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Opiniones

EL ‘’BOOM’’ LATINOAMERICANO

La expresión Boom latinoamericano suena a explosión. A algo que estalla de repente y que sacude todo lo que había antes. Y, en efecto, eso fue: un fenómeno editorial y literario que puso a América Latina en el mapa mundial de la literatura en los años 60 y 70 del siglo XX. Pero desde el principio conviene aclarar algo: aunque se llame ‘’latinoamericano’’, en realidad solo incluía a escritores de lengua española. Ni un solo escritor brasileño formó parte de  ese canon inicial, aunque Brasil también producía en esos años obras inmensas como las de Joao Guimarães Rosa o Clarice Lispector.  Eso ya nos muestra que el boom no fue algo neutro ni inocente, sino un fenómeno cargado de decisiones editoriales, culturales y políticas.

Antes de ese momento, la literatura latinoamericana estaba bastante fragmentada. En Argentina se leía a los argentinos, en México a los mexicanos, en Colombia a los colombianos… y rara vez un escritor de un país lograba circular con fuerza en otro.

Fue gracias al boom que se creó un verdadero mercado panhispánico de lectores. Y no fue casualidad: los escritores empezaron a encontrarse en ciudades Europeas como Paris y Barcelona, y allí nació la idea de que no eran solo voces nacionales, cada uno de su país, sino parte de una literatura común en español. Ese cambio sigue vivo hasta hoy: yo mismo, como lector, no pienso demasiado en si un escritor es chileno, español, ecuatoriano o panameño. Lo que importa es la literatura en nuestra lengua compartida. El boom fue, al mismo tiempo, una moda y una revolución. En España, por ejemplo, se puso de moda leer a estos escritores que se convirtieron en algo así como estrellas de la literatura. Cortázar, García Márquez, Vargas Llosa, Carlos Fuentes…de pronto estaban en todas partes. Y, como veremos, detrás de esa fama había también mucha controversia: amistades rotas, debates políticos, críticas por la ausencia de escritores. En otras palabras, no fue un camino limpio ni perfecto,  y tal vez por eso mismo resulta tan apasionante. Para entender el boom latinoamericano hay que situarse en los años sesenta. Un mundo partido en dos por la Guerra Fría, con revoluciones, dictaduras militares y movimientos sociales  que estaban transformando América Latina.

En ese escenario, la literatura empezó a ser mucho más que entretenimiento: era un arma cultural, una manera de narrar la identidad de toda una región. Pero ojo: el boom no nació solo en las bibliotecas, ni en las cabezas de los escritores. Nació también en las oficinas de las editoriales, en la visión de algunos editores y, sobre todo, en la figura de una mujer clave: Carmen Balcells. Apodad ‘’la mamá del boom’’, esta agente literaria en Barcelona cambió las reglas del juego.

Ella fue la que negoció los contratos millonarios, garantizó traducciones rápidas a otros idiomas y logró que los escritores pudieran viviré de sus libros. Fue la primera en tratarlos como estrellas internacionales.

Además, hay que pensar en las ciudades que funcionaron como plataformas. París, con su ambiente intelectual y su aura de capital cultural del mundo, fue un punto de encuentro.

Allí vivieron  Julio Cortázar, Mario Vargas Losa, José Donoso, Gabriel García Márquez… esos compartían cafés, tertulias, lecturas. Y Barcelona se convirtió en el otro gran eje: con Seix Barral como editorial decisiva, y con Balcells moviendo los hilos, la ciudad se transformó en el verdadero motor del boom. En realidad, el boom fue tanto un fenómeno cultural como un fenómeno de mercado. Los escritores empezaron a circular entre países, sus libros viajaban de una orilla a otra del Atlántico, y por primera vez un lector en Buenos Aires podía leer a un peruano o a un colombiano casi al mismo tiempo que se publicaba en su país.

Esa sensación de literatura compartida, de que existía un público panhispánico, fue una novedad absoluta. Y esa es quizá la herencia más duradera: la idea de que leemos, no tanto a ‘’un escritor colombiano’’ o ‘’un escritor mexicano’’, sino a un escritor en español.

El boom latinoamericano no se entiende sin sus cuatro grandes estandartes. Eran distintos entre sí, pero untos marcaron un antes y un después. Primero, Gabriel García Márquez, el escritor  colombiano que cambió la historia de la literatura con Cien años de soledad. La anécdota es ya legendaria: se encerró en México, escribió sin parar durante dieciocho meses,  empeñó hasta su automóvil para pagar el envío del manuscrito a la editorial Sudamericana de Buenos Aires, y cuando la novela salió en 1967, fue un terremoto. Cien años de soledad vendió millones de ejemplares, fue traducida casi de inmediato y convirtió a García Márquez en el rostro del realismo mágico y, para muchos lectores de toras lenguas, en el rostro de la literatura en español.

Luego está Julio Cortázar, el argentino que revolucionó la narrativa con Rayuela en 1963.  Una novela que se podía leer de manera lineal o siguiendo un orden alternativo de capítulos, casi como un juego. Cortázar rompió con la idea de cómo debía leerse una novela. Y no olvidemos sus libros de cuentos: Bestiario, Las armas secretas, Final del juego.

Con ellos creó universos inquietantes y cotidianos a la vez, que siguen atrapando lectores hasta hoy.

