
Situación que provocaron la delicada economía que hoy sufre Estados Unidos
Por Luis Ma. Ruiz Pou
La definición de “situación delicada” describe un estado crítico, sensible y difícil de manejar. Estados Unidos encarna hoy esa condición: una economía que se tambalea bajo el peso de más de 40 billones de dólares en deuda, un Tesoro obligado a intervenir el mercado de bonos y unos rendimientos que alcanzan niveles no vistos desde 2007.
El bono a 30 años, símbolo de confianza en la estabilidad norteamericana, paga intereses cada vez más altos, reflejo de un sistema que ha perdido el control sobre sí mismo. Washington se enfrenta a una encrucijada: seguir alimentando su modelo de guerra o aceptar que ese modelo ha llegado a su límite histórico.
Estados Unidos, enfrenta hoy, una situación muy delicada, debe más de 40 billones de dólares, ante la presión del mercado, el tesoro se vió obligando a intervenir el mercado de los bonos, duplicando las compras hasta 4 mil millones buscando bajar la tasa de rendimiento; pero eso, eso duró poco, los compradores de bonos, obligaron al tesoro a subir la tasa de rendimiento.
El presidente Donald Trump, prometió controlar la situación, pero los números indican que está en una encrucijada económica. El bono a 30 años, llegó a niveles que no se habían visto desde el año 2007, pagando intereses cada vez más altos. Esto podría obligar al tesoro a una nueva recompra para bajar la presión sobre los intereses que generan; y es que los compradores de bonos, siguen presionando para que suban los rendimientos de la tasa de interés. Washington está perdiendo el control sobre sus propias deudas.
¿Qué provocó que Washington llegará a esta situación financiera?
Desde mediados del siglo XX, Estados Unidos ha sostenido una economía basada en el gasto militar. El complejo militar‑industrial, denunciado por el presidente Eisenhower en 1961, se convirtió en motor de crecimiento, pero también en una trampa: cada intervención genera deuda, inflación y dependencia de la venta de armas. Washington ha hecho de la guerra un negocio, provocando crisis en regiones ajenas para vender armamento y sostener su hegemonía. Sin embargo, esa estrategia ha demostrado ser insostenible.
La historia reseña que los fracasos Estados Unidos ha acumulado una larga lista de fracasos militares y políticos al intervenir fuera de su hemisferio, especialmente en Asia y Medio Oriente, donde sus acciones dejaron países sumidos en caos, guerras civiles y pérdida de credibilidad internacional. Los casos más emblemáticos son: Vietnam (1955–1975): más de 58,000 soldados muertos y una retirada humillante. Irak (2003–2011): sin armas de destrucción y el surgimiento del Estado Islámico. Afganistán (2001–2021): trillones gastados y de vuelta los talibanes al poder. Libia (2011): caída de Gadafi, pero país convertido en Estado fallido.
El costo de defender al Estaso Sionista de Israel
Estado Unidos abandonó el apoyo bélico a Ucrania en su lucha contra Rusia, para embarcarse en febrero en una aventura sin planificar en defensa de Israel, frente al conflicto de Medio Oriente con el Estado Islámico de Irán. Esa aventura, desde febrero de 2026, Estados Unidos ha gastado aproximadamente 25 mil millones de dólares en la guerra contra Irán, según estimaciones del Pentágono. Sin embargo, algunas fuentes indican que el costo total podría ser superior, con estimaciones que oscilan entre 7,000 y 9,000 millones de dólares en los primeros días de combate.
¿Qué ha logrado Estados Unidos con las guerras?
La delicada situación financiera de Estados Unidos no es fruto de un error aislado, sino de un patrón histórico: sostener guerras ajenas para alimentar su industria militar, mientras descuida la estabilidad de su propia economía. Washington ha confundido hegemonía con belicismo, y hoy paga el precio de esa confusión.
Si el dólar tambalea, no solo se tambalea un país: se tambalea el orden mundial entero. La deuda norteamericana es ya un arma de destrucción masiva contra sí misma. Persistir en la economía de guerra será el verdugo que convierta a Estados Unidos en víctima de su propio imperio.
Cada fracaso dejó un legado de deuda y descrédito internacional, minando la confianza en la capacidad de Washington para liderar.



