
Empresarios y políticos: Celosos y egoistas
Por: Luis Ma. Ruiz Pou
En tiempos de hiperconectividad las diferencias empresariales y políticas, se tornan viscerales, porque no se trata de pensar distinto, sino de sentir hostilidad y desprecio al que piensa distinto.
Un empresario es la persona o grupo que dirige, gestiona y asume el riesgo de una empresa con el objetivo de obtener beneficios económicos. Esta figura se encarga de organizar los recursos humanos, materiales y financieros para producir bienes o servicios y satisfacer las necesidades del mercado. Define los objetivos estratégicos y el rumbo de la organización asumiendo riesgos. Enfrenta la incertidumbre económica y las responsabilidades legales y comerciales, administra eficientemente los factores de producción, trabajo, capital y tecnología.-Econopedia-
Un político es un ciudadano dedicado a los asuntos públicos que participa en la toma de decisiones para organizar la sociedad. Su función principal es representar a la población, gestionar los recursos del Estado y proponer leyes a través de cargos de elección popular o partidos políticos. representa a los ciudadanos para canalizar sus demandas ante el gobierno. Por su iderazgo, debe tener la capacidad para guiar, comunicar ideas y tomar decisiones bajo presión para llegar a acuerdos entre diferentes sectores, conciliando intereses opuestos.
En cuanto el “Celo” emprearail y polítdico, manifiesta por el comportamiento o la emoción de una persona que experimenta. Se caracteriza por sentir miedo, inseguridad o ansiedad ante la posibilidad de perder la posición privilegiadas que ocupa en una relación importespecialmente. “Los políticos muestran celos principalmente por la intensa competitividad del entorno, el miedo a perder el poder o la influencia, y la constante necesidad de atención pública”-Felix Quiñone, El Nuevo Diario, 14/9 2018-
Es que la actividad empresarial como la polítca, es un juego de suma cero. El protagonismo dentro del mismo grupo suele percibirse como una amenaza directa a las propia posiciónes que ocupan, a sus futuras aspiraciones. Por su iseguridad, subyace un egoísmo; son como los dictadores que, tienen que obedecer a sus directrices. Anteponen sus propios intereses, deseos y necesidades por encima del bienestar de los demás. Las conversaciones o favores suelen girar en torno a su propio beneficio. Estos señores, no aceptan contradiciones de sus colaboradores. ¡Creen que las saben todas!
El narcisismo de estas élites genera un círculo vicioso: temor a ser eclipsados, recelo hacia figuras más capaces, y una autoestima frágil que se oculta bajo discursos de poder. El resultado es devastador: instituciones debilitadas, desconfianza interpersonal y deslegitimación del adversario. El egoísmo los encierra en un monólogo interminable, mientras la sociedad espera un diálogo que nunca llega.
El resultado es devastador: falta de acuerdos, incapacidad de colaboración, instituciones debilitadas y una creciente deslegitimación del adversario. Se pierde la capacidad de reconocer el pluralismo de ideas, y la democracia se convierte en un escenario de sospechas mutuas donde la confianza se evapora.
La clase empresarial y política, atrapada en sus celos y egoísmos, ha olvidado que la legitimidad no se construye con privilegios, sino con acuerdos y confianza. Cuando el poder se ejerce como propiedad privada y no como mandato público, la sociedad queda a merced de la inestabilidad y la desconfianza.
El peligro es claro: sin capacidad de colaboración, las instituciones se vacían de sentido y la democracia se convierte en un escenario de sombras, donde el egoísmo de unos pocos condena al silencio a la mayoría. La democracia se erosiona cuando quienes deberían fortalecerla se convierten en sus principales saboteadores.



