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Papá Trump tiene razón, pero el mundo es más complicado

Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes

El mundo no se rompe de un día para otro. Se agrieta en silencio, como una pared vieja que parece firme hasta que un día deja ver la grieta que siempre estuvo ahí.

Ahora esa grieta tiene nombre: China.

Durante años, mientras los barcos cruzaban los océanos cargados de mercancías baratas, Occidente se convenció de que el comercio era suficiente para domesticar al gigante.

Se pensó que vender y comprar era una forma de paz.

Que el dinero, como una lengua universal, acabaría por borrar las diferencias.

Pero no fue así. China no se convirtió en Occidente.

China se convirtió en China, y en algo más: en una potencia que aprendió las reglas del mercado sin renunciar al control del Estado.

Ahí es donde aparece Papá  Donald Trump, con su lenguaje brusco, sin matices, pero con una intuición que muchos prefirieron ignorar.

Trump no inventó el problema. Lo nombró. Y al nombrarlo, lo volvió inevitable.

Porque sí, China vende barato. No por milagro, sino por diseño.

Subsidios, planificación, disciplina industrial. No es el capitalismo clásico de Adam Smith; es otra cosa, una mezcla donde el Estado no observa, sino dirige.

En ese modelo, competir no es simplemente producir mejor: es resistir una estructura entera.

Europa, mientras tanto, ha querido caminar por la cuerda floja.

Mantener el comercio, sostener la industria, defender valores.

Pero la cuerda cada vez es más delgada. Y debajo no hay red.

España no escapa a esa lógica.

Ni Francia.

Ni Alemania.

Porque el problema no es nacional: es civilizatorio.

¿Puede una economía abierta competir con otra que juega con reglas distintas?

¿Puede el mercado sobrevivir cuando el Estado se convierte en el gran empresario?

Sin embargo, tampoco es tan simple como decir “cerramos la puerta”.

Porque el mundo ya no es el de antes. Las cadenas de suministro son como venas que cruzan continentes.

Cortarlas no es un acto quirúrgico; es una hemorragia.

Ahí está la paradoja: Trump tiene razón en el diagnóstico, pero la receta no es tan fácil.

No se trata solo de levantar muros, sino de reconstruir lo que se dejó perder: industria, tecnología, soberanía económica.

Y eso no se logra con consignas, sino con décadas de política coherente.

China no necesita invadir para influir. Le basta con vender, invertir, esperar. Esa es su paciencia histórica. Mientras otros piensan en elecciones, ellos piensan en generaciones.

Pero tampoco es cierto —y esto hay que decirlo con claridad— que el mundo esté condenado.

Occidente aún tiene poder, innovación, alianzas. Lo que le falta, quizás, es conciencia de sí mismo.

Porque al final, el verdadero peligro no es China. Es la ilusión de que todo puede seguir igual.

Y eso nunca ha sido cierto en la historia.

Como tampoco lo fue en nuestro propio país, donde aprendimos —a veces demasiado tarde— que los sistemas no mueren: se transforman.

Muere el hombre, y el sistema se recicla.

La lección, entonces, no viene de Pekín ni de Washington. Viene de la experiencia.

Porque la estabilidad no se importa; se fabrica.

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