
Pepín y el costo de enfermar en la República Dominicana
Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
5 de noviembre de 2026
Durante mi hospitalización en Cedimat, Pepín Corripio se acercó el domingo 16 de agosto 2026 hasta la puerta de mi habitación. Él también estaba ingresado. Nos reconocimos y, con esa capacidad que tiene el humor para expresar una situación entera, me dijo:
—¡Víctor, Víctor, estamos presos!
Le respondí:
—¡Pepín, pero yo estoy amarrado por el pichirrí!
Aquel intercambio dio título a un artículo que publiqué en agosto. Había pasado por una intervención cardíaca, me habían colocado cuatro stents y después llegaron complicaciones urinarias que hicieron más difícil mi permanencia en el hospital. En medio de aquellas circunstancias todavía podíamos reírnos. La amistad nos devolvía por unos minutos una parte de la vida que continuaba fuera de la habitación.
Luego el 5 de noviembre 2026, al leer la portada de Listín Diario, recordé nuevamente a Pepín. El periódico presenta una noticia de Doris Pantaleón sobre los miles de millones de pesos que los pacientes deben sacar de sus bolsillos para recibir atención médica, aun estando asegurados.
La experiencia del enfermo tiene varias dimensiones. Está el padecimiento físico, está la dependencia de decisiones ajenas y está también la incertidumbre económica. A la pregunta sobre cuándo podremos recuperar la salud se añade otra: cuánto tendremos que pagar para conseguirlo.
Según el informe técnico del doctor reseñado por el periódico, los afiliados del régimen contributivo del Seguro Familiar de Salud desembolsarían RD$24,844 millones durante 2026 por copagos y diferencias asociados a las prestaciones cubiertas y reportadas que analiza el estudio. Es la proyección de su escenario central. Los registros permiten conocer los pagos de las administradoras de riesgos de salud, pero el desembolso de los afiliados requiere estimación.
El reportaje recoge diferencias de entre 500 y 3,500 pesos por consultas, y señala que los montos pueden alcanzar miles o cientos de miles de pesos cuando se trata de procedimientos o intervenciones quirúrgicas. Para una familia, cada diferencia sale del mismo presupuesto con el que compra alimentos, paga vivienda y sostiene las demás necesidades de la casa.
Llevo cincuenta años pagando servicios de salud o seguros médicos de distintas clases. En mi artículo sobre la trampa de los seguros y el negocio de los hospitales expresé mi impresión de que antes de la reforma de la seguridad social esos servicios me funcionaban mejor. Esa experiencia personal invita a una pregunta que debe responderse con datos: ¿qué protección efectiva recibe hoy quien ha pagado durante años?
Tener un carné debería traducirse en acceso oportuno, condiciones comprensibles y una responsabilidad económica que el afiliado pueda conocer. Cuando aparecen exclusiones, autorizaciones pendientes, medicamentos fuera de cobertura o diferencias inesperadas, el enfermo debe dedicar a la administración una energía que necesita para recuperarse.
También conviene distinguir conceptos. El copago previsto en un plan y la diferencia adicional que cobra un prestador por encima de la cobertura tienen fundamentos distintos. El paciente necesita saber qué le corresponde pagar, quién estableció ese monto y cómo puede reclamar si la cuenta contiene un error. La explicación debe llegar antes de que la angustia lo obligue a aceptar cualquier condición.
El reportaje de Listín Diario recoge, además, la preocupación por el cobro de otra consulta completa cuando una persona regresa a presentar resultados. Informa que la DIDA solicitó a la SISALRIL un estudio y una propuesta al Consejo Nacional de Seguridad Social para regular las diferencias, sugiriendo como referencia un rango de RD$500 a RD$1,500 según la complejidad y la especialidad. Se trata de una propuesta, cuya discusión debe considerar tanto la protección del afiliado como la remuneración de los profesionales.
Los médicos merecen recibir un pago digno y oportuno. Los hospitales necesitan financiar personal, equipos, medicamentos e instalaciones. Las aseguradoras deben administrar recursos suficientes para responder a las enfermedades de sus afiliados. Precisamente por eso, las relaciones entre estas instituciones requieren reglas claras: sus desacuerdos económicos terminan afectando a una persona que está enferma y tiene poca capacidad para negociar.
Mi experiencia en Cedimat me hizo pensar también en otra parte del problema. La medicina puede realizar intervenciones extraordinarias, como la que recibí en el corazón, mientras la organización cotidiana exige mejoras. La gratitud por el trabajo de quienes nos atienden es compatible con pedir explicaciones, señalar dificultades y reclamar que se corrijan los errores.
