
El cooperativismo y su responsabilidad social: un modelo que debemos proteger
J. Osiris Mota
Del 25 al 28 de agosto de 2024, las cooperativas asociadas a la AIRAC (Asociación de Instituciones Rurales de Ahorro y Crédito) se congregaron en un congreso celebrado en Bávaro. El tema central fue la responsabilidad social de las cooperativas, abordada bajo el enfoque del «Balance Social» como primera línea de resultados. Esta perspectiva me pareció no solo oportuna, sino esencial, en un contexto donde los principios del cooperativismo —como la economía colaborativa y las instituciones inclusivas— deben ser defendidos con firmeza. Así lo entienden los organismos internacionales, al otorgarle el 2025, nueva vez como el ano internacional del cooperativismo.
El cooperativismo en República Dominicana continúa creciendo, tanto en volumen como en operaciones. Cada vez son más los dominicanos que tienen algún tipo de relación con una cooperativa. Sin embargo, este crecimiento debe ir acompañado de una profunda reflexión sobre su esencia. La AIRAC ha asumido con compromiso la tarea de fomentar el respeto a los principios fundamentales: gestión democrática, participación económica, autonomía, educación, cooperación interinstitucional y responsabilidad comunitaria. Es preciso que hagamos un mayor esfuerzo para impulsar todas esas voluntades y aprovechar el momento ideal que se nos presenta.
Cooperar, en su sentido más puro, es colaborar para alcanzar objetivos comunes. Esa es la esencia del cooperativismo. Y eso fue precisamente lo que se vivió en este encuentro: un espacio de aprendizaje e inspiración, con ponencias nacionales e internacionales que resaltaron el valor del Balance Social como herramienta para medir, más allá de lo financiero, el impacto humano y social de las cooperativas.
Ahora bien, no todo es celebración. En un reciente informe presentado por el Fondo Monetario Internacional al Banco Central, se hizo énfasis en la importancia de supervisar con mayor rigor a las cooperativas, especialmente las de ahorro y crédito. Esto, por su creciente peso en la economía nacional y su influencia directa en el Producto Interno Bruto (PIB). Esta advertencia no debe ser vista como un ataque, sino como una preocupación legítima para proteger la integridad del sistema.
Pero también debemos ser claros: es urgente proteger el cooperativismo de posibles distorsiones. Las cooperativas representan un modelo económico democrático, participativo y solidario que actúa como instrumento eficaz en la lucha contra la pobreza. Aquí, el trabajo es colectivo, las decisiones se toman de manera horizontal y los beneficios se distribuyen de forma equitativa. Esto contrasta fuertemente con lo que ocurre en muchas otras instituciones financieras, donde el lucro es el único fin.
El movimiento cooperativo debe mantenerse alerta. Debe rechazar con firmeza cualquier intento de manipulación por parte de quienes buscan beneficios personales al margen de los principios cooperativos. Hay intereses poderosos que preferirían ver deteriorado el potencial de estas instituciones, porque saben que su verdadero valor radica en la confianza colectiva, en la transparencia y en la equidad.
Perder eso significaría dejar en manos ajenas un recurso vital para el desarrollo comunitario. Y ese es un lujo que no podemos darnos.



