
La madrugada del 17 de Mayo de 1990 y el poder que no se ejerció
Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
La historia dominicana no siempre se decide a la luz del día. A veces se decide en esas horas sin titulares, sin boletines definitivos, cuando el país aún no ha visto su propia imagen y, sin embargo, el futuro ya se inclina.
La noche del 16 de mayo de 1990 fue una de esas bisagras del tiempo.
Aquella noche no transcurrió solo en la Junta Central Electoral ni en los centros de cómputos.
Transcurrió, primero, en la residencia del pelotero Damaso García, en la calle Bacuí de Los Cacicazgos, donde se reunían dirigentes y cercanos del Partido de la Liberación Dominicana mientras el país esperaba.
El conteo era fragmentario, incierto, pero la percepción política comenzaba a formarse: el triunfo era posible.
En ese ambiente propuse a Juan Bosch una acción elemental en política: convocar desde esa misma noche una movilización pacífica de celebración para la mañana del 17.
No para confrontar, sino para afirmar.
Ocupar la calle no para imponer, sino para expresar.
Darle al país, desde el amanecer, la imagen de una victoria que aún no había sido proclamada, pero que ya vivía en el ánimo de quienes la esperaban.
Bosch aprobó la idea.
Ese instante existió. Y en él se contenía una posibilidad histórica real.
Pero la política no se define por lo que se piensa, sino por lo que se ejecuta.
Horas después, en la residencia de Bosch, antes de que llegaran los periodistas para una declaración prevista esa misma noche, se produjo el giro silencioso.
Llegaron Vicente Bengoa, Nélsida Marmolejos y Max Puig.
Traían un argumento institucional: existía un acuerdo con el presidente de la Junta Central Electoral, Froilán Tavares, según el cual nadie debía declararse ganador antes de la proclamación oficial.
Pero detrás de ese argumento había una gestión previa.
Esa misma noche, Leonel Fernández había llamado a esos dirigentes para que persuadieran a Bosch de no convocar la movilización ni realizar la rueda de prensa en ese momento.
Bosch escuchó. Y Bosch cedió.
Sin cámaras, sin documentos oficiales, sin observadores internacionales, se desactivó la iniciativa política.
Se abandonó la posibilidad de que la mañana del 17 amaneciera con el pueblo en las calles celebrando.

Se eligió esperar.
Y la historia, que no espera, siguió su curso.
El país amaneció sin una imagen de victoria. Y en política, cuando la imagen no se construye, la construyen otros.
Ese dato —tan simple y tan decisivo— está respaldado por una evidencia de la época: una hoja firmada la madrugada del 17 de mayo de 1990 por dirigentes y testigos que dejaron constancia de lo que sentían en ese momento.
Allí se lee, con la fuerza de lo inmediato: “Los que amanecimos esperando el triunfo de Juan Bosch”. No es una reconstrucción tardía. Es un documento vivo del clima político de esa madrugada.
La percepción de triunfo existía.
Lo que no existió fue su afirmación pública en el momento decisivo.
Al mediodía del 17 de mayo el ambiente ya era otro.
Yo estaba en el Social Club, junto a la residencia de Bosch. Él tenía en sus manos un ejemplar del periódico La Noticia. La expectativa de la noche anterior comenzaba a transformarse en una narrativa distinta.
Entonces me dijo:
—“Víctor, llámame a Leonel para que convoque a una conferencia de prensa para esta tarde”.
La historia se había movido.
La conferencia de prensa de esa tarde —recogida por El Nuevo Diario— no fue un acto de afirmación, sino de denuncia.
Bosch habló de fraude, de estafa a la voluntad popular, de la necesidad de movilización.
Pero ya no era la mañana de la iniciativa. Era la tarde de la reacción.
Entre una y otra habían pasado pocas horas. Pero en esas horas se había perdido el control del relato.
El Informe Carter
El informe del expresidente Jimmy Carter, que con los años se ha convertido en referencia obligada, reconoce irregularidades, desorden en el conteo, errores en actas.
Pero concluye que no encontró evidencia concluyente de un fraude capaz de cambiar el resultado final.
Ese informe es importante, pero tiene un límite: observa el proceso, no el momento; examina las pruebas, no las decisiones; mide el conteo, no la oportunidad política.
La elección de 1990 fue cerrada, tensa, llena de dudas.
Los primeros boletines mostraban variaciones estrechas.
La percepción de triunfo existía dentro del PLD.
Pero la política no se define solo en los números.
Se define en la capacidad de convertir esos números —o esa percepción— en un hecho político visible.
Y eso no ocurrió.
