
Acemoglu y los límites de una victoria electoral
Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Daron Acemoglu
Daron Acemoglu es un economista, profesor del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) y premio Nobel de Economía de 2024. Compartió el galardón con Simon Johnson y James A. Robinson por sus investigaciones sobre cómo se forman las instituciones y cómo influyen en la prosperidad de los países.
Nació en Estambul, Turquía, el 3 de septiembre de 1967. Tiene nacionalidad turca y estadounidense y se doctoró en la London School of Economics en 1992.
Su obra más conocida es Por qué fracasan los países, escrita junto con James A. Robinson. Su argumento central sostiene que las instituciones políticas y económicas son decisivas para el desarrollo: aquellas que permiten una participación amplia y limitan los privilegios favorecen la prosperidad, mientras que las que concentran el poder y sus beneficios en pequeños grupos tienden a obstaculizarla.
También es coautor de El pasillo estrecho, con Robinson, y de Poder y progreso, con Simon Johnson. En estas obras examina las relaciones entre el Estado y la sociedad, las condiciones que permiten preservar la libertad y las decisiones que determinan cómo se distribuyen los beneficios del desarrollo tecnológico.
Su opinión:
Una victoria electoral puede cambiar la distribución del poder y dejar intactas las razones del descontento.
Esa es la advertencia más importante que formula Daron Acemoglu en su conversación con Boris Muñoz para EL PAÍS.
Aunque el economista sostiene una posición abiertamente contraria a Donald Trump, su reflexión alcanza también a quienes creen que derrotarlo permitiría regresar tranquilamente al orden anterior.
Acemoglu advierte a los demócratas que sería peligroso interpretar una victoria como señal de que «todo puede volver a la normalidad». La observación obliga a preguntar qué normalidad se pretende recuperar y para quién resultaba satisfactoria.
En su diagnóstico, la crisis de la democracia liberal tiene raíces económicas y sociales.
La concentración de la riqueza, los cambios tecnológicos y la transformación del trabajo debilitaron las expectativas de sectores que durante mucho tiempo habían confiado en los partidos tradicionales.
A ello se añadió una distancia cultural entre dirigentes con formación universitaria y trabajadores que comenzaron a sentirse ajenos al lenguaje y a las prioridades de sus antiguos representantes.
El problema resulta especialmente grave cuando la inseguridad económica viene acompañada de una experiencia de menosprecio.
Una persona puede aceptar que se discutan sus opiniones; le resultará más difícil confiar en quienes la consideran atrasada por sus creencias, su forma de hablar o su apego a una comunidad.
La representación política exige comprender esas experiencias, incluso cuando no se comparten todas las conclusiones que los electores extraen de ellas.
Acemoglu reconoce que la centroizquierda dejó de escuchar a una parte de su antigua base social. Esa admisión tiene consecuencias.
Si se acepta que existió una ruptura de confianza, habrá que explicar el apoyo a Trump mediante algo más que la denuncia de su personalidad. Los votantes tienen motivaciones diversas y conservan capacidad de juicio. Escucharlos no exige aprobar cada una de sus decisiones.
Sin embargo, en la entrevista aparece una tensión que merece discutirse. El economista reclama reconstruir una política capaz de integrar a los descontentos, pero presenta la derrota de Trump y del Partido Republicano como una condición indispensable para defender la democracia.
Ese juicio necesita apoyarse en conductas institucionales concretas, examinadas con criterios que puedan aplicarse a todos.
La evaluación democrática de un dirigente debe considerar su respeto a los resultados electorales, a los límites de sus atribuciones y a las libertades de quienes lo cuestionan.
La independencia judicial y la posibilidad efectiva de alternancia importan tanto cuando gobiernan nuestros adversarios como cuando gobiernan nuestros aliados.
Obtener una mayoría autoriza a gobernar dentro de las reglas; no concede inmunidad frente a ellas.
Con el mismo rigor debe examinarse a quienes se presentan como defensores del orden liberal.
La reivindicación de la democracia pierde fuerza cuando sirve para eludir responsabilidades propias o para tratar cualquier desacuerdo como una prueba de inferioridad moral. Una oposición democrática necesita argumentos y propuestas que puedan convencer también fuera de su círculo habitual.
Acemoglu sitúa a la centroizquierda en el corazón de la democracia liberal. Esa formulación concede demasiado peso a una sola familia política. En una democracia liberal pueden convivir conservadores, liberales y socialdemócratas, siempre que acepten la igualdad política de sus adversarios y los derechos de las minorías. La competencia entre proyectos distintos forma parte de su razón de ser.
La propuesta más valiosa de Acemoglu aparece cuando devuelve importancia a las asociaciones y a la participación local.
Los sindicatos, las iglesias, los clubes y las organizaciones comunitarias pueden ofrecer espacios donde las personas aprendan a cooperar, resolver conflictos y exigir cuentas.
Esa experiencia cotidiana permite que la ciudadanía tenga un significado más amplio que la visita periódica a una urna.
También aquí hacen falta límites claros. Una comunidad merece capacidad para organizar su vida, pero sus decisiones deben respetar a quien piensa de otra manera.
El autogobierno local y la libertad individual necesitan sostenerse mutuamente. De otro modo, la cercanía del poder puede convertirse en una forma igualmente cercana de arbitrariedad.
La inteligencia artificial introduce una dificultad adicional en esta discusión. Acemoglu propone orientarla hacia actividades que amplíen las capacidades de los trabajadores.
Su planteamiento invita a examinar quién decide sus usos y cómo se distribuyen sus beneficios. La innovación requiere inversión y conocimiento; la prosperidad compartida requiere, además, decisiones empresariales y públicas que conviertan esa capacidad técnica en oportunidades.
El punto débil de la propuesta sigue siendo su ejecución. Reconstruir la confianza demanda organizaciones capaces de sostener acuerdos, recursos para cumplir compromisos y gobiernos dispuestos a evaluar sus resultados.
El propio Acemoglu admite que el movimiento social que imagina todavía no está suficientemente organizado. Su programa debe juzgarse también por la posibilidad de construirlo.
Para la República Dominicana, esta discusión ofrece una pregunta concreta: qué experiencia del Estado encuentra el ciudadano cuando necesita una escuela, atención médica, seguridad o una decisión administrativa justa. La confianza se fortalece cuando esos servicios funcionan y cuando reclamar por sus fallas produce alguna respuesta. La calidad democrática se pone a prueba también en ese trato cotidiano.
El mayor interés de la entrevista reside en que obliga a los adversarios de Trump a revisar sus propias responsabilidades. Su advertencia puede extenderse a cualquier partido que confunda el desgaste del contrario con una aprobación permanente de su proyecto.
Después del recuento de votos comienza una obligación que ninguna celebración sustituye: gobernar de manera que el ciudadano conserve razones para confiar en las instituciones, incluso cuando haya perdido el partido de su preferencia.



