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Opiniones

Retaliación y venganza: Síntesis de un ciclo político dominicano

Desde inicios de los años 80, la República Dominicana ha sido testigo de un patrón que se repite con cada cambio de gobierno: la elaboración de expedientes penales contra funcionarios salientes, especialmente bajo acusaciones de corrupción. En cada transición de gobierno es invariablemente seguida por el inicio de procesos penales contra funcionarios salientes, bajo acusaciones de corrupción. Este fenómeno que, en su origen podría entenderse como un ejercicio de justicia, ha ido convirtiéndose en una moda institucionalizada, donde los nuevos gobernantes, encuentran en la “retaliación” y la “venganza” un mecanismo de legitimación política.

La retaliación se define como una respuesta o reacción a una agresión o daño, y puede considerarse legal o justificada dependiendo del contexto. La venganza, en cambio, es una acción impulsada por el resentimiento personal. Ambas, sin embargo, suelen llevar consigo una carga negativa, rozando la ilegalidad o la irracionalidad cuando son usadas como herramienta de poder.

Exclusión y vigilancia del PLD y PRD: Un poco d memoria.

Durante los gobiernos de Balaguer (1966–1978), tanto a Bosch como sus partidos fueron objeto de espionaje político, sabotajes, exclusión por fraude electoral y represión. Para desacreditar al PRD, en 1975, tras el asesinato del periodista Orlando Martínez. Iniciaron una investigación en la que se detuvo a varios dirigentes del Partido Revolucionario Dominicano (PRD), entre ellos, Diomedes Mer cedes, Melvin Mañón y José Rafael Luna (Cheche Luna), quienes fueron vinculados al crimen en ese momento y luego liberado por un acto de no a lugar.

 

Balaguer, la astucia del oportunismo ideológico

Balaguer, hábil en el ajedrez político, supo aprovechar las divisiones ideológicas entre figuras clave de la oposición. Muestra evidente fue cuando capitalizó la diferencia entre el profesor Juan Bosch y Orlando Martínez. Este último, desde su columna Por el ojo de la cerradura, respaldó públicamente la postura de Peña Gómez frente a Bosch, insinuando incluso que «el discípulo había superado al maestro». Tal afirmación no solo representó una traición simbólica, sino que avivó tensiones ideológicas tanto dentro de la izquierda como entre el reformismo emergente.

El periodista Julio César Martínez, del periódico Renovación de Santiago, se sumó a la controversia con una crítica mordaz que ha quedado registrada en la memoria política: “¿Recuerdas, Juan, que tú no eres bachiller?”. Aunque aparentemente trivial, la frase llevaba un tono despectivo, cargado de elitismo, que reflejaba una crítica velada al liderazgo de Bosch y a la distancia entre su discurso ideológico y su legitimidad intelectual para ciertos sectores.

Estos roces ideológicos y personales abrieron una brecha que Balaguer supo aprovechar y manipular con destreza las divisiones que, más adelante sufrió el PRD. En lugar de confrontarlos directamente, sembró dudas, alimentó desconfianzas y consolidó su poder en medio del fuego cruzado de sus adversarios. Como in intrigante, Balaguer apeló al principio de; “Divide y vencerás”

En 1978, Joaquín Balaguer entregó la banda presidencial a Antonio Guzmán, del PRD, tras doce años de gobierno. Durante su discurso de toma de posesión, Guzmán no titubeó en acusarlo públicamente de haber gobernado bajo un régimen de corrupción, persecución política y crímenes de Estado. Balaguer, astuto como siempre, escuchó en silencio, pero no olvidó.

Cuando en 1986 volvió al poder, Balaguer inició una serie de acciones legales que, más que justicia, parecían una venganza bien calculada. Salvador Jorge Blanco, expresidente y miembro del PRD, fue sometido a la justicia por supuesta corrupción administrativa, específicamente por compras sobrevaluadas de raciones alimenticias para las Fuerzas Armadas. Fue apresado. El expediente lucía más político que judicial.

En 1996, Balaguer entrega el poder a Leonel Fernández, del PLD, otro histórico opositor al reformismo. No pasó mucho tiempo antes de que se iniciaran procesos judiciales contra exfuncionarios del pasado gobierno. Federico Antún Abud, exadministrador de la Lotería Nacional, fue involucrado en un escándalo de manipulación de sorteos, junto a un coronel y un ciudadano haitiano. También fue reactivado el caso del profesor Narciso González (Narcisazo).

Del PLD al PRM: una nueva temporada del mismo guion

En el año 2000, Hipólito Mejía (PRD) sucedió a Leonel Fernández y, aunque hubo señalamientos, no se produjeron grandes persecuciones judiciales. Pero el PLD retomó el poder en 2004; en su tercer ciclo, con Danilo Medina como presidente (2012–2020), se concentraron múltiples denuncias de corrupción, desde sobrevaluaciones en obras públicas hasta el escándalo de Odebrecht, que afectó a funcionarios de varios partidos.

Sin embargo, la retaliación institucional tomó nuevas dimensiones tras la llegada de Luis Abinader y el PRM en 2020. Su gobierno promovió un ministerio público independiente, pero las investigaciones y arrestos masivos de exfuncionarios del PLD, incluyendo hermanos del expresidente Medina, han sido interpretadas por muchos como el clímax de un ciclo de retaliación política más sofisticado, con ropaje jurídico.

Casos como “Operación Anti pulpo, Coral, Medusa y Calamar” han sacudido los cimientos del PLD, afectando a figuras clave como Jean Alain Rodríguez, Donald Guerrero y Gonzalo Castillo. Desde el PLD se acusó al gobierno de usar la justicia para destruir a la oposición. El gobierno aseguro que simplemente se están limpiando las instituciones.

¿Justicia real o espectáculo punitivo?

Lo preocupante no es solo la instrumentalización de la justicia, sino que este ciclo se ha vuelto predecible: el que sale, es perseguido; el que entra, persigue. Se juzga más por afiliación política que por pruebas sólidas. Esto erosiona la credibilidad institucional y convierte la lucha contra la corrupción en un teatro de sombras.

¿Es esta la democracia a la que aspiramos? ¿Un país donde la justicia se aplica según quien tenga el poder? El reto es construir instituciones que no dependan del partido de turno, sino de leyes firmes, fiscales autónomos y jueces que no teman ni deban favores. Este ciclo de retaliación y venganza no solo marca nuestra historia reciente, sino que amenaza con repetirse indefinidamente. ¿Estamos frente a una cultura política que usa la justicia como arma de revancha? ¿O realmente estamos presenciando una depuración legítima del sistema?

Sea cual fuere la respuesta, lo cierto es que la línea entre justicia y venganza es delgada. Y en nuestra historia reciente, ha sido cruzada demasiadas veces. Mientras no rompamos este ciclo de retaliaciones y venganzas travestidas de justicia, seguiremos siendo rehenes de la historia que no termina de pasar.

Luis Ma. Ruiz Pou

luisruiz47@gmail.com

06/08/2025

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