
Los fenómenos de la naturaleza, ¡cuántas lecciones!
Por Venecia Joaquín
Los terremotos siguen sacudiendo diferentes partes del mundo;
llueven los análisis científicos, explicando sus orígenes. La naturaleza
en sí, tierra, arboles, lluvia, mares, nieve, montaña, brisas, etc.., pone
a suspirar, a soñar, da paz, pero cuando se enoja, sale de lo normal,
asusta, es un llamado a la reflexión. Confieso que siento temor y
respeto por esos fenómenos anormales de la naturaleza, como los
volcanes en erupción, huracanes, terremotos, etc., traen muchas
lecciones, invitan a la meditación. Personas que se consideran
poderosas y blindadas, se sobrecogen ante ellos; no creo que lo
hagan por temor a perder bienes materiales; hay otros miedos ocultos
que se resisten a reconocer. Cuando la naturaleza truena, sacude,
abofetea, es una forma de ponernos a pensar en cosas que
trascienden lo material, señalan el alma, el espíritu; recuerdan que la
materia es pasajera, termina.
Creo en la existencia de una fuerza superior que persigue hacernos
mejores y enseñarnos a vivir en paz. Pienso que esos fenómenos que
ocurren “hamaqueando” personas de todas las clases sociales,
destruyendo comunidades, viviendas, hoteles, iglesias, produciendo
dolor en ricos y pobres, parecen decirnos que todos los seres
humanos tenemos cuerpo y alma, los mismos derechos y deberes;
que estamos expuestos a la misma fuerza de la naturaleza, que la
materia se traga la materia, la transforma y destruye; que hoy
podemos tener dinero, mansiones, yates, joyas y mañana amanecer
sin nada. La lección es que el gran tesoro, el que nadie te puede
quitar, lo puede llevar dentro de ti; es la paz espiritual que produce el
respetar y compartir, con los demás.
Indiscutiblemente, la riqueza no es cuanto tengo, materialmente
hablando, sino que tan tranquila esta mi conciencia, que tan preparada
estoy para tener pérdidas materiales y mantenerme firme y serena
ante la inesperada prueba. Los fenómenos de la naturaleza son para
reflexionar, no para contar el susto y la perdida; el “sacudión”, no es
para seguir actuando de la misma manera. Es cruel que, tras un
terremoto, veamos personas hambrientas y sigamos actuando con
indiferencia; que se destruyan hogares y no ayudemos a
reconstruirlos; que, habiendo miseria por doquier, no se detenga la
ambición de acumular poder y riqueza, no se busque la justicia social.
Las señales son para evaluarnos, son pellizcos para despertar.
Dios envió a Jesús, su único hijo, para salvar la humanidad; sus
lecciones comenzaron al nacer en un pesebre, en vivir humilde, en
promover la paz; de seguro que llora al ver que no aprendimos sus
enseñanzas adecuadamente; con frecuencia, actuamos con egoísmo
sin pensar en el prójimo. En los fenómenos anormales de la
naturaleza, debemos buscar sus enseñanzas; hay montañas de
lecciones, para que le demos prioridad a la tranquilidad espiritual por
encima de lo material; pero suelen ser evadidas, especialmente, por
quienes no tienen el coraje de enfrentarlas y ocultan sus debilidades y
vacíos, poniendo murallas materiales, con el poder del dinero; se
dedican a acumularlo y exhibirlo sin importarle abofetear los
hambrientos. Esos ambiciosos, acomplejados, dan pena, se olvidan de
Dios, de que la vida es una y termina, y de que el verdadero paraíso
es vivir en paz, compartiendo, lo poco o mucho que tenemos, con los
demás.



