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Nene Ureña: una víctima de su tiempo

Ser un hombre nacido en el campo, rodeado de sol y sombra y con una mente sobria con la decisión de ponerla al servicio de sus aspiraciones, es un delito. A veces, irredimible.

Irredimible, porque el mundo está construido sobre una alfombra de competencias que suele llegar a lo irracional. Porque los intereses materiales son así, realmente irracionales.

Tengo que hablar así, porque la muerte de José Ureña, empresario surgido de las lomas y dispuesto a ser sólo eso, como meta definitiva, fue empresario colándose en las redes del comercio y la infernal competencia de los intereses económicos y materiales, un mundo en el que hay que morir peleando con la ilusión de algún día terminar como un campeón. Muchas veces, sabiendo que será un pleito desigual, si no se tienen las agallas de la ambición desmedida que muchas veces se lleva en la sangre opulenta y engreída.

Nene Ureña no era de esa estirpe.

Por eso tuvo que sufrir la embestida de los obsesos a quienes se les puso fácil en la estepa inhóspita construida sólo para ellos, zambullir a ese hombre de trabajo que no debía ser un próspero hombre de trabajo, surgiendo de un almacén o de un colmado grande, para saltar a banquero.

¿Banquero? ¡Jesús, banquero!

Un banquero es alguien nacido para tener ganancias sin tener que trabajar con capital propio. Lo ponen otros. Puro materialismo.

Cuando me subió al peldaño altísimo que significa para un periodista dirigir un gran periódico nacional como lo fue El Siglo, aprendí con él, que nada es nada. Y en sus últimos días era satisfacción suya y del Directorio del Banco del Comercio, decir que su periódico siempre lo dirigieron hombres serios y honestos. Cuando eso, ya Nene tenía el veneno de la boa que lo engarzó hasta ahogarlo: la envidia, el recelo a lo diferente, cuando se ensaña el exclusivismo y lo inconcebible de la competencia dentro de lo leal. Don Nene, llévese a la tumba la enseñanza propia: el hombre, dentro de sus metas no debe confiar ni en sus propios hijos. Tal vez, en algunos se pueda confiar, pero no mucho.

A veces, las circunstancias conducen al ser humano a morir así, víctima de sus ilusiones. Pero con la satisfacción de morir en paz.

Adiós, Don José Ureña. Usted se ha llevado a la tumba, un poco de lo que queda muy poco en la sociedad dominicana: la competencia leal. Pero, es muy posible que ese poquito de decencia y lealtad del hombre campechano, termine de ser abono. Para un futuro mejor para todos.

Adiós, Don Nene. Con Usted se va, todo lo que quiso que fuera el Banco del Comercio y su propio espíritu empresarial. Sus competidores que le sobreviven, no son capaces de portar la dignidad de la libre competencia que nutrirá siempre el sistema democrático, herencia de Juan Pablo Duarte, quien, de paso, era hijo de comerciantes como los que dejan la herencia de la dignidad.

 

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