
CULPABLE (CUENTO).
POR: JOHNNY TEJEDA LECLERC.
¡Ya basta! —gritó el hombre con una voz angustiosa mientras apuntaba su arma de forma errática a cada esquina de la claustrofóbica habitación en la que se encontraba. Su respiración constantemente interrumpida por los agresivos espasmos ocasionados por su llanto. Su rostro brillaba debido a la mezcla del incesante sudor que caía desde su frente y sus lágrimas que no paraban de caer desde sus ojos cansados llenos de ojeras, como si llevara un largo tiempo sin poder conciliar el sueño.
—Por favor, no me mires así. Esa mirada fija y pétrea que veo en todas partes desde que te conocí. Esos ojos siniestros y juiciosos que veo hasta en los espejos que desde entonces reflejan algo que no soy yo. El hombre era interrumpido por una voz en su mente que exclamaba su nombre con un tono de autoridad como si lo llamara para dictarle su sentencia. – ¡David! ¡David!
David, al escucharla, soltó un grito tal que su desesperado estruendo hizo que sus propios tímpanos sangraran. Incluso el dolor en sus cuerdas vocales que era más severo que el de sus oídos, no era capaz de parar sus súplicas. —¡Ya sé que fui un cobarde! Huí de mi responsabilidad. Pero no es justo que mi hermano, quien fue el que cometió aquellos despreciables crímenes, haya pagado un menor castigo que yo, que lo único que hice fue atestiguarlos. ¡Detente, por favor! En el mismo instante en que sus quejidos pararon, sintió cómo en la habitación entró una presencia inconfundible con la de ningún ser mortal. Sin decir nada, sin emitir sonido, sin siquiera ser visible, sofocaba a David con el mero hecho de existir en el mismo espacio que él.
¿Miguel?—dijo David con absoluta sumisión. A pesar de la inacción de aquella entidad, el hombre sabía exactamente lo que esta quería de él.
-¿Por qué a mí?! ¡¿Qué esperas de mí? No debería ser mi responsabilidad detenerlo. Desde el día que te conocí mientras huía, no ha habido un momento en el que haya podido eludir tu vista. Tus ojos omnipresentes en la silueta de todos los que encuentro, en los objetos que me rodean, en las paredes de esta habitación, cuando me desmayo del cansancio en mis miserables pesadillas, sigues allí. Diciéndome lo que ya sé sin gesticular palabra. ¡Qué sabía y no hice nada! Esta abominable tortura que, en lugar de convertirse en apatía, lo único que hace es empeorar cada momento que pasa. ¡Puedo sentir cómo lacera mi mente y desgarra mis órganos, pero nunca acaba con mi miser… Las palabras de David, cortadas por el dolor crónico que ocasionaba que se retorciera y chillara, como sujeto de pruebas del más cruel experimento.
Las convulsiones apenas le permitían a su cuerpo seguir las órdenes que su mente le daba. El dolor era tal que le hacía tener una dexteridad inferior a la de un infante. En esas condiciones, el cobarde hombre, tras unos segundos que podrían fácilmente equipararse al sufrimiento de toda una vida, logra poner su pistola contra su cien y halar del gatillo. David ya no vivía, ya no veía, ya no escuchaba, ya no sentía, pero ni la muerte le permitió la huida porque, en un instinto más primordial que la supervivencia misma, esa mirada aún persistía.



