
Salir del hogar materno para crear una nueva familia
En algunas ocasiones procuro recurrir a los textos bíblicos, sobre aspectos relacionados con la fe que tienen una relación muy directa con las finanzas personales y la forma de manejarlas en el aspecto familiar.
Entre los textos que deseo citar en esta ocasión está lo que dice el libro de Génesis 2:24, cuando cita: “Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne”.
Algo similar es lo que aparece en el evangelio de San Maleo 19: 5-6. El versículo 5 del capítulo 19 dice: “Y dijo: por esto, el hombre dejará padre y madre y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne”. A seguidas, el versículo 6 reza: “Así que no son ya más dos, sino una sola carne; por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre”. Sobre esta última parte no entraré en detalle, debido a que se trata de una escritura de otros tiempos, donde no se permitía el divorcio. Hoy, ante la dificultad de convivir en pareja, si hay que separarse, pues uno se separa. Claro está, llevando esa parte a la actualidad, lo que queda es decir que, en efecto, se supone que cuando una pareja se casa, no es con la intensión de separarse, aunque eso puede suceder.
Pero me quiero concentrar en la parte relativa al mandato o alusión de que el hombre (y la mujer, si lo llevamos a la actualidad) dejará su hogar, es decir, el de su padre y su madre, para formar uno propio junto a su pareja. Esto es, para formar su propia familia.
Y a eso me quiero referir. Hay ocasiones en que un par de jóvenes decide formar un hogar y cualquiera de ellos arrastra consigo compromisos de la casa materna que nunca definió previo a su decisión de crear su propio lar. No es que se despoje de todas las responsabilidades, en caso de que ciertamente les toquen, sino que las delimiten y definan de forma adecuada y justa.
Esto así, porque, al formar un hogar, las prioridades cambian. Siempre he dicho, y así lo mantengo, que el amor y la protección deben ir en las siguientes escalas: primero, usted debe amarse a sí mismo más que a todos los demás, pues de eso dependerá que usted tenga capacidad para amar a otros. No es posible amar a otros si uno no se ama a sí mismo.
Lo segundo es que sus seres más amados en la tierra son sus padres “hasta que llega la ocasión de tener hijos”. En ese momento usted pasa a amar a sus hijos más que sus padres.
Tercero, tus padres te aman tanto como tú amas a tus hijos. Por eso, vas a amar a tus hijos más de lo que amas a tus padres. Ellos (tus padres) son los seres que más amas, pero no más que a tu propia familia.
Es lo mismo que hacen nuestros padres: aman a sus hijos, que somos nosotros, más de lo que aman a sus propios padres, que serían nuestros abuelos. Eso no deja de lado el cumplimiento del deber de proteger y cuidar a nuestros padres, pero sí nos indica que nuestra prioridad ha de ser la nueva familia, la que estamos creando. Ellos, nuestros padres, ya crearon la suya, que somos nosotros, sus hijos.
Entonces, en el aspecto financiero, debemos hacer conciencia de que la prioridad es el hogar propio, el que se ha creado nuevo con los hijos por venir. Pero ahí también hay otra realidad, la de que no debería ser aceptable lo que hacen muchos, casarse o unirse con una pareja y “mudarla” a casa de sus padres, lo cual implica ponerle a papá y mamá una carga adicional.
La decisión de vivir en pareja o de vivir solo implica dejar el hogar paterno, independizarse y mantenerse con recursos propios, no pretender un subsidio permanente de parte de nuestros padres para poder sobrevivir, pues, se supone, que ya tenemos la capacidad para mantenernos por nosotros mismos.
Así también, al dejar tu casa materna para crear una nueva familia o para vivir solo, debes dar prioridad a esa nueva forma de vivir y despojarte de todos o casi todos los gastos que tenías ahí; también debe ser lo inverso, es decir, que esa decisión no implique seguir recibiendo dinero de ellos para mantenerle.



