
Groenlandia no es un territorio para la venta
Por:Lic. Luis Ma. Ruiz Pou
Hay países que se conquistan con ejércitos y otros que se conquistan con acuerdos “defensivos”. Y luego está Groenlandia, que se conquista con sonrisas diplomáticas, radares de largo alcance y la promesa de que todo es por su propio bien; pero el presidente de EUA, Donal Trump, quiere conquistarla a la buenas o a la malas; afirmó que Estados Unidos impondría aranceles cada vez más elevados a países europeos que rechazaran la compra de Groenlandia por parte de Estados
¡Si no me las vende, me la cojo!
Trump pensó que la isla estaba en venta —como si fuera un lote costero con vista al Ártico— el mundo se rió. Pero la risa danesa tenía un matiz peculiar: la de quien sabe que el comprador potencial ya vive en la casa, usa la nevera y tiene copia de la llave desde 1951. El famoso acuerdo de defensa entre Dinamarca y Estados Unidos nació en un momento en que Europa ardía y el Ártico parecía la puerta trasera del apocalipsis.
Dinamarca, ocupada por los nazis, no estaba en posición de negociar con firmeza. Washington sí. El resultado fue un pacto que permitió a Estados Unidos instalar bases, operar sistemas de vigilancia y convertir Groenlandia en un nodo estratégico del hemisferio norte. Todo bajo el paraguas de la cooperación, claro, esa palabra mágica que convierte cualquier asimetría en un gesto de amistad.
Décadas después, el tratado sigue ahí, congelado en el tiempo como un fósil de la Guerra Fría. Groenlandia cambió, Dinamarca cambió, el mundo cambió, pero el acuerdo permanece. Y aunque no otorga soberanía ni control político, sí crea una realidad incómoda: la isla más grande del planeta tiene un autogobierno que decide sobre pesca, educación y recursos naturales, pero su cielo pertenece a otra lógica, una que se escribe con radares, satélites y protocolos militares.
La ironía es que, mientras los groenlandeses debaten su futuro con la seriedad, saben que la autodeterminación no es un eslogan, la conversación internacional se reduce a un chiste sobre bienes raíces. Como si la historia de un pueblo pudiera resumirse en un precio por metro cuadrado. Como si la identidad de una nación pudiera negociarse en una mesa ovalada.
La actualización del acuerdo en 2004 intentó corregir el desequilibrio, reconociendo a Groenlandia como actor político dentro del reino danés. Pero la cortesía diplomática tiene límites. Consultar no es lo mismo que decidir, y decidir no es lo mismo que tener poder real sobre la infraestructura militar que define tu territorio. La isla puede administrar sus escuelas, pero no sus radares. Puede elegir su parlamento, pero no quién vigila el Polo Norte desde su suelo.
Y en ese contexto, las amenazas retóricas de Trump —esas insinuaciones de compra, presión o castigo diplomático— no son simples excentricidades. Funcionan como recordatorio de que, para algunos actores globales, Groenlandia no es un pueblo con voz propia, sino un activo estratégico que conviene asegurar, ya sea con chequera, con acuerdos o con insinuaciones de fuerza.
El interés por este territorio ha crecido exponencialmente debido a sus reservas de minerales estratégicos y su ubicación en rutas marítimas cada vez más navegables. Estados Unidos observa con recelo la creciente influencia de China y Rusia en la región polar. Mientras el hielo se derrite, también se derrite la paciencia de quienes viven en la isla
La conclusión es incómoda, pero inevitable: si algo demuestra la historia reciente es que las amenazas externas —disfrazadas de oferta inmobiliaria o de advertencia geopolítica— solo aceleran un proceso que ya está en marcha. Groenlandia no es un lote en venta. Es un territorio con memoria, identidad y un futuro que no se negocia al mejor postor.



