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Opinión de Rafael Méndez: Del carbón japonés al petróleo de Venezuela: «Dios depositó nuestros recursos naturales en otros países»

Ayer fue el carbón japonés bajo el lenguaje de la Providencia. Hoy es el
petróleo venezolano bajo las banderas de la seguridad energética. Una misma
lógica reaparece cuando los recursos estratégicos de otras naciones terminan
convertidos en asunto de interés y seguridad estadounidense
POR RAFAEL MÉNDEZ
Hay frases que no necesitan haber sido pronunciadas literalmente para
condensar una doctrina, y «Dios depositó nuestros recursos naturales en otros
países», expresión con la que el escritor uruguayo Jorge Majfud sintetiza una
determinada concepción imperial estadounidense, adquiere renovada
actualidad después del acuerdo que, según lo anunciado por el presidente
Donald Trump y la propia Casa Blanca, otorgará a Estados Unidos control
mayoritario sobre más de 65,000 millones de barriles de reservas petroleras
venezolanas.
El antecedente histórico resulta extraordinariamente revelador, porque en 1851,
cuando Estados Unidos preparaba la misión que terminaría forzando la
apertura de Japón, el entonces secretario de Estado Daniel Webster escribió
que el carbón existente en aquellas islas era «un regalo de la Providencia»,
depositado allí por el Creador «para beneficio de la familia humana».
Y agregó que el Gobierno japonés no tenía argumento razonable para negarse
a suministrarlo a los barcos estadounidenses a un precio conveniente, con lo
cual una necesidad estratégica de Washington era elevada a la categoría de
mandato universal frente a la soberanía de otra nación.
De la Providencia a la seguridad nacional
Más de siglo y medio después, el lenguaje ha cambiado, pero la lógica
conserva sorprendentes semejanzas, porque la entonces jefa del Comando
Sur, generala Laura Richardson, llamó reiteradamente la atención sobre las
enormes reservas de petróleo, cobre, oro, agua dulce y tierras raras de
América Latina, así como sobre el litio concentrado en el llamado triángulo
integrado por Argentina, Bolivia y Chile, colocando esos recursos dentro de la
competencia estratégica de Estados Unidos con China.
Donald Trump ha llevado esa concepción a una formulación todavía más
descarnada, pues antes del actual acuerdo llegó a afirmar que Venezuela
había despojado ilegalmente a Estados Unidos de sus derechos energéticos y
de «nuestro petróleo», y ahora presenta como «el mayor acuerdo petrolero de
la historia» una operación mediante la cual Washington asegura, según los
términos anunciados, participación mayoritaria sobre aproximadamente una
quinta parte de las reservas probadas venezolanas.

El convenio puede atraer inversiones, recuperar instalaciones, aumentar la
producción y proporcionar ingresos que Venezuela necesita con urgencia, por
lo que sería simplista negar su posible utilidad económica.
Pero tampoco puede analizarse como un negocio petrolero convencional,
porque surge después de una intervención militar que alteró radicalmente la
correlación política venezolana y uno de sus principales negociadores fue
precisamente Pete Hegseth, secretario de Guerra y responsable del aparato
militar estadounidense, mientras el Pentágono aparece además vinculado a
mecanismos de respaldo financiero y estratégico para las inversiones que
Washington pretende impulsar.
Cuando la fuerza acompaña al negocio
La presencia del secretario de Guerra plantea entonces una pregunta que
trasciende cualquier valoración ideológica: ¿qué hace el responsable de la
maquinaria militar negociando un convenio petrolero entre dos Estados? Si el
asunto fuese exclusivamente producción, financiamiento y comercialización de
hidrocarburos, parecería más natural que ocuparan la primera línea los
responsables de Energía, Comercio, Tesoro y las empresas petroleras.
La disuasión, sin embargo, no necesita siempre formularse mediante un
ultimátum, porque puede operar a partir del conocimiento previo del poder
militar y de la voluntad de una potencia para utilizarlo, y cuando el país que
pocos meses antes demostró esa voluntad se sienta posteriormente a negociar
recursos estratégicos acompañado por el funcionario responsable de aquella
maquinaria, la fuerza queda incorporada al contexto aunque nadie necesite
mencionarla.
Pero el mensaje no se dirige necesariamente solo a Caracas, pues puede
proyectarse también hacia las empresas estadounidenses y, en el tablero
geopolítico, hacia China, Rusia e Irán, países que durante años acumularon
créditos, inversiones, empresas mixtas y acuerdos petroleros con Venezuela.
Así vuelve a cobrar sentido aquella fórmula sintetizada por Majfud, porque
Webster invocó en 1851 a la Providencia para explicar por qué el carbón
japonés debía ponerse al servicio de una necesidad estadounidense, Laura
Richardson describió más de 170 años después las riquezas latinoamericanas
desde la óptica de la competencia estratégica, y Trump proclama ahora que
decenas de miles de millones de barriles venezolanos quedarán bajo control
mayoritario estadounidense.
Quizás por eso «Dios depositó nuestros recursos naturales en otros países»
conserva semejante capacidad provocadora, no porque constituya una cita
textual de algún presidente o secretario estadounidense, sino porque
demasiados episodios históricos parecen empeñados en dotarla de contenido.
Ayer fue el carbón japonés bajo el lenguaje de la Providencia. Hoy es el
petróleo venezolano bajo las banderas de la seguridad energética.

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