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Opiniones

La corrupción es hija de la indulgencia

Durante siglos, la indulgencia ha sido símbolo de perdón. En la tradición religiosa, representa la remisión de la pena temporal por pecados ya absueltos. En la práctica jurídica, se traduce en el indulto: una gracia concedida por el poder político que libera al condenado de cumplir su sentencia. Pero cuando el perdón se convierte en costumbre, y la clemencia en moneda de cambio, nace un vicio más profundo: la corrupción.

En la religión, la indulgencia es el perdón de la pena por pecados ya confesados. En la política, el indulto es su versión secular: una gracia que borra condenas, muchas veces sin justicia ni arrepentimiento. En ambos casos, el mensaje es el mismo: puedes fallar, puedes dañar, y aun así ser absuelto. Pero cuando este perdón se otorga sin consecuencias, sin verdad, sin reparación, lo que se perdona no es el error: es el crimen.

La corrupción no nace sola. Se cría en el silencio, se alimenta de la impunidad y se viste con el traje del perdón. Durante años, hemos visto cómo quienes roban al Estado terminan libres, premiados o incluso reelegidos. ¿Por qué? Porque la indulgencia—esa costumbre de perdonar sin reparar—se ha convertido en aliada del poder.

La corrupción no es simplemente el robo de fondos públicos. Es el desmantelamiento silencioso de la ética institucional. Según definiciones comunes, implica el uso indebido de poder conferido para obtener beneficios personales, violando la ley y los principios morales. Pero esa definición técnica no alcanza a describir su verdadero daño: la corrupción es el despojo de los más vulnerables, el sabotaje del bien común, el cáncer que carcome la confianza ciudadana.

Y lo más grave: la corrupción se alimenta de la indulgencia. Cuando los corruptos saben que serán perdonados, cuando los indultos se otorgan por conveniencia política o por vínculos personales, el delito deja de ser excepción y se convierte en estrategia. Así, la indulgencia deja de ser virtud y se transforma en cómplice de corruptos.

En el ámbito político, esta lógica se vuelve aún más perversa. Las campañas electorales requieren dinero, mucho dinero. Y en esa carrera por el poder, pocos se detienen a preguntar de dónde provienen los fondos. Lo importante es ganar. El medio se justifica por el fin. Y el fin, casi siempre, es la presidencia. En ese contexto, los corruptores encuentran terreno fértil: financian, negocian, prometen. Y cuando llega la hora de rendir cuentas, se les premia con contratos, cargos o, peor aún, con impunidad.

El primer acto de corrupción no se escribió en una cuenta bancaria, sino en un pergamino eclesiástico. La indulgencia, esa transacción espiritual que prometía redención a cambio de monedas, fue el ensayo general de una lógica que aún nos gobierna: la de convertir lo sagrado en mercancía, lo justo en privilegio, lo común en botín.

Kofi Annan lo dijo sin rodeos: “Por cada dólar que se lleva la corrupción, le quita la leche a un niño tísico.” No es una metáfora. Es una radiografía social. Cada acto de corrupción tiene rostro, tiene víctima. No es un desvío contable, es una vida truncada.

La corrupción no es un fenómeno técnico. Es una forma de violencia invisible, pero letal. Se disfraza de trámite, de omisión, de firma. Pero su impacto se mide en estómagos vacíos, en hospitales sin insumos, en escuelas sin maestros.

La Convención de las Naciones Unidas contra la Corrupción, impulsada por Annan en 2003, sigue vigente. Pero su fuerza depende de la voluntad política de los Estados y de la vigilancia activa de la ciudadanía. No basta con leyes. Se necesita cultura ética, memoria histórica y coraje cívico; porque la indulgencia sin justicia es complicidad. Y la corrupción sin castigo es política. Si queremos reconstruir la confianza, debemos romper el ciclo. No más perdón sin reparación. No más indultos sin verdad. No más indulgencia para los que roban el futuro.

Hoy, como ayer, se venden indulgencias. No en templos, sino en oficinas públicas. No para salvar almas, sino para blindar privilegios. ¿Cuántas vidas cuesta tu silencio frente a la corrupción por indulgencia?

Lic. Luis Ma. Ruiz Pou

luisruiz@gmail.com

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