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Opiniones

Disciplina: ¡Esto no es Trujillismo! Es sentido común

Esto no es una loa a ninguna figura autoritaria. ¡No! Es, más bien, una súplica por el orden perdido, por la disciplina cívica que alguna vez fue columna vertebral de la vida pública y que hoy, entre el ruido, la informalidad y la impunidad, extrañamos con urgencia. Quienes fuimos formados bajo la asignatura de “Moral y Cívica” recordamos una educación centrada en el respeto, la responsabilidad y el compromiso ciudadano. Formación que ha sido descartada a partir de mayo de 1961, por la confusión histórica asociada erróneamente al adoctrinamiento del régimen trujillista.

La disciplina no debe ser entendida como imposición, sino como una práctica ética que fortalece la convivencia. En el pasado, el respeto a los símbolos patrios no era negociable: el himno nacional se cantaba con solemnidad, y la bandera se izaba puntualmente a las 8:00 a.m., momento en el que estudiantes, peatones y conductores se detenían como acto de reverencia. Se cultivaban valores básicos como la puntualidad, la pulcritud y el cuidado del entorno.

Los estudiantes, incluso en condiciones económicas difíciles, asistían a clases con ropa zurcida, pero, ¡limpia y bien planchada! Se valoraba la dignidad reflejada en los pequeños detalles. Existía la figura del inspector de educación, que garantizaba no solo la calidad académica, sino también el comportamiento institucional. Las ausencias injustificadas eran tomadas con seriedad. Si un estudiante no se presentaba, se pasaba lista y se informaba a la policía, que visitaba el hogar para verificar el motivo. De hallarse al niño “brillando” en la calle, era reprendido por los padres. Había una cadena de responsabilidad social que hoy parece disuelta.

También hubo avances en infraestructura y alfabetización. El gobierno impulsó campañas contra el analfabetismo, promovió el respeto al maestro y al visitante, y fomentó la disciplina en todos los niveles. Los alumnos se ponían de pie cuando alguien entraba al aula. La higiene en el alumnado era rigurosa. El civismo era una práctica, no una consigna vacía.

El tránsito, por ejemplo, estaba bajo estricta vigilancia. Agentes estratégicamente ubicados hacían cumplir la ley. Los semáforos emitían timbres al cambiar de color para evitar distracciones. Los parquímetros evitaban el desorden del doble parqueo. Era un sistema que, aunque rudimentario comparado con los de hoy, funcionaba gracias al respeto a la norma.

Hoy, en contraste, observamos una preocupante erosión del Estado de derecho. Se vulnera el debido proceso consagrado en la Constitución, que obliga a presentar a todo detenido ante un juez en un plazo de 48 horas. Abundan los “intercambios de disparos” y las “armas sin numeración”, fórmulas repetidas en informes policiales que parecen encubrir ejecuciones extrajudiciales. Las denuncias contra autoridades ligadas al narcotráfico, al lavado de activos o al robo de tierras suelen desaparecer en un océano de impunidad.

Este examen, no es una evocación nostálgica de tiempos autoritarios, sino un llamado a reconstruir los cimientos éticos que sostienen la casa común. Debemos de repensar los fundamentos éticos de nuestra convivencia. La disciplina, lejos de ser una camisa de fuerza, puede ser el andamiaje que nos permita levantar una ciudadanía crítica, solidaria y responsable. Esto no es una melancolía autoritaria, es una necesidad de imponer disciplina.

Platón lo advirtió en La República: ¿Es preferible una ciudad bien ordenada bajo un tirano sabio o una democracia desordenada y caótica? Pregunta incómoda; pero más incómoda aún, es una democracia que ha perdido el sentido del deber cívico.

Esto no es trujillismo. Es sentido común.

Lic. Luis Ma. Ruiz Pou

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