Los días siguientes confirmaron la deriva.
Carter intervino para evitar una crisis mayor, promovió el cotejo de actas, pidió prudencia, contuvo la confrontación.
La Junta continuó publicando boletines. El resultado oficial favoreció a Joaquín Balaguer por un margen estrecho. La historia institucional siguió su curso.
Pero la historia política ya había sido decidida antes.
Para entender plenamente ese momento hay que mirar también lo que ocurría detrás del escenario visible.
Julio 1989
En julio de 1989, en la oficina de Eduardo Selman, Carmen Quidiello de Bosch reunió a un pequeño grupo de colaboradores cercanos —entre ellos Miguel Cocco— en lo que no era una reunión social, sino un acto de resguardo.
Bosch no era solo un candidato: era una posibilidad histórica abierta. Pero junto a esa posibilidad había otra realidad, más íntima y más difícil de nombrar: el tiempo.
De ahí surgió la idea de estructurar un círculo cercano, un kitchen cabinet, que protegiera su agenda, su ritmo, su acceso.
No por debilidad, sino por desgaste. Bosch seguía pensando, hablando, movilizando. Pero ya no con la continuidad de antes.
Lo que en 1966 había sido tensión histórica, en 1990 comenzaba a transformarse —imperceptiblemente— en agotamiento.
No el del hombre que se rinde, sino el del hombre que ha dado todo.
Ese contexto permite comprender un testimonio que apareció años después, en el periódico HOY, cuando Miguel Cocco reveló una conversación previa a las elecciones:
Bosch sabía que no estaba en condiciones de gobernar en 1990, le dijo Cocco al periódico dirigido por Bienvenido Álvarez Vega.
Y lo expresó con una frase que no pertenece a la política común, sino a la conciencia histórica: “Yo no tengo vocación de hacer el ridículo”.
Esa frase no es una renuncia al triunfo. Es una reflexión sobre el poder.
Porque aquí está el punto que muchas veces se evita: ganar una elección no es lo mismo que ejercer el poder.
Bosch lo sabía por experiencia.
En 1966, en un país ocupado, con heridas abiertas y tensiones ideológicas extremas, había llegado a la conclusión de que una victoria electoral no garantizaba gobernabilidad, sino que podía desencadenar una tragedia mayor.
Cuando años después explicó aquella conducta, lo hizo con crudeza: “Eso era lo que buscaba”.
No por debilidad. Por cálculo histórico.
Ese antecedente no significa que en 1990 “quisiera perder”.
Significa algo más profundo: que pensaba el poder en términos de consecuencias, no de trofeos.
Leonel No Hubiese Sido
Si Bosch hubiese asumido la presidencia en 1990, acompañado por José Francisco Hernández, el país habría entrado en una transición distinta.
No hubiese habido acuerdo con Balaguer en 1996 y Leonel Fernández no hubiese sido presidente de la República.
Habría sido un gobierno de reformas institucionales, de combate a la corrupción, de ordenamiento del Estado.
Pero también habría enfrentado un problema central: la gobernabilidad.
Un aparato estatal heredado, equilibrios informales de poder, resistencias internas. Autoridad moral alta, capacidad operativa limitada.
Y sobre todo, el curso posterior de la política dominicana habría cambiado.
La crisis de 1994 no habría sido la misma. La reforma constitucional que introdujo la doble vuelta en 1996 habría tomado otro rumbo.
Y un hecho debe decirse con claridad histórica: el ascenso de Leonel Fernández en 1996 estuvo directamente ligado a la secuencia abierta a partir de 1990.
Lo que no se resolvió esa noche encontró su desenlace seis años después.
Por eso la elección de 1990 no puede reducirse a la pregunta de si hubo o no fraude suficiente.
Esa es una parte del problema, pero no la decisiva.
La parte decisiva está en otro lugar: en la noche en que se pudo afirmar una victoria y no se afirmó; en la mañana en que la calle quedó vacía; en la tarde en que hubo que hablar desde la denuncia.
Hay derrotas que se explican en las urnas. Y hay otras que se explican en el momento en que el poder pudo ejercerse… y no se ejerció.
La noche del 16 de mayo de 1990 fue ese momento.
Y ese momento —breve, silencioso, decisivo— sigue siendo, hasta hoy, uno de los puntos de inflexión de la historia política dominicana.
Porque al final, como tantas veces en nuestra historia, muere el hombre… pero el sistema se recicla.
Y la estabilidad —esa palabra tan usada y tan poco comprendida— no llega de afuera, ni se impone por decreto, ni se compra en las urnas.
La estabilidad no se importa; se fabrica.


