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La calidad perceptiva democrática, liderazgo, instituciones y caudillismo

Por Cándido Mercedes
“El buen líder, el líder con excelencia, toma decisiones en función no solo del valor económico sino,
además, del valor psicológico y ético de los actos humanos”. (Alfred Sonnenfeld).

Desde el 1844 al 2026 hemos tenido 54 mandatarios en 66 periodos. En el interregno
del 1844 a 1900, esto es, 56 años, tres gobernantes ocuparon el 70% en la silla
presidencial: Pedro Santana (11 años y 4 veces), Buenaventura Báez (15 años y 5 veces)
y Ulises Heareux, Lilis, (14 años y 3 veces). En el Siglo XX y lo que va del Siglo XXI,
esto es, 118 años, pues hay que restar los 8 años de la intervención norteamericana, tres
presidentes han ocupado el 67% del tiempo: Trujillo (31 años y 8 periodos), Balaguer
(23 años y 6 periodos), Leonel Fernández (12 años, tres periodos y 5 veces candidato).
Juan Isidro Jiménez Pereyra gobernó en los periodos 1899 – 1902 y luego 1914 – 1916.
Leonel (1996, 2004 y 2008). Hipólito Mejía (16 de agosto del 2000 hasta el 2004). Ellos
tres han sido los únicos gobernantes que han dirigido en dos siglos diferentes. Siglos 19
y 20, siglos 20 y 21, respectivamente. ¿Qué nos evidencia la historia con los indicadores
factuales de cada época en la formación social dominicana a lo largo de 182 años?
Nos muestra la carga pesada del personalismo, del caudillismo en la dominación
política dominicana. Es lo que impide, todavía hoy, los avances necesarios en la calidad
democrática, en el fortalecimiento institucional y como la gravidez del caudillismo no
fecunda de manera protagónica el desarrollo institucional.
Desde 1844 a la fecha, 2026, seis gobernantes nos han dirigido durante un periodo de
106 años, de 182 años. Esto significa que los seis exmandatarios lo hicieron para un
porcentaje de 58.2% del tiempo y ellos solo representan un 11.11% de todos los
presidentes. Nos encontramos en la más dilatada Cuarta República, que va desde 1966
hasta la fecha. Continuamos con esa pesada tautología cuando miramos el tiempo
transcurrido y los protagonistas que siguen incidiendo en una sociedad totalmente
cambiante. Los cambios que hacen viable a los sujetos sociales no solo han de abordar
el marco conceptuoso, categorial, teórico, ha de ser y constituir lo psicológico, lo
emocional, el decantamiento epocal por el que atravesamos y la asunción real en la
internalización de una praxis social y política diferente.
Amerita de nuevos cauces éticos. Se trata de una internalización que corra cinco
generaciones para dejar atrás sin coletazos a la Generación Boomer. Después de la
Generación Baby Boomer han pasado las Generaciones X, Y (Milennial) y Z
(Centenial). Hoy se requiere de un liderazgo intergeneracional donde el grueso de la
población (90%) se encuentran en las generaciones X, Y, Z. Las generaciones
Silenciosa y Boomer apenas representa un 10% de la población en la sociedad
dominicana (1928-1945 y 1946-1964).
¿Qué ocurre hoy en el escenario de la dirección partidaria y en la emergencia de un
nuevo liderazgo? En la sociedad dominicana gran parte de la elite política que domina el

espectro político, tiene más de 70 años y están en la vida política desde hace más de 50
años. La esperanza de vida al nacer en nuestro país es de 74.7 años. Veamos la
longevidad y la inserción significativa en la vida política de los protagonistas:
1) Hipólito Mejía fue Ministro de Agricultura en 1978, eso hace 48 años. En el año
2000 ascendió a la Presidencia de la República. Actualmente tiene 85 años.
Nació el 22 de febrero de 1941. Pertenece a la Generación Silenciosa.
2) Danilo Medina Sánchez cumplirá 75 años el 10 de noviembre. Nació en 1951.
Fue Diputado en 1986, 1990 y 1994. Esto es, hace 40 años. Está militando en el
PLD desde el 1973, vale decir, 53 años. Previamente había sido miembro de un
grupo de izquierda.
3) Leonel Fernández nació el 26 de diciembre de 1953, va a tener 73 años. Milita
desde 1973, esto es 53 años y desde el 1990 comenzó a formar parte del Comité
Político. En 1994 fue candidato vicepresidencial con el profesor Juan Bosch.
Hace 30 años fue por primera vez Presidente de la República. Luego, repitió dos
veces, dos periodos diferentes.
Somos una sociedad joven donde, insistimos, el 90% de la población tiene menos de 65
años. Muy diferente a la población europea donde la esperanza de vida es de 81-83 años
o la japonesa y canadiense que es de 84 y 83 años, respectivamente. Soy de los que cree
en el equilibrio y en el que cada quien puede aportar a la sociedad desde diferentes
ángulos, dimensiones. Pero, ¿qué tiempo gravitaron y gravitan algunos de estos
personajes?
Veamos:

a) Joaquín Balaguer: 42 años.
b) Juan Bosch: 34 años.
c) Peña Gómez: 33 años.
d) Danilo Medina: 40 años.
e) Leonel Fernández: 35 años.
f) Hipólito Mejía: 48 años.

