
Entre el conuco y el invierno 1 de 2
Conversaciones con la Diáspora. – Jhonatas Rodriguez.
por Karim López, para Diaspora & Development Foundation, EE.UU.
– Waterford, Connecticut. Estados Unidos.- Siempre que se habla de migraciones, solemos gravitar hacia aquellas que parecen diseñadas para el aplauso. Esas que se cuentan desde escenarios iluminados, se convierten en estadísticas admirables, y en biografías que subrayan el talento excepcional o la ambición desmedida. Luego están las otras, que son mayoría: las que no producen titulares, no alteran el curso de la historia colectiva, pero transforman, con paciencia invisible, la vida privada de quien las atraviesa. Son migraciones sin espectáculo, construidas a partir de la repetición de gestos mínimos: levantarse temprano, aprender un idioma palabra por palabra, aceptar un trabajo que no corresponde al diploma enmarcado, cocinar lo que la memoria dicta, aunque el calendario marque otra fiesta.
A esa segunda categoría pertenece la historia de Jhonatas Rodríguez.
Antes de Waterford, Connecticut, antes del inglés aprendido a fuerza de confusión y cuadernos de ESL, hubo un patio de tierra en Licey Abajo, República Dominicana, donde la escoba levantaba el olor seco de las hojas recién caídas. La “basura” eran hojas de mango y de níspero, crujientes bajo los pies descalzos de los niños que las barrían antes de salir a jugar vitilla o canicas al resguardo de un sol que no conocía de telecable ni teléfonos. Las mañanas empezaban con la caminata hasta el lechero, el balde tibio en la mano, y con el vapor del desayuno acompañando el camino al conuco para llevárselo al abuelo. El conuco tenía un verde espeso, casi húmedo, donde los plátanos colgaban en racimos pesados y la tierra negra se pegaba a las uñas.
“Allá todo suena a abundancia”, dice Jhonatas ahora, como si hablara de un espejismo, “pero la abundancia era de lo que se cosechaba para vender. Era todo escaso a la vez”. Recuerda un solo huevo compartido en seis trozos de plátano, la mantequilla extendida para que rindiera, y el vaso de leche como lujo cotidiano. Recuerda también la risa conspirativa de la infancia: saltar las cercas llenas de espinas para “robar” tomates que ya todos tenían de cualquier forma en sus casas, hervir plátanos en una lata con agua como si la travesura fuera un ritual secreto. No era hambre lo que los movía, sino el vértigo de transgredir en un lugar donde casi nada lo era.
Creció con sus abuelos, bajo la sombra constante de la disciplina y la fe. Su madre trabajaba sin descanso como contadora; su padre era una figura nombrada por su primer nombre y no como “papá”, convirtiendo esa ausencia en una forma de normalidad. La presencia, en cambio, era la de su abuela, que olía a iglesia y a cocina. Cuando ella notó que el niño a los nueve o diez años ya leía con soltura, lo puso al frente de las Horas Santas comunitarias. “Después que hice la Primera Comunión me llevó a leer en la misa”, cuenta, rememorando como el eco de su voz infantil se mezclaba con el murmullo de los bancos de madera y el olor a incienso pegado a la ropa.
Más tarde, Jhonatas cargaba la cruz en las procesiones de Vía Crucis, o se disfrazaba de centurión para modestas y locales representaciones teatrales de la Pasión. “Todo eso se me quedó como tradición, aunque no me considere particularmente religioso o practicante”, dice hoy, y aún busca cada año en el calendario la fecha en que cae el Miércoles de Ceniza. La memoria no siempre se elige, a veces se hereda como una segunda piel.
Nunca imaginó emigrar. Su vida parecía trazada entre Licey y Santiago, entre la PUCMM, donde se graduó en Ingeniero de Sistemas, y una maestría en Finanzas que prometía estabilidad. El futuro no tenía forma de aeropuerto. Pero conoció a Cristina en la casa de su abuela. Una visita de vacaciones. Una conversación con tintes pintorescos que devino en atracción. Después, vuelos, despedidas en terminales iluminadas de madrugada, promesas suspendidas en llamadas de larga distancia. Hasta que llegó la propuesta de matrimonio en el mismo conuco escenario de proezas infantiles, que ahora se convertía en testigo del inicio de su mayor aventura. “Sí, tuve muchísimas dudas. No fue una decisión fácil”, dice Jhonatas recordando el momento en que se presentó la oportunidad de irse del país. Los amigos aconsejaron cautela; los colegas, prudencia. Tanto financiera como socialmente no tenía necesidad de migrar. Un tío le ofreció una frase sencilla que resonó como permiso: “Eres joven. Si no te va bien, puedes devolverte o empezar de nuevo”.
Ese “empezar de nuevo” resultó menos romántico de lo que el verbo sugiere. Significó aterrizar en Owego, Nueva York, y sentir que el inglés aprendido en aulas caribeñas se evaporaba frente a la rapidez nasal de las conversaciones cotidianas. “Yo pensaba que entendía, pero qué va, vivía todo el tiempo confundido”. Las palabras llegaban como lluvia fina que no lograba retener. Se inscribió en clases de ESL (English as Second Language) tres o cuatro veces por semana. Allí, en salones con luz fluorescente y mapas colgados en las paredes, aprendió no sólo gramática estadounidense sino historia, tradiciones, el origen de cada festividad. El idioma empezó a asentarse como una capa nueva sobre la lengua.
El mercado laboral fue otra intemperie. Con dos títulos bajo el brazo, imaginó que bastaría con demostrar competencia. “Mi frase era: ‘Hazme una prueba y verás, let me take a test and you will see’”. Pero el teléfono permanecía en silencio, o sonaba para ofrecer una negativa educada. Entonces amplió opciones. Limpió oficinas mientras el olor a desinfectante sustituía el olor a tierra húmeda del conuco. “Entonces era peor”, recuerda, “me preguntaban por qué quería ese trabajo si estaba calificado para otros, o que me querían, pero temían que en 3 o 4 meses me fuera para algo más afín”. Finalmente lo contrataron en el almacén de una tienda de muebles. Cajas, inventarios, horarios marcados por relojes digitales. Desde allí ascendió, paso a paso, como quien sube una escalera sin mirar demasiado hacia arriba. Casi diez años después, sigue en la misma compañía, con nuevas responsabilidades y una meta que pronuncia sin grandilocuencia: “Quiero ser director de Tecnología de la Información”.
Lo que aprendió en ese tránsito no fue solo técnico. Fue una nueva relación con el tiempo. “Aquí son más rigurosos con el cumplimiento de las metas. You have to make it happen”. Nadie vigila cada minuto, pero esperan resultados exactos. El reloj dejó de ser una referencia flexible y se convirtió en un compromiso. Sin embargo, esa ética no le resultaba extraña. Era, de algún modo, la formalización corporativa de lo que ya sabía desde niño: “Si quieres conseguir algo en esta vida hay que trabajar. Nada es gratis. Lo aprendí de mi abuela”.



