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Opiniones

La madre, un pararrayo de amor en el hogar.

Por Venecia Joaquín
El pararrayo es un “artefacto compuesto por una varilla metálica, terminada
en una o varias puntas y conectado a tierra o con el agua, que se coloca
sobre edificios o embarcaciones para protegerlos de las descargas eléctricas
atmosféricas”, evitando que las reciban y sean destruidos.
Las madres somos algo así, como pararrayos en el hogar. Vivimos atentas a
los antivalores que merodean el ambiente, en la sociedad, para detenerlos,
protegiendo la familia de sus descargas. Estos intentan penetrar en el hogar
aprovechando confusiones, debilidades, necesidades insatisfechas, pero la
madre con valentía busca la forma de neutralizarlos y erradicarlos.
Cada madre, acorde a sus posibilidades, evita las descargas negativas en su
hogar; amortigua o resuelve las necesidades para que no falte comida,
medicina, educación, armonía, afectos, alegría, etc., aun en detrimento
propio. Cuando los hijos tienen hambre, no se detiene hasta que aparezca
comida; si están enfermo, no duerme. El amor y afán de protegerlos, la
concentra en buscar soluciones en buena lid, evitando fuentes de
aprendizaje negativas, inapropiadas, para que los hijos aprendan a caminar
con firmeza, con seguridad por el camino del bien y tengan una vida libre,
feliz, tranquila, sustentada sobre firmes valores morales y cristianos.
Cual pararrayo, la progenitora recoge angustias, limitaciones,
incomprensiones, para que no afecten la salud física y mental, la
realización personal y profesional de los hijos, para construirles un nido de
amor y aprendizaje positivo; callada, recibe las descargas negativas para
que en el hogar reine la armonía, la paz y solo lleguen ráfagas de amor y
alegría ; como cuando pasa hambre para que sus hijos coman o se encierra
a llorar por los sacrificios, incomprensiones, cansancio y sufrimientos, sin
que lo noten.. Eso la convierte en fuente permanente de ternura, de alivio.
Solo Dios sabe, de sus insomnios y de todo lo que, sin trascender, hace una
madre por el bienestar de los hijos y la unión familiar. Es de imaginarse los
esfuerzos de la que asume sola la responsabilidad de educarlos y hacerlos
personas de bien. Sus acciones para protegerlos son instintiva, naturales,
placenteras, no espera recompensas; las recibe al verlos crecer saludables,
apartados del mal, tomando con firmeza y coraje las riendas de sus vidas,