
Cuba entre el arroz de Pekín y la sombra de Moscú
Por: Lic. Luis Ma. Ruiz Pou
Por décadas, Washington ha sostenido que el embargo contra Cuba es un instrumento de presión política. Pero en la práctica, ese andamiaje de sanciones —iniciado por Eisenhower en 1960, endurecido por Kennedy y convertido en un régimen casi pétreo con las leyes Torricelli y Helms-Burton— ha producido un efecto muy distinto: ha empujado a la isla hacia los brazos de otras potencias. Primero fue la Unión Soviética; hoy, sería China.
Hoy, el vacío vuelve a llenarse, esta vez con China y con una Rusia que busca recuperar viejos espacios de influencia. El resultado es una paradoja que Estados Unidos se resiste a reconocer: el embargo no ha aislado a Cuba; la ha vuelto más dependiente de quienes desafían el orden geopolítico estadounidense. La crisis que abrió la puerta
Las sanciones no son un concepto abstracto. Se traducen en estantes vacíos, hospitales sin insumos, tecnologías inaccesibles y una emigración creciente de jóvenes y profesionales. La escasez de alimentos y medicinas no es un accidente: es la consecuencia directa de un cerco económico que limita importaciones, bloquea financiamiento y penaliza a terceros países que intentan comerciar con la isla. En ese escenario de vulnerabilidad estructural, cualquier gesto de ayuda adquiere un peso político descomunal.
El arroz de Xi Jinping: humanitarismo y estrategia: La reciente ayuda humanitaria enviada por China —un programa de 60,000 toneladas de arroz, cuyo primer cargamento de 4,800 toneladas ya llegó a la isla— ha sido recibida por la población cubana como un alivio tangible. En un país donde la mesa familiar es un campo de batalla cotidiano, cada saco de arroz es un respiro. Pero también es un mensaje.
El presidente Xi Jinping se proyecta como un líder solidario, sensible al sufrimiento ajeno, dispuesto a sostener servicios críticos allí donde el embargo asfixia. Esa imagen compasiva tiene un efecto emocional poderoso. Sin embargo, sería ingenuo ignorar la dimensión estratégica: la diplomacia de la ayuda es también diplomacia de la influencia.
China no actúa solo por altruismo. Actúa porque Cuba es un punto geopolítico privilegiado: un enclave en el Caribe, a 150 kilómetros de Florida, con puertos, telecomunicaciones y sectores energéticos que pueden convertirse en nodos de poder. La dependencia alimentaria y financiera abre puertas. Y China sabe abrirlas.
El regreso de Rusia: Mientras Pekín avanza con arroz y financiamiento, Moscú tantea un retorno más simbólico y potencialmente más explosivo. Rusia, aislada por su guerra en Ucrania y necesitada de aliados, ve en Cuba un escenario ideal para proyectar fuerza y desafiar a Washington en su propio vecindario. La memoria histórica pesa: la crisis de los misiles de 1962 sigue siendo el mayor trauma geopolítico del hemisferio occidental. Cualquier insinuación de presencia militar rusa en la isla —bases, radares, cooperación estratégica— activa reflejos automáticos en Washington.
La Doctrina Monroe en el siglo XXI: Aquí aparece el punto neurálgico: si la dependencia económica hacia China facilita la entrada de Rusia en áreas sensibles, el Caribe podría volver a convertirse en un tablero de confrontación global. Estados Unidos insiste en que “América es para los americanos”, pero la realidad es que el embargo ha debilitado su propia capacidad de influencia. Mientras Washington cierra puertas, otros actores las abren. Mientras Estados Unidos sanciona, China alimenta. Mientras Estados Unidos se distancia, Rusia se acerca.
El poder ya no entra solo en barcos: entra en contenedores de arroz, en cables de fibra óptica, en financiamiento para infraestructura crítica. Lo que ha debilitado es la capacidad de Estados Unidos para influir en la isla. En cambio, ha fortalecido la presencia de potencias que ven en Cuba una oportunidad para reconfigurar el equilibrio hemisférico.
China ofrece arroz hoy. Rusia podría ofrecer radares mañana. Cuba, atrapada entre la necesidad y la geopolítica, corre el riesgo de repetir un patrón histórico: cambiar una dependencia por otra. La pregunta que queda flotando es incómoda: ¿cuánto más está dispuesto Washington a ceder en su propio vecindario antes de revisar una política que, tras seis décadas, ha producido exactamente lo contrario de lo que prometía?



