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Opiniones

Entre el conuco y el invierno 2 de 2

Conversaciones con la Diáspora. – Jhonatas Rodriguez.

por Karim López, para Diaspora & Development Foundation, EE.UU.

 

– Waterford, Connecticut. Estados Unidos.- En un país donde las historias migratorias suelen contarse desde el brillo del éxito o la épica del sacrificio, la vida de Jhonatas Rodríguez recuerda que la mayoría de los viajes no buscan aplausos, sino pertenencia. Su trayecto —del conuco húmedo de Licey Abajo a los inviernos disciplinados de Connecticut— no responde al mito del migrante extraordinario, sino a la constancia silenciosa de quienes reconstruyen su mundo gesto a gesto, idioma a idioma, ritual a ritual. En la cotidianidad de un dominicano que ve el Super Bowl con un plato de sancocho humeante se condensa, sin estridencias, la verdadera esencia de la diáspora: la de quienes sostienen su identidad mientras aprenden a habitar otra tierra.

La migración, no obstante, no se mide únicamente en promociones o nuevas posesiones materiales. Se mide en silencios, en cumpleaños o matrimonios que ocurren sin la presencia de uno, en risas que llegan por videollamada con un leve retraso. “Pensaba más en mi familia y amigos, en cuándo los volvería a ver”. La gran ironía en esta época es que la tecnología con todos sus avances no disuelve la ausencia; apenas la disimula. “Se dice que hay mejor conectividad, pero qué va. Nuevos recuerdos se crean y yo no estoy físicamente ahí”. 

En su casa de Connecticut, la memoria encuentra otros caminos. En la cocina, por ejemplo. El olor del sancocho —cilantro, ajo, carne hirviendo lentamente— se mezcla con la transmisión del Super Bowl en la televisión. “Mis amigos siempre se burlan porque dicen que nunca han visto a nadie viendo el Super Bowl gringo comiendo eso”. Mientras otros asan hamburguesas y beben Budweiser, él remueve el locrio con un vaso de Brugal. En noviembre suenan merengues navideños antes de que la nieve toque el suelo. En Cuaresma prepara habichuelas con dulce, la canela y leche evaporada impregnando la casa con un aroma que no pertenece al invierno norteamericano, pero que de alguna extraña manera lo complementa. “Soy uno más del que pueden decir: ‘Puedes sacar a Jhonatas de Licey Abajo, pero no a Licey Abajo de Jhonatas’”, expresa, no sonando como consigna sino a constatación. 

Su mayor orgullo, más que metas laborales, la encuentra en la risa de su hijo Lorenzo. “No me imaginé nunca que un hijo trajera tanta satisfacción”. Lo lleva a actividades, a cumpleaños, a deportes. Aprende los nombres de otros padres, integrándose a un tejido social nuevo, para sorpresa de Cristina, estadounidense de nacimiento, que advierte cómo Jhonatas se inserta en la convivencia colectiva con una fluidez que no siempre está ligada a la geografía. Y, sin embargo, insiste en un gesto íntimo que resume toda su travesía: “Quiero enseñarle a mi hijo español como un nativo. Compré un libro Nacho para eso”. La escena es entonces sencilla: un padre inclinado sobre un libro de lectura infantil tradicional, pronunciando sílabas que cruzaron océanos y generaciones. La lengua materna transmitida en voz baja, en una casa donde afuera el idioma dominante es otro. En ese acto doméstico, tan pequeño e íntimo que podría pasar desapercibido, se condensa toda una filosofía de permanencia. 

En julio de 2026 cumplirá diez años en Estados Unidos, década en la que dice ha respetado y asimilado la cultura local, sin perder todavía su propia identidad caribeña. Al decirlo, no habla desde la nostalgia cerrada o el rechazo, sino desde el equilibrio. “Aprenda el idioma e involúcrese en la cultura del país”, aconsejaría a quienes estén pensando seguir un camino como el suyo. “No hay que tenerle miedo al reto. Algo se aprende que va a servir en el futuro. Y paciencia, porque el primer año será muy difícil, pero siempre se sale adelante”. 

Hay migraciones que se narran como conquistas. La de Jhonatas se parece más a una meditación sostenida en el tiempo: sobre el trabajo, la pertenencia, lo que que se pierde y lo que se conserva. Hay disciplina, memoria y una lealtad tranquila a los rituales aprendidos en la infancia. No busca ser extraordinario; le basta con ser constante. En el caleidoscopio sociocultural entre el olor a incienso de su niñez y el sonido metálico de los relojes de oficina, entre la ceniza cuaresmal en la frente y las metas trimestrales, entre el libro Nacho y las clases de ESL, entre el conuco y el invierno se dibuja una forma de heroísmo que no 

necesita escenario. La de un dominicano que ve el Super Bowl con un plato humeante de sancocho. 

 

En ese gesto cabe toda la diáspora.

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