Hoy, dada la alta velocidad de los cambios, de la disrupción iconoclastia de la
tecnología, la distancia entre generaciones disminuye y el proceso neurológico del
alcance del conocimiento se “evapora”. Las generaciones Silenciosa y Boomer
entienden, pero no comprenden, asimilan por “flash”, empero, no internalizan. Los
“chips”, neurocerebrales se acortan para emprender desafíos nuevos. Sus parálisis de
paradigmas, de hace 40, 50 años, orbitan como ondas expansivas desvirtuándolos del
verdadero escenario de la realidad.
Pueden conceptualizar de la nueva realidad, no obstante, no pueden asumir un nuevo
modus vivendi y modus operandi que exprese la nueva dimensión de la praxis social y
política del momento, de la gobernanza y cultura política del 2026. El personalismo y
con ello, en gran medida, el caudillismo, constituyen una modorra que nos impide hasta
hoy el desarrollo institucional y la calidad de la democracia. Calidad de la democracia
que trasciende la democracia electoral. La calidad democrática tiene que ver en gran
medida en como logramos articular cada día más la eficiencia, la eficacia, en el

acercamiento para responder de la manera más proactiva con la perfección, los procesos
y procedimientos del sistema político.
La calidad democrática es el amplio abanico que forma un ecosistema donde lo nodal es
como aupamos y encaminamos a mejores puentes los derechos que encierran la libertad,
transparencia, igualdad, rendición de cuentas. La calidad democrática, hoy en día, se
puede medir porque, como decía Peter Drucker el gran gurú de la gerencia moderna, “lo
que no se puede medir no se puede evaluar”. En la calidad democrática, pues, se mide la
eficiencia de las instituciones para obviar y saltar la mera retórica. La calidad
democrática hace hincapié en no solo garantizar derechos, sino, de manera clave, como
un andamio en asumir las necesidades de los ciudadanos y ciudadanas de una sociedad
determinada.
The Economist ha elaborado un Índice de la calidad democrática que comprende, entre
otras cosas:
1) Proceso electoral y pluralismo: que conlleva a elecciones libres, periódicas,
competitivas y transparentes.
2) Funcionamiento del gobierno: transparencia, rendición de cuentas, ausencia de
corrupción y capacidad real del gobierno para implementar políticas.
3) Libertades civiles: respeto a la libertad de expresión, de prensa, religiosa y
derecho de asociación.
4) Participación política: niveles de violencia, interés ciudadano en la política y
existencia de mecanismos de participación ciudadana (gobierno abierto).
5) Cultura política: valores democráticos compartidos, confianza en las
instituciones y consenso sobre las reglas del juego democrático.
Por otro lado, el Índice de EIU que mide también la calidad democrática, lo aborda
desde la perspectiva de cuatro dimensiones:
1) Democracia plena: alto funcionamiento en todas las categorías.
2) Democracia imperfecta: elecciones libres, pero con fallas en gobernanza o
cultura política.
3) Régimen híbrido: presiones a la oposición y medios.
4) Régimen autoritario: ausencia de pluralismo real.
En esa categorización de EIU nos encontramos frente a una democracia IMPERFECTA,
lo que en el Informe de riesgo político en ALC denomina: Democracia Defectuosa. El
horizonte conceptual de por qué tenemos una democracia imperfecta se debe a que
existen los tres poderes del estado, empero, no hay verdaderamente el peso y contrapeso
entre ellos tres. Todavía hoy, como país, estamos por debajo del promedio mundial de
corrupción, conforme al último Informe de Transparencia Internacional 2026: 37/42. En
América Latina y el Caribe hay una crisis de confianza, lo que penetra en la hondura de
una alta desconfianza de las instituciones, donde los protagonistas de crear LA
CONFIANZA son sus primeros destructores (actores políticos). Crean las instituciones
y las inobservan en su aplicación.
Estamos tan obcecados, tan pálidos en la visión de la democracia, que desde la misma
Junta Central Electoral, en una carencia conceptual inaudita, han querido reducir cuasi
de manera binaria democracia con dinero. Reducción de fondos a los partidos con

amenaza a la democracia. ¡Cuán estado anímico y pobreza argumental con una falacia
lógica de la equivalencia pasmosa!
Dos evidencias empíricas niegan las aseveraciones de la junta Central Electoral y de
algunos dirigentes políticos: en los años 70, 80, 90 del siglo pasado, el sistema de
partidos era más fuerte; había más participación política, más involucramiento de la
ciudadanía, más concurrencias en las elecciones y, no obstante, los partidos políticos no
recibían dinero público ni tanto dinero del sector privado. La militancia de los partidos
era más considerable.
La encuesta Gallup/Diario Libre demuestra cómo andan los partidos políticos y como
NINGUNO (24%) es el segundo “partido” con más simpatizantes. La desafección hacia
los partidos políticos ha alcanzado tan alto grado que un 48% de los dominicanos y
dominicanas no acudieron a las urnas en las elecciones de 2024. Otra firma
encuestadora, en el 2024, visibilizó las diferentes causas de las abstenciones tan graves,
por encima de las elecciones de 2020 cuando creíamos que la baja participación tenía
como “respuesta” al COVID-19.
Desde 1998 a la fecha, el pueblo dominicano ha erogado RD$32,000 millones a los
partidos. Sin equidad, transparencia y competitividad real, pues solo la distribución
acusa una notable distorsión, tan desproporcionada que genera el bipartidismo y el
tripartidismo (80 – 12 – y 8%) con porcentajes de: 5%, 1-4% y 1-1% de las votaciones.
Es el peso del personalismo, del caudillismo, donde la hegemonía del tiempo, de su
dilatado dominio, hace que generemos más leyes, empero, la cultura política sigue
siendo la misma. Propiciando un divorcio entre las normas y sus aplicaciones. Ahí
radica nuestra democracia imperfecta, tan defectuosa, de papel y no en la reducción de
tres centavos. La partitocracia nuestra tiene la “visión del ventorrillo quebrado”, aunque
sus actores anden en vehículos de millonarios. Como nos decía Robert Kiyosaki “El
liderazgo es poder, y una definición de poder es “la habilidad de hacer””.

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