
Trump y su lógica impredecible como estrategia de comunicación permanente
La imprevisibilidad de Trump constituye una estrategia deliberada y refleja su particular forma de ejercer el poder, mediante una hipercomunicación que mantiene al mundo reaccionando, interpretando y debatiendo permanentemente en torno a su figura.
POR RAFAEL MÉNDEZ
NOTA DEL AUTOR: Este artículo forma parte de una serie de tres Estudios de Caso sobre comunicación presidencial permanente, continua con esta entrega sobre Donald Trump, expresión extrema de la personalización y la hipercomunicación, y concluirá con Andrés Manuel López Obrador, quien desde las antípodas convirtió durante seis años sus conferencias mañaneras en un instrumento sistemático para disputar y conservar el control de la narrativa pública.
TESIS: Trump no necesita que todos crean lo que dice; necesita que nadie pueda permitirse ignorar lo que dice. Ahí descansa buena parte de la eficacia de su hipercomunicación: una imprevisibilidad deliberada, estrechamente vinculada a su manera personalista de ejercer el poder, que obliga a gobiernos, aliados, adversarios, mercados y medios a interpretar constantemente sus palabras y tratar de anticipar cuál será su próximo movimiento.
El presidente Donald Trump representa la expresión más extrema de la personalización de la comunicación presidencial permanente, porque desde su primer mandato convirtió su palabra y sus redes sociales en una extensión directa de la Casa Blanca, desplazando frecuentemente a portavoces y asesores, mientras declaraciones oficiales, amenazas, opiniones personales, ataques contra adversarios y decisiones de Estado terminan integrándose dentro de un mismo torrente comunicacional.
Su gran fortaleza consiste precisamente en comunicarse sin intermediarios, dominar la conversación pública y obligar a adversarios, aliados, gobiernos y medios a reaccionar frente a los temas que coloca sobre la mesa, pero esa capacidad contiene también su mayor elemento perturbador, porque muchas veces desaparece la frontera entre la palabra institucional del presidente y la reacción personal del dirigente político.
Trump no solamente comunica de manera permanente, sino que introduce deliberada o espontáneamente un componente adicional: la dificultad de anticipar cuál será su próximo movimiento, una lógica impredecible que puede cambiar de tono, táctica, prioridad o respuesta según las circunstancias y que, aun cuando responda a determinada racionalidad interna, posee capacidad para dislocar escenarios y obligar a los demás actores a reajustar continuamente sus posiciones.
La imprevisibilidad como instrumento de poder
Esa conducta remite inevitablemente a la denominada “Teoría del Loco”, asociada históricamente con Richard Nixon, quien durante la guerra de Vietnam procuró proyectar ante sus adversarios la imagen de un presidente capaz de adoptar decisiones desproporcionadas, buscando que el temor frente a una posible reacción irracional otorgara credibilidad a amenazas que bajo la lógica diplomática convencional podían parecer poco probables.
La comparación con Trump no resulta caprichosa, porque estudios contemporáneos sobre política exterior han encontrado importantes paralelismos entre ambos mandatarios en la utilización de la imprevisibilidad como instrumento de negociación, aunque establecer una equivalencia absoluta sería arriesgado, pues en Nixon existía evidencia de una construcción deliberada de aquella imagen, mientras alrededor de Trump permanece abierta la discusión acerca de cuánto corresponde al cálculo y cuánto a su propia personalidad política.
Lo importante para este estudio no consiste en determinar si Trump aplica conscientemente una doctrina concebida hace más de medio siglo, sino observar cómo su hipercomunicación produce un efecto semejante: adversarios y aliados deben conceder importancia incluso a declaraciones aparentemente desmesuradas porque no pueden descartar totalmente que terminen convirtiéndose en decisiones presidenciales.
De ahí que amenazas arancelarias, disputas con gobiernos considerados aliados, anuncios territoriales, cambios abruptos frente a determinados dirigentes y decisiones que contradicen posiciones asumidas anteriormente produzcan una suerte de estado de alerta permanente, donde cada declaración obliga a gobiernos, mercados, diplomáticos y medios a preguntarse cuándo existe de amenaza, cuánto de instrumento negociador y cuándo terminará transformándose realmente en política de Estado.
Cuando el presidente se convierte en la narrativa
Ahí aparece una diferencia fundamental entre controlar la agenda y construir una narrativa institucional, porque Trump posee una extraordinaria capacidad para conseguir lo primero, pero su comunicación gira fundamentalmente alrededor de su personalidad, sus decisiones, confrontaciones, amenazas y rectificaciones, hasta el punto de que muchas veces la noticia principal no es exactamente lo que hace el Gobierno de Estados Unidos, sino lo que Trump dijo, escribió, amenazó o insinuó que podría hacer.
La hipercomunicación le proporciona así una ventaja política considerable, porque dificulta que adversarios o medios establezcan durante mucho tiempo una agenda independiente de la suya y mantiene permanentemente movilizada a su base, pero simultáneamente introduce incertidumbre incluso entre quienes necesitan interpretar sus palabras para tomar decisiones económicas, diplomáticas o estratégicas.
Por eso resultaría simplificador definir esta conducta exclusivamente como errática, de la misma manera que sería exagerado atribuir cada giro inesperado a una estrategia cuidadosamente diseñada, pues precisamente la singularidad del modelo Trump radica en que cálculo, personalidad, espectáculo, negociación e improvisación pueden coexistir dentro de una misma secuencia comunicacional y hacer extraordinariamente difícil determinar dónde comienza uno y termina el otro.
Más que construir una narrativa de Estado, Trump termina construyendo una narrativa alrededor del propio Trump, convirtiéndose simultáneamente en presidente, vocero, protagonista y principal productor cotidiano de acontecimientos políticos, mientras su hipercomunicación hace de la incertidumbre una presencia constante y de la lógica impredecible una característica capaz de otorgarle ventajas tácticas, pero también de generar turbulencias que ni siquiera quienes participan de su propio Gobierno siempre pueden anticipar.
A manera de conclusión
1.-La imprevisibilidad de Trump puede entenderse como una estrategia deliberada y, al mismo tiempo, como expresión de su particular manera de ejercer el poder, donde la hipercomunicación, la personalización y la incertidumbre se combinan para mantener a aliados, adversarios, mercados y medios en permanente estado de reacción.
2.-Eso no significa que cada giro, amenaza o contradicción responda necesariamente a un cálculo infalible, porque también intervienen la intuición, la improvisación y las circunstancias, y una decisión deliberada puede igualmente resultar errada o fracasar. La estrategia no elimina el riesgo ni convierte cada movimiento en acierto.
3.-La llamada «Teoría del Loco», por tanto, no obliga a concluir que Trump actúe irracionalmente, sino que puede utilizar la imprevisibilidad como recurso de presión y dislocación. En definitiva, Trump no necesita que todos crean lo que dice; necesita que nadie pueda permitirse ignorar lo que dice.



