
Cuando se inicia una relación de pareja (noviazgo), es una especie de período de “enamoramiento”, donde todo parece color de rosas. Las coincidencias y la “química” entre ambos se dan como por arte de magia.
Eso es lo que motiva a muchas parejas a tomar la decisión de “mudarse juntos” o, incluso, casarse formalmente. Es el momento en que tanto él como ella evitan mirar los defectos de cada uno y solo se enfocan en las virtudes o en lo que aparenta ser positivo. Los temas conflictos y delicados, definitivamente, no se tratan. Y eso es uno error.
Uno de los temas que más evitan las parejas cuando piensan en formalizar la relación es el de las finanzas personales. Por lo general, solo llegan a enterarse, de manera parcial, del salario de cada uno, en caso de ser empleados. Incluso, en ocasiones, uno de los dos no tiene empleo o lo perdió recientemente, lo cual puede empeorar las cosas.
Pero, asumiendo que ambos trabajan y que han acordado vivir juntos; antes de eso se hace preciso hablar de la condición económica de cada uno. Por ejemplo, se han preguntado y respondido ambos “con sinceridad”, sobre las deudas de cada cual.
¿Tienes algún préstamo formal o informal? ¿A cuánto ascienden tus deudas? ¿Tienes tarjetas de crédito y cuál es el nivel de atraso de cada una, incluido el “extracrédito”? ¿Eres garante o codeudor de algún amigo o familiar en una deuda? A eso se agrega el tema de los hijos. Si uno de los dos, o ambos, tiene hijos de relaciones anteriores, hay que saber cuál es el aporte económico que dedica cada cuál a esos niños, porque todo eso sale de los presupuestos de ambos, mismos que posiblemente se conviertan en un presupuesto común.
Todas esas preguntas, y sus respuestas sinceras, deben ser planteadas antes de optar por “mudarse juntos” o casarse, pues, de la forma en que se administre esa información para administrar bien las finanzas del hogar, dependerá que la relación funcione o no.
Sin embargo, e inexplicablemente, ese tema es el que más evaden las parejas cuando están en la época del enamoramiento y se inclinan a ver todo bonito, especialmente las mujeres, que en esos casos son más románticas e ilusas que los hombres.
Y hablo de las mujeres porque, en esta época en que ellas han estado superándose más que ellos en materia académica, laboral y, por su puesto, económica, se dan muchos casos en que, cuando están en una buena etapa de independencia y hasta libertad económica, entablan una relación con un hombre, tal vez muy por debajo de su nivel, sobre quien sienten deseo de apoyar en todo para que se superen, ya sea gestionándole un empleo mejor o, en caso de estar desempleado, hasta financiándole un vehículo para que haga “uber” y pueda sostenerse con eso.
Pero, en esos casos, casi siempre, cualquier compromiso económico que asuma la pareja para “ayudar” al varón en aprietos, pesa sobre ella, quien termina sirviendo de codeudora o asumiendo la deuda sola para ayudarlo, hasta que llega el momento en que él incurre en infidelidades, engaños y hasta maltratos emocionales, pues la parte bonita de la relación, de forma extraña, comienza a desaparecer.
Eso es lo que se conoce como “violencia de género financiera”, cuando el hombre hace que la mujer, en una relación de pareja, asuma compromisos financieros para beneficiarlo a él, con la “aparente buena intención” de mejorar la condición económica de ambos.
Hay muchas mujeres, bien intencionadas, que, teniendo una condición económica estable y sostenible, entablan una relación con un hombre que, en principio, aparenta ser solvente, invitándola a restaurantes, pagando la cuenta con tarjeta de crédito, y luego, cuando la relación se va poniendo seria, también se va dando cuenta de que el hombre está ahogado en deudas y que la estabilidad que aparentaba era solo eso, apariencia.
El tema es que, a esas alturas, muchas veces la dama ya está emocionalmente ilusionada, enamorada, y termina convencida de que su deber es apoyarlo y ayudarlo a salir de sus compromisos financieros, sin percatarse de que se trata de un hombre “lioso”, desorganizado en sus finanzas, que no dará muestras de mejorar, sino, más bien, de aprovecharse de ella en forma coyuntural.
De esos casos hay muchos, casi todos en perjuicio de la mujer. Todo eso, por no hablar claro sobre las finanzas antes de formalizar una relación en pareja. “Amor no quita conocimiento”, decía mi papá.