Mario Vargas Llosa, el peruano, debutó con La ciudad y los perros en 1963. Un libro duro,  feroz, ambientado en un colegio militar de Lima. La novela fue tan polémica que los cadetes quemaron ejemplares en protesta. Vargas Llosa no se detuvo ahí: con obras como Conversación en La Catedral llevó la experimentación formal a niveles altísimos, siempre con una mirada crítica sobre la política y la sociedad de su país. Y Carlos Fuentes, el mexicano cosmopolita.

Con La muerte de Artemio Cruz en 1962 ofreció una novela que es a la vez una radiografía de México y un experimento narrativo con puntos de vista múltiples.  También fue un escritor con enorme proyección pública: diplomático, ensayista, figura central del mundo cultural hispanoamericano.

En torno a ellos gravitaban otros nombres que también fueron parte del boom, aunque a veces quedó un poco a la sombra. El chileno José Donoso, por ejemplo, autor de El obsceno pájaro de la noche, una de las novelas más complejas de la literatura en español. Y el argentino Manuel Puig, con Boquitas pintadas y El beso de la mujer araña, que aportó un estilo completamente distinto, lleno de guiños a; come y a la cultura popular. Lo fascínate es que cada uno aportaba  una voz  distinta: García Márquez con imaginación desbordante del realismo mágico, Cortázar con esa experimentación lúdica, Vargas Llosa con la denuncia social y la ambición formal, Fuentes con la mirada histórica y cosmopolita. Y juntos lograron algo que parecía imposible: que el mundo entero mirara hacia América Latina para leer sus novelas.

El boom latinoamericano no fue un jardín de rosas. Detrás del brillo, hubo choques, rivalidades y heridas que todavía hoy se recuerdan. La más famosa es, sin duda, la ruptura entre Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez, en 1976, en México, Vargas Llosa le lanzó un puñetazo a García Márquez a la salida de un cine. La foto de García Márquez con; el ojo morado dio la vuelta al mundo. Hasta hoy, nadie ha contado del todo qué pasó. Unos hablan de política, otros de problemas personales. Lo cierto es que a partir de ese día dejaron de hablarse y nunca volvieron a reconciliarse. Esa escena resume bien el carácter explosivo del boom: amistad, fraternidad, pero también egos, pasiones y diferencias irreconciliables.

Otro punto polémico fue la ausencia de mujeres. El boom fue un club  cerrado y muy masculino. En aquellos años, escritoras como Elena Garro, Rosario Castellanos o Claribel Alegría, entre muchas otras, ya estaban publicando obras potentes, pero no tuvieron la visibilidad ni el apoyo editorial de sus colegas varones. Con el tiempo, la crítica ha revisado esa exclusión  y hoy hablamos de un boom muy incompleto. Y luego estaba la política. Durante  un tiempo, muchos de estos escritores del boom apoyaron la Revolución cubana y creyeron en la idea de un continente nuevo, renovado. Pero pronto aparecieron los desencantos: la censura, el autoritarismo, los límites de la utopía. Eso dividió posiciones, creó tensiones, y terminó marcando caminos distintos. Estas controversias hicieron que el boom no fuera un movimiento uniforme, sino más bien una red de amistades, traiciones, alianzas y desencuentros. Quizá por eso sigue fascinando: porque no fue un bloque monolítico, sino una historia llena de claroscuros. Lo que dejó el boom latinoamericano fue enorme. Por primera vez, la literatura escrita en español se convirtió en un fenómeno global. Antes, eran las literaturas europeas las que marcaban tendencia; después del boom, millones de lectores en el mundo entero empezaron a mirar hacia América Latina.

Gracias al boom, gracias a dicho movimiento, se consolidó la idea de un mercado panhispánico: lectores de distintos países compartiendo las mismas novelas, reconociéndose en las mismas historias.

Hoy nos parece natural que un lector en Madrid, Buenos Aires o Medellín lea con pasión a un escritor chileno, un ecuatoriano o un dominicano, pero esa costumbre nació allí, en los años 60 y70 con el boom.

También el boom dejó huella en la forma de publicar y de difundir. La figura de agente literario, los contratos internacionales, las traducciones rápidas: todo eso se volvió posible gracias al trabajo de Carmen Balcells y de las editoriales que apostaron fuerte por estos escritores.

Y luego vino el postboom, en los años 80. Una generación de escritores los  que quiso apartarse de las formas monumentales y experimentales del boom, y que abrió espacio a voces nuevas: escritoras como, por poner un solo ejemplo, Isabel Allende, con La casa de los espíritus y otros escritores que mezclaron la literatura con lo popular, el periodismo o incluso la cultura de masas. Si el boom fue épico, el postboom fue más íntimo, más hibrido, también. En definitiva, el boom fue un estímulo cultural que transformó para siempre la literatura en español, y cuyo eco sigue vivo. Muchos de esos libros ya no son solo novelas famosas: son clásicos universales.

El boom latinoamericano fue un terremoto literario. No solo nos dio algunas de las mejores novelas del siglo XX, sino que cambió la manera en que pensamos la literatura escrita en español. Abrió fronteras, creó un público común y nos enseñó que las historias de América Latina o, por lo menos, las de los países hispano, podían conmover al mundo entero.

Por supuesto, no fue un fenómeno perfecto. Fue polémico, fue desigual, fue un club cerrado en muchos sentidos. Pero quizá por eso mismo nos sigue atrayendo: porque no fue solo literatura, fue también política, fue también mercado, egos, amistades rotas y sueños colectivos.

Lo cierto es que, desde entonces, la literatura en español nunca volvió a ser la misma. Hoy seguimos leyendo esas novelas con asombro, seguimos discutiendo su legado, y seguimos descubriendo en ellas preguntas que todavía son relevantes.

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