
¿Democracia o jugar con fuego?
Hace algunos días, entre amigos, conversábamos sobre la democracia. Compartimos un abanico de pareceres: desde quien la considera perdida hasta quien insiste en que debemos preservarla y mejorarla. Entre posiciones tan distintas surgió una pregunta clave: ¿sigue sirviendo la democracia?
La conversación concluyó con un reto: determinar qué condiciones culturales, tecnológicas e institucionales necesitamos para que funcione. Porque la democracia no se sostiene únicamente con elecciones. Requiere ciudadanía informada, liderazgos competentes, instituciones capaces de responder y límites claros frente a quienes pretenden convertir el apoyo popular en poder absoluto.
Vivimos una época en la que cualquiera afirma, muchos creen y otros replican sin comprobar. A ello se suma gente que se ha tomado “muy a pecho” el derecho a elegir y ser elegido. Pero aspirar, aunque es legítimo, no convierte a cualquiera en opción competente.
Por eso, el problema no es que desde cómicos hasta “influencers” entren en política. La procedencia profesional no determina la capacidad para gobernar. El problema aparece cuando la fama sustituye a la preparación, el conocimiento institucional, la integridad y los equipos competentes. Una candidatura se construye con visibilidad, pero gobernar exige mucho más.
La discusión no es nueva. La tradición socrático-platónica plantea una pregunta incómoda: ¿basta con tener derecho a decidir y gobernar, o se necesitan conocimientos, virtudes y capacidades para ejercer responsablemente el poder? Veinticinco siglos después, la interrogante conserva vigencia, especialmente cuando la opinión desinformada encuentra en la estridencia una aliada.
Jugando con fuego
Lo lamentable es que muchos autodenominados demócratas no parecen advertir que estamos jugando con fuego. Cuando la democracia se debilita, la gente se cansa, deja de creer y busca respuestas en quienes prometen rapidez, orden y autoridad, aunque para ofrecerlos desprecien las reglas que protegen a todos.
En República Dominicana, como en gran parte de América Latina y el Caribe, muchas personas prefieren la democracia, pero sienten que no resuelve problemas como inseguridad, empleos precarios, servicios deficientes y miedo al futuro.
El PNUD acaba de informar que el 57% de la población caribeña considera la democracia como la mejor forma de gobierno, pero solo el 32% está satisfecha con su funcionamiento. La ciudadanía espera seguridad, oportunidades, escuelas, hospitales y autoridades que cumplan. Entonces, cuando los resultados no llegan, la confianza se rompe y crece el enojo.
En ese caldo de cultivo aparecen los llamados “outsiders”. Se presentan como ajenos a la política tradicional y prometen arreglarlo todo con voluntad, carácter y mano dura. Y no es que un liderazgo externo a los partidos sea necesariamente negativo; renovar figuras y prácticas puede ser saludable. El peligro surge cuando alguien usa el cansancio ciudadano para despreciar las leyes, silenciar voces críticas o gobernar sin controles.
¿Se montará RD en esa ola?
La posibilidad de que República Dominicana se monte en esa ola encuentra un aliado poderoso en la comunicación algorítmica. Recordemos que las redes no muestran primero lo más cierto ni útil, sino aquello que consigue mantenernos reaccionando y compartiendo. Por eso, el miedo, la rabia y el escándalo viajan con tanta rapidez.
Aunque mucha gente “lo tome a chercha”, se trata de un problema serio. Una mentira repetida puede parecer verdad. Un video recortado puede incendiar una comunidad. Una cuenta falsa se presta para cualquier cosa. Y eso abre las puertas para que gane quien grite más fuerte, no quien presente mejores razones ni soluciones responsables.
El problema tampoco termina ahí. Cuando el crimen organizado se infiltra en los poderes del Estado, distorsiona las prioridades públicas, debilita la persecución del delito y desvía capacidades que deberían proteger a la población. La mala política se convierte en sufrimiento concreto: más violencia, menos oportunidades y servicios públicos cada vez peores.
Estamos a tiempo. Mejorar la democracia exige partidos abiertos y rigurosos al escoger candidaturas, educación cívica, alfabetización mediática, instituciones independientes y políticas públicas capaces de producir resultados. Sin una democracia de calidad, los jóvenes tendrán menos oportunidades para estudiar, emprender, participar y construir proyectos de vida. Defender la que tenemos no significa conformarnos con ella; significa mejorarla antes de que la frustración sea utilizada para desmontarla. La pregunta es inevitable: ¿fortaleceremos nuestra democracia o seguiremos jugando con fuego?



