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Opiniones

Del participio “Morido” de Danilo Medina a las declaraciones sin sentido de Gonzalo Castillo

Por Roberto Rímoli

(Periodista y Psicólogo Investigador)

 

La política dominicana como un teatro del absurdo, nos regala a diario perlas lingüísticas que merecen ser estudiadas con lupa. El paso del tiempo no borra las huellas del ridículo verbal que marcó el último tramo del Danilato en el poder. Hoy, años después de su salida del Palacio Nacional, aún resuena en la memoria colectiva el uso obsesivo y errático del participio pasivo por parte de Danilo Medina, y las frases sin pies ni cabeza de Gonzalo Castillo que soltaba como si fueran revelaciones divinas.

El caso más célebre, y quizás el más patético, fue aquel “está morido” que Danilo Medina pronunció en cadena nacional refiriéndose al supuesto fin del conflicto con Haití en la frontera.

El presidente de la República diciendo “morido” no es un simple error fonético: es la radiografía de un sistema educativo fallido que llegó hasta la cima del poder.

El participio regular de “morir” es “muerto”, siempre lo fue, pero en la boca del entonces mandatario se transformó en una suerte de marca registrada del habla danilista: “haiga” por “haya”, “naides” por “nadie”… Era como escuchar a un alumno de tercer grado que, por arte de magia, manejara el presupuesto Nacional.

El participio se convirtió en el Talón de Aquiles gramatical del danilato. No era un desliz ocasional: era un patrón, “Visto” en lugar de “visto” (correcto, pero como muletilla innecesaria), “hecho convertido en hecho en múltiples alocuciones, y el famoso “los cuartos están apropiados” o, más bien, confesar sin querer). Cada intervención era una ruleta rusa lingüística donde el pueblo terminaba siendo el gran perdedor; no solo por la corrupción, sino por tener que soportar un discurso presidencial que parecía que acababa de aprender el idioma.

Pero si Danilo pecaba por el participio mal conjugado, su delfín designado, Gonzalo Castillo, elevó la incoherencia a la categoría de arte conceptual. Decir cosas sin decir nada se convirtió en la incapacidad del candidato del PLD en 2020. Recordemos joyas como: “Yo no vengo a improvisar, yo vengo a continuar lo que está bien y a mejorar lo que está mal, pero sobre todo a hacer lo que nunca se ha hecho”. Frases que, leídas en frío, parecen generadas por un algoritmo defectuoso o por un político en estado de trance.

La más ontológica fue aquella promesa de campaña: “Vamos a comprar 200 mil motores para que los motoconchistas tengan un motor nuevo y entreguen el viejo”.

En un país donde la pobreza estructural es dramática, ofrecer cambiar motores viejos por nuevos como si fuera Cromos era el colmo del cinismo disfrazado de generosidad. Peor aún: nunca explicó de dónde saldrían los miles de millones que costaría semejante disparate, ni qué harían con 200 mil motores usados. Era el populismo en estado puro, pero tan burdo que hasta los beneficiarios potenciales se rieron.

Gonzalo Castillo no hablaba: emitía slogans huecos que sonaban a traducción automática del inglés  al español Caribeño. “Pejé pa’lante que vamos pa’trás” llegó a ser una consigna real de su campaña, pronunciada sin ironía alguna. O aquella otra: “Yo soy Gonzalo y voy a resolver”. Resolver qué, nunca se supo. Su discurso era un vacío semántico envuelto en helicópteros privados y asfaltado con dineros de Odebrecht. La incoherencia era parte de la estrategia.

Comparando el “morido” de Danilo, que al menos tenía la excusa de la espontaneidad, las declaraciones de Gonzalo eran preparadas, leídas y aprobadas por asesores. Si Danilo violentaba la gramática por limitaciones personales, Gonzalo violentaba la lógica porque sabía que en República Dominicana el voto se compra, no se convence.

Hoy, luego de haber transcurrido un lustro, ambos personajes son el espejo perfecto del ocaso de un modelo político que creyó que el pueblo dominicano aceptaría cualquier cosa con tal de que viniera envuelto en un buñuelo.

El “morido” de Danilo y las incoherencias de Gonzalo no fueron simples errores de comunicación, sino el pródromo de un régimen que se sentía tan dueño del poder que ya ni se molestaba en disimular su mediocridad. Por eso el pueblo le pasó factura, no por gramática sino por dignidad.

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