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En honor y reconocimiento a nuestra estimada compañera, doctora Lourdes Santiago

Por Fidel Soto Castro

En honor y reconocimiento a nuestra estimada compañera, doctora Lourdes Santiago-*

El Comité Estudiantil Luis Ibarra Ríos, de la Línea Roja del Catorce de Junio, decidió realizar, a través de las organizaciones de masas estudiantiles que estaban bajo su orientación política —el grupo universitario Fragua y la Unión de Estudiantes Revolucionarios (UER)—, una ofrenda floral en el Altar de la Patria.

Era el 27 de febrero de 1970. La situación política se caracterizaba por una terrible represión a todos los niveles.

La intolerancia del régimen balaguerista no permitía la más mínima expresión de protesta sin recurrir a los apresamientos, golpes y bombazos indiscriminados contra cualquier conato de movilización de masas en lucha contra aquel régimen despótico. Las masas estudiantiles y gente del pueblo se aglomeraron frente al histórico monumento, vigilado por un fuerte cordón policial.

Había mucha tensión en el entorno, un enrarecido ambiente de inquietud, porque se había anunciado nuestra ofrenda a los Padres de la Patria y las fuerzas policiales estaban allí para impedirla.

Pero nosotros teníamos la firme decisión de cumplir con el homenaje a los precursores y autores de nuestra Independencia Nacional. Sabíamos que teníamos que actuar con rapidez y sorpresa.

Se pudo llevar la corona de flores y mantenerla escondida entre la multitud. Ya con una considerable cantidad de estudiantes reunidos, en una acción rápida, Lourdes Santiago y yo tomamos la corona de flores y nos dirigimos, desde la acera del frente, hacia la Puerta del Conde.

Al llegar, el cordón policial se preparó para arremeter contra nosotros.

Yo recordaba la golpiza que, en ese mismo lugar y en un acto parecido, le habían propinado al dirigente perredeísta Jorge Yeara Nasser, y esperaba que corriéramos la misma suerte.

Pero me preocupaba que la valiente y decidida compañera Lourdes Santiago tuviera que pasar por una situación tan arriesgada y peligrosa.

Todos los presentes estaban en tensión. Ya estábamos exactamente en la entrada cuando, de pronto, un oficial del Ejército se puso de frente a nosotros y nos impidió el paso.

Nos comunicó que no teníamos permiso para realizar la ofrenda.

Esperábamos la acometida represiva sobre nosotros. Tanto Lourdes como yo permanecimos firmes frente al oficial y le expresé: «Nosotros consideramos que para hacerles un homenaje a los Padres de la Patria no necesitamos permiso».

Ya veíamos venir la avalancha de palos y patadas. Pero sucedió algo increíble: el oficial se cuadró y, en un gesto de aceptación, se apartó a un lado y, con el brazo, nos invitó o nos hizo una señal para que procediéramos a efectuar la ofrenda.

Al depositar las flores, un estruendoso aplauso se escuchó proveniente de la multitud. Habíamos cumplido nuestra misión y retornamos hacia la muchedumbre reunida allí, que no dejaba de aplaudir.

Inmediatamente se movilizaron los miembros del Servicio Secreto con el propósito de apresarnos, pero pudimos escabullirnos entre la gran cantidad de estudiantes, que nos ayudaron a evadir a los gendarmes, quienes se sintieron burlados por nuestra decidida acción.

Una vez más, la entrañable, valiente, hermosa y estimada compañera Lourdes Santiago, hermana de ese titán inolvidable y de gran corazón que fue el compañero Danilo Santiago, demostraba sus firmes fibras de mujer valiente y decidida, su temple militante y esa energía que nunca necesitó de estridencias para hacerse sentir.

No fue la primera vez que Lourdes Santiago demostró ese temple propio de tantas compañeras fragueras y ueristas, entre las que merecen su respectivo reconocimiento Acacia y Alfidita, Mireya y Dorita, Tatys y Marinita y tantas otras cuyos nombres ahora mismo se me escapan, pero que todos recordamos cuando hurgamos en los vericuetos de nuestras memorias.

Fue en 1967. Salimos en el autobús de la UASD luego de ver un documental sobre la guerra de Vietnam, proyectado en el Aula Magna.

La Policía nos apresó y nos condujo en el mismo vehículo al Palacio de la Policía Nacional. Entre los detenidos estaba la compañera Lourdes Santiago.

La recuerdo con una boina negra, muy sonriente, sin temor. Allí estábamos todos amontonados en el patio, iluminado por la sonrisa y la calma de nuestra querida compañera.

Llegó el rector Castaños Espaillat y, después de permanecer más de dos horas detenidos, nos pusieron en libertad. Aquel 27 de febrero de 1970 volvieron, como siempre, a brillar los ojos de nuestra entrañable compañera frente a un rudo oficial del Ejército que, tal vez, quedó impresionado ante la firme mirada y la actitud de Lourdes Santiago.

Hoy, tantos años después, al recordar aquella escena, comprendo que aquella joven que caminaba conmigo hacia la Puerta del Conde no era simplemente una estudiante que participaba en una acción política.

Era una mujer de convicciones, de coraje y de profunda entrega a sus ideales. Lourdes tenía esa energía serena de quienes no necesitan levantar la voz para demostrar que están dispuestos a asumir los riesgos de sus decisiones.

La vida nos fue llevando por distintos caminos, pero hay recuerdos que el tiempo no logra borrar.

La imagen de Lourdes con aquella corona de flores entre las manos, avanzando hacia la Puerta del Conde bajo la mirada amenazante de los cuerpos represivos, permanece intacta.

Permanece porque allí estaba resumida una parte esencial de lo que fue: militante, valiente, solidaria y consecuente.

Hoy que Lourdes Santiago ha partido, rescato esta historia no solamente para despedirla, sino para reconocerla.

Para dejar constancia de que estuvo allí, en aquellos días difíciles, cuando rendir homenaje a los Padres de la Patria podía convertirse en motivo de persecución y cárcel. Estuvo allí con su juventud, con su alegría, con su firmeza y con la energía que caracterizó su militancia.

Por eso, al evocar a Lourdes, no quiero recordarla solamente desde la tristeza de su partida.

Quiero recordarla caminando, luchando, sonriendo, desafiando el miedo y cumpliendo con su deber.

Así la conocimos muchos de nosotros y así prefiero conservarla en la memoria: joven, hermosa, valiente, militante y llena de esa energía que ni la represión pudo apagar.

A Lourdes Santiago, compañera entrañable, nuestro reconocimiento, nuestro afecto y nuestro abrazo dondequiera que esté.

Su paso por aquellas luchas no fue inútil.

Queda en la memoria de quienes compartimos aquellos años y, sobre todo, queda en la historia de una generación que tuvo el coraje de enfrentarse a la intolerancia y defender, aun bajo la represión, sus ideales de libertad y justicia. 06-10-2026

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