En agosto escribí que el hospital no es una cárcel. Me preocupaban la coordinación entre especialistas, las indicaciones que deben llegar a quienes las ejecutan y la responsabilidad por el conjunto de la atención. Una persona hospitalizada necesita saber quién conduce su caso y por qué continúa ingresada. Su familia debería recibir información coherente, sin tener que recorrer departamentos para reconstruir lo que está ocurriendo.
Cuando aparece una complicación, la institución tiene que reconocerla, atenderla y aprender de ella. Una dificultad de comunicación puede convertirse en una demora; una demora, en sufrimiento y en días adicionales de hospitalización. La calidad de un hospital se aprecia también en su capacidad para evitar esos daños.
Después escribí sobre lo que sucede cuando la medicina deja de mirar al enfermo. La especialización permite conocer y tratar mejor nuestros órganos, pero exige que alguien conserve la visión de la persona completa. El corazón, los riñones y la vejiga pertenecen al mismo cuerpo; detrás de sus resultados clínicos hay alguien que teme, recuerda, pregunta y espera.
De ahí la importancia de explicar los procedimientos y escuchar al paciente. Comprender un tratamiento, conocer sus riesgos y discutir alternativas forma parte de la atención. Una firma apresurada difícilmente puede sustituir esa conversación. La confianza crece cuando el enfermo comprende lo que se propone y puede participar en las decisiones.
Durante aquellas semanas también regresaron a mi memoria los libros que había leído en la juventud. Escribí sobre Carlos Lohlé, Ignace Lepp y las lecturas que me habían ayudado a pensar en la condición humana. La hospitalización les dio un significado distinto. Uno descubre cuánto pueden pesar una noche de espera, una explicación pendiente o la sensación de que nadie tiene tiempo para escuchar.
La salida del hospital tampoco termina con el costo de la enfermedad. Quedan consultas, controles y medicamentos que pueden ser necesarios durante mucho tiempo. Un sistema que financia una intervención y deja al paciente sin posibilidades de sostener su tratamiento ofrece una protección incompleta. La continuidad del cuidado tiene que formar parte de la discusión sobre los seguros.
En septiembre propuse buscar ejemplos en Italia y otros países para mejorar nuestro sistema hospitalario. Italia, España, el Reino Unido, Francia y Costa Rica presentan experiencias diferentes, con dificultades propias, pero ofrecen una enseñanza útil: una atención primaria cercana y sostenida puede resolver necesidades antes de que se conviertan en emergencias.
La República Dominicana necesita fortalecer esa relación continuada entre cada ciudadano y un médico o equipo de familia. Eso supone centros que funcionen, personal disponible, expedientes accesibles, medicamentos y coordinación con los hospitales. La prevención requiere servicios concretos en los barrios y municipios. Una recomendación de acudir temprano sirve de poco si la persona encuentra una puerta cerrada o una consulta que no puede pagar.
En otro artículo defendí la seguridad, la educación y la salud como responsabilidades irrenunciables del Estado. En materia sanitaria, esa responsabilidad incluye organizar buenos servicios públicos y supervisar las condiciones en que operan los privados. El ciudadano necesita una autoridad que responda ante facturas incorrectas, negativas injustificadas y fallas de atención, y que exija cuentas también a los hospitales estatales.
Contar afiliados y anunciar inversiones son pasos insuficientes para evaluar el resultado. Hay que conocer cuánto espera el paciente, cuánto paga realmente, si consigue sus medicamentos y si puede continuar el tratamiento sin desorganizar la economía familiar. También debemos saber qué ocurre con sus reclamaciones.
La noticia de los copagos reúne en cifras una preocupación que muchos enfermos conocen de cerca. La reforma pendiente debe sentirse en la consulta, en la habitación del hospital, en la farmacia y en la casa donde una familia hace cuentas después del alta.
Vuelvo entonces a la puerta de mi habitación y a la frase de Pepín. Nuestra broma expresaba aquella dependencia temporal de horarios, tratamientos y decisiones. El humor nos ayudaba a soportarla.
La tarea de un sistema de salud es acompañar al enfermo hasta que recupere la mayor autonomía posible. Esa libertad incluye volver a caminar, reunirse con la familia y retomar la vida cotidiana. Incluye también poder seguir cuidándose sin que la factura de la enfermedad se convierta en una nueva forma de encierro.



