
ABINADER Y TRUMP
Por Narciso Isa Conde
Donald Trump es la punta de lanza instrumentalizada neofascista del imperio estadounidense en fase de decadencia híper-agresiva, híper-violenta.
Trump y su movimiento de la nueva derecha conservadora, MAGA, son expresiones de una de las facciones políticas estadounidenses dependientes o asociadas a sus pervertidas elites capitalistas.
Precisamente, Donald Trump es hoy la punta del iceberg de la facción de la oligarquía capitalista que en EEUU decidió ingresar a la llamada clase política criticando la degradación de su desacreditado establecimiento tradicional; asaltando y controlando a la vez -a base de papeletazos sucios, medias verdades y mentiras- la partidocracia republicana y gran parte del electorado propio del sistema bipartidista de esa súper potencia.
Generalmente ese rol -por los asuntos sucios a que obliga una brutal resistencia a la inexorable caída imperial- recae en individualidades en extremo egocéntricas, insertadas en una de las variantes de la sociopatía política.
Recae concretamente sobre la encumbrada membresía del perverso Club Epstein.
Es un tema el de las aberraciones derivadas de la perversión del poder.
En fin, nada que extrañar, lo propio de la putrefacción de las monarquías del gran capital, a imagen y semejanza de lo acontecido en las monarquías feudales que prometieron conjurar.
Cuestiones medulares de procesos degenerativos de plutocracias disfrazadas de democracia, combinadas con elites partidocracias corrompidas, en las que el poder ilimitado del dinero y las ínfulas de principales banales, se mezclan de manera explosiva con nuevas modalidades de fascismo.
Que Trump y sus compinches, procuren recuperar a sangre y fuego su deteriorado dominio es propio de la esencia de su poder, ya degradado y decadente.
Ningún imperio sede voluntariamente su hegemonía.
Sus protagonistas y beneficiarios se aferran a su imposición por la fuerza, desplegando a la vez todas sus capacidades perversas.
Eso está determinado por los espurios intereses que mueven su accionar.
Esa es su razón de ser, que no ha tardado en estrellarse y estallar en los muros de la fortaleza sitiada de una Cuba o un Irán con madera de patrimonio de la humanidad.
Lo injustificable es plegarse dócilmente a sus nefastos designios.
Es servirles a los afanes hegemónicos del régimen de Donald Trump y del poder profundo de su imperio en brutal declive.
Y precisamente es eso lo que han hecho gobernantes conservadores y entreguistas del continente y del planeta, totalmente subordinados a la estrategia de seguridad nacional de EEUU y a las acciones mundiales de su gobierno neofascista.
En el caso señero y penoso del presidente Luis Adolfo Abinader Corona:
-Exhibiendo como el que más su condición de gobernador de la nueva recolonización de nuestra isla y de la región latino-caribeña.
Respaldado medidas patrocinadas por EEUU en Haití.
-Silente frente al mundo ante el estrangulamiento de Cuba
-Construyendo el muro fronterizo y auspiciado la intervención militar del Comando Sur del Pentágono y del MOSSAD israelí en la frontera dominicana-haitiana y en el Puerto Atlántico de Manzanillo.
-Asociándose a todos los gobiernos neofascistas y ultraconservadores de la región e interviniendo a favor de las operaciones desestabilizadoras de la soberanía venezolana, con intensas complicidades en conspiraciones para imponer a Guaidó, María Corina Machado y González Urrutia.
-Cediendo la Base Militar de San isidro y el Aeropuerto de Las Américas a la fuerza aérea estadounidense como plataforma de la reciente agresión militar a Venezuela y del secuestro del Presidente Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores.
-Entregando la exploración de las tierras raras y el oro, la plata, el níquel y el cobalto a las transnacionales norteamericanas.
-Respaldando a Zelensky, el genocidio palestino y la guerra de EEUU e Israel contra Irán y la resistencia islámica.
Todo esto atado al palo podrido de un imperio decadente y genocida, y de espalda al Sur Global e insumiso y al nuevo orden mundial en gestación.
En un escenario de múltiples mentiras en el que lo trágico se mezcla con lo ridículo y la vergüenza ajena brota en cascada por los poros de la maldad estructurada.
Y es por eso que Trump y sus cortesanos, aún empapados en sangre y pus, lucen mucho más felices que sus fieles lacayos.
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