución educativa, cultural, deportiva, familiar y comunitaria.

La prevención comienza mucho antes de que intervenga la fuerza pública.

Comienza en la familia.

Continúa en la escuela.

Se fortalece en el barrio.

Encuentra aliados en el deporte, el arte y la cultura.

Se consolida mediante oportunidades para la juventud.

Y requiere de un Estado capaz de articular todas esas acciones dentro de una verdadera política pública de prevención.

Lo mismo ocurre con la violencia contra la mujer.

Las autoridades han venido desarrollando mecanismos de prevención y protección, entre ellos estrategias como los Puntos VIDA y acciones especializadas de atención a mujeres en situación de riesgo. Pero la prevención no puede depender exclusivamente de los organismos que intervienen cuando ya existe una denuncia o cuando el peligro se encuentra próximo a convertirse en tragedia.

La prevención también tiene que construirse en la familia, en la escuela, en la comunidad y en la formación de nuestros jóvenes.

Necesitamos, por tanto, recuperar el liderazgo positivo de nuestros barrios.

Y esa tarea no puede ser exclusiva de una institución.

Es responsabilidad de las instituciones vinculadas con la educación, la cultura, el deporte y la juventud; de los ayuntamientos; de las organizaciones comunitarias; de las iglesias; de las universidades; de los clubes deportivos, sociales y culturales; de las familias y, naturalmente, de los organismos responsables de garantizar la seguridad ciudadana.

La juventud dominicana necesita referentes.

Necesita encontrar en el estudiante aplicado, en el deportista, en el artista, en el profesional, en el maestro, en el dirigente comunitario y en el ciudadano honesto, modelos de vida que compitan con aquellos referentes que pueden conducirla hacia la delincuencia.

No podemos limitar nuestra respuesta a perseguir al delincuente después de que el delito se ha cometido.

Tenemos que ocupar preventivamente el espacio social donde se construyen las conductas que mañana pueden convertirse en violencia y criminalidad.

La seguridad ciudadana no comienza en la patrulla policial; comienza mucho antes.

Comienza cuando una sociedad decide que ninguno de sus barrios puede quedar sin oportunidades, sin cultura, sin deporte, sin educación, sin orientación y sin esperanza.

Por eso sostengo que la seguridad no puede ser concebida como una responsabilidad vertical, exclusiva de una institución.

La seguridad también es transversal.

Y si queremos proteger a la familia dominicana, tendremos que proteger también los espacios donde nuestros jóvenes construyen sus sueños, sus valores y sus referentes.

Porque un barrio sin liderazgo positivo no permanece vacío.

Alguien termina ocupándolo.

La verdadera prevención consiste en lograr que ese espacio sea ocupado por la educación, la cultura, el deporte, la solidaridad, el trabajo y la dignidad.

Porque la Universidad es otra cosa.



Dr. Pablo Valdez
Secretario General
Universidad Autónoma de Santo Domingo
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