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Opiniones

Las tertulias del Sublime y el 1 y 5 ¡Cómo cambian las cosas, caballero!

Lic. Luis Ma. Ruiz Pou

La tertulia es una reunión de personas que se juntan habitualmente para conversar o discutir sobre cualquier tema de actualidad, normalmente acompañadas de un café.

Quienes ya somos mayorcitos recordamos que, a raíz de la caída del régimen trujillista, nos reuníamos grupos de jóvenes a discutir sobre política en la cafetería Sublime y en el 1 y 5, ubicadas en la calle El Conde. Este último nombre provino de que, con cinco centavos, comprábamos una taza de café y un cigarrillo.

En los años sesenta, cuando el país despertaba del largo letargo trujillista, las tertulias políticas eran verdaderos rituales de iniciación democrática. Nos reuníamos en esas cafeterías con un libro bajo el brazo y cinco centavos en el bolsillo, a intercambiar y discutir ideas de distintas ideologías. El café y el cigarrillo eran apenas el pretexto; lo esencial era la conversación.

La Revolución Cubana había encendido la mecha. El comunismo soviético, el maoísmo, el trotskismo, el socialcristianismo y el socialismo democrático se debatían como quien desmenuza un mapa de ruta hacia la utopía. Éramos neófitos, sí, pero apasionados. Cada tarde era una clase abierta, sin cátedra ni diploma, donde la patria se pensaba en voz alta.

Los partidos políticos nacían como expresiones de esas ideologías: el 1J4, el MPD, la UCN, el PRD, el PRSC… cada uno con su color, su sigla y su doctrina. El proselitismo era doctrinal, casi teológico. Las diferencias eran profundas, pero el debate era posible. La izquierda, entonces, era más que una postura: era una esperanza.

A mi parecer, el nombre 1 y 5 se debía a que, con cinco centavos, obteníamos un café y un cigarrillo. Pasábamos las tardes teorizando sobre distintas ideologías políticas que, con el triunfo de la Revolución Cubana, se impusieron como una moda en nuestro país. Cada uno de nosotros, neófitos en esas materias, llegaba con un libro sobre un tema específico para discutirlo sobre la mesa, mientras nos deleitábamos inhalando el humo del cigarrillo y sorbiendo el café.

Los partidos abrazaron diversas ideologías —izquierda, derecha, socialcristianismo y socialismo de centroizquierda— como plataforma política. Usaron banderas de diferentes colores para diferenciarse unos de otros, y sus marcas distintivas fueron las siglas de sus nombres.

En la transición democrática, los principales partidos fueron el Movimiento Revolucionario 14 de Junio (1J4), el Movimiento Popular Dominicano (MPD), la Unión Cívica Nacional (UCN), el Partido Revolucionario Dominicano (PRD) y el Partido Reformista Social Cristiano (PRSC). Más adelante se fundaron otros. Todos realizaban su proselitismo bajo doctrinas políticas bien definidas.

En esa época surgieron en nuestra sociedad múltiples movimientos y partidos políticos basados en distintas ideologías de izquierda. La más discutida era el comunismo de la URSS; luego, por diferencias de criterio, aparecieron los maoístas, trotskistas y otros. Movidos por sentimientos patrióticos, muchos nos alineamos con distintas corrientes de izquierda que, más adelante, degeneraron en divisiones motivadas por la ambición personal.

Hoy, las tertulias —o peñas— sobreviven, pero transformadas. Ya no hay ideologías sólidas, no se anda con un libro de política ni se debate en cafés; ahora se hace en podcasts, Twitter Spaces o grupos de WhatsApp. El cigarrillo se extinguió, el café se volvió gourmet y el libro fue reemplazado por el discurso del clientelismo. Los partidos, más pragmáticos que ideológicos, se parecen más a marcas que a movimientos.

La conversación política se ha vuelto más técnica, más polarizada y menos romántica. ¿Ganamos algo? Sí: pluralidad, acceso y velocidad. ¿Perdimos algo? También: profundidad, comunidad y ritual, porque las tertulias de antes eran trincheras de pensamiento social; las de hoy, a veces, parecen trincheras de egos.

 

Pero aún hay esperanza. Si algo nos enseñaron aquellas tardes en el 1 y 5 es que el pensamiento compartido puede ser revolucionario; que la democracia no se hereda, se conversa; y que, aunque cambien los escenarios, el café sigue siendo un buen cómplice de la reflexión. 

 

Aquella izquierda se fragmentó por ambiciones personales. En su origen fue un gesto de amor a la nación; hoy, demasiadas veces, es amor a la corrupción. ¡Cómo cambian las cosas, caballero!

 

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