- Publicidad -
Opiniones

El poder también enferma

Por Edwin DeLaCruz

edwindelacruzr@gmail.com

 

No es el poder lo que corrompe; es la manera en que decidimos ejercerlo. Lo que verdaderamente transforma a una persona es la forma en que decide ejercerlo.

 

A lo largo de la historia, líderes políticos, empresariales, religiosos, gremiales y hasta personas con autoridad en la familia o la comunidad han sucumbido a lo que la psicología conoce como síndrome de Hubris.

 

El neurólogo británico David Owen y el psiquiatra Jonathan Davidson lo describen como un cambio adquirido de la personalidad asociado al ejercicio prolongado del poder, caracterizado por la arrogancia, la sensación de omnipotencia y la pérdida de contacto con la realidad.

 

Según Owen, quienes desarrollan este síndrome terminan convencidos de que siempre tienen la razón. Dejan de escuchar, desprecian las opiniones distintas y convierten la crítica en una amenaza. Entonces, el liderazgo se transforma en imposición y la autoridad en soberbia.

 

Aunque el concepto surgió del estudio de jefes de Estado, el síndrome de Hubris puede manifestarse allí donde una persona acumula poder sin contrapesos.

 

Puede aparecer en la política, en el liderazgo sindical, en las empresas, las iglesias, las organizaciones sociales, las instituciones públicas e incluso en el ámbito familiar. Ningún espacio de autoridad está exento del riesgo de que el ego termine sustituyendo al servicio.

 

Las consecuencias son evidentes. Donde desaparece el diálogo, las instituciones se debilitan, los equipos dejan de innovar, las familias se fracturan y las sociedades retroceden. El aislamiento lleva a perder contacto con la realidad y, con ello, aumenta la posibilidad de cometer errores graves creyéndose infalible.

 

Muchos de los grandes fracasos han comenzado con una misma convicción: pensar que el poder convierte a una persona en dueña absoluta de la verdad.

 

Por eso, la humildad no es solo una virtud; es una necesidad para el liderazgo. Un buen líder escucha, rectifica y reconoce sus límites. La autoridad auténtica no se sostiene en el ego, sino en la capacidad de inspirar confianza y poner el bien común por encima del interés personal.

 

Al final, toda autoridad es pasajera. Lo único que permanece es la forma en que tratamos a las personas mientras la ejercimos.

 

El poder verdadero no engrandece al que lo tiene, sino a quien sabe cómo usarlo.

 

Sobre el autor

 

Edwin de la Cruz es periodista y abogado con una trayectoria dedicada a la comunicación y la promoción de la justicia social. Su trabajo combina la cobertura informativa con un profundo compromiso con los derechos humanos y la defensa de la dignidad de las personas.

 

A lo largo de su carrera, Edwin ha mostrado un alto interés en la lucha por los derechos laborales y en visibilizar las causas sociales que fortalecen la equidad y la protección de los más vulnerables. Su enfoque periodístico busca generar conciencia, fomentar el respeto y promover un diálogo ético en torno a temas de relevancia social y humana.

Visited 1 times, 1 visit(s) today
- Publicidad -

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Mira también
Cerrar
Botón volver arriba

Estas usando un bloqueador de anuncios!

Desactiva tu bloqueador de anuncios para poder leer nuestras informaciones. Gracias de antemano!