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Opiniones

El Estado como prójimo: Misericordia frente al contrato social

Por: Luis Ma. Ruiz Pou

“Hacer justicia significa reconocer cuándo el sistema ha dejado de ser justo”-Anónimo-.

Desde Hobbes hasta Rousseau, el contrato social ha sido el pacto fundacional que legitima al Estado: los ciudadanos ceden parte de su libertad a cambio de protección, justicia y dignidad. Pero ¿qué ocurre cuando el Estado, lejos de proteger, abandona, violenta o explota? ¿Qué pasa cuando el prójimo no es el necesitado, sino el poderoso que se niega a ayudar?

Benjamín Darío E. Cordero, en su artículo “¿Quién es el prójimo?” (El Nacional, 1993), nos recuerda que esta figura no es simplemente el que sufre, sino el que socorre. El prójimo es el que se detiene en el camino, como el samaritano, y cura las heridas del otro. No es el sacerdote que pasa de largo, ni el filósofo que ama la sabiduría, pero no al ser humano. Es el que actúa con misericordia.

La expresión “amarás a tu prójimo como a ti mismo” se repite con facilidad, casi como frase de cajón. Cordero citó las palabras del emperador romano Adriano que, consideraba: ¨el pobre solo tiene amor para sí mismo; el rico nunca amaría al pobre como a sí mismo; y el filósofo, que solo ama la sabiduría, tampoco se ama a sí mismo¨. ¿Porque hago referencia de este artículo? Porque considero que, el “prójimo” tiene el deber de cumplir los principios del “contrato social”. 

Como se observa, el emperador Adriano lo dijo con crudeza: “El rico nunca amaría al pobre como a sí mismo”. Pero Jesús invirtió la lógica: el prójimo no es el que necesita ayuda, sino el que la ofrece. Lamentablemente, la obligación del contrato social no está siendo ejecutada por los gobernantes, no, es por los empresarios que no aman a la clase más necesitadas; todo lo contrario, se nutren de ellas.

¿Y si el Estado fuera ese prójimo?

El Estado, como institución, no puede amar. Pero sus gobernantes sí pueden actuar con compasión, justicia y responsabilidad. Cuando no lo hacen —cuando se alían con intereses empresariales que se nutren de la pobreza, cuando ignoran al herido en el camino— rompen el contrato social. Y al romperlo, pierden legitimidad.

El contrato social exige misericordia

Hoy, más que nunca, necesitamos que el Estado se reconozca como prójimo: que mire al ciudadano no como súbdito, sino como hermano. Que entienda que gobernar es ejercer misericordia institucional. Que el presupuesto no sea una herramienta de poder, sino de cuidado. Que la ley no sea un escudo para el privilegio, sino un bálsamo para la herida. Cuando un gobierno no cumple estos compromisos —por corrupción, abuso, violencia o incompetencia— rompe el contrato social, pierde legitimidad.

Porque cuando el Estado deja de ser prójimo, el pueblo tiene derecho —y deber— de exigir un nuevo pacto. En ese sentido, el Estado está llamado a ser el prójimo del pueblo. No basta con administrar. Hay que cuidar. No basta con gobernar. Hay que sanar.

Cuando el Estado no es prójimo, es cómplice

Un gobierno que no se detiene ante el herido, que no cura las heridas del pueblo, que pasa de largo mientras la injusticia sangra en las cunetas de la historia, no es neutral: es culpable. No basta con no hacer daño; el Estado que no ayuda, abandona. Y el que abandona, traiciona el contrato social. Necesitamos gobernantes que entiendan que ser prójimo no es una opción moral, sino una obligación política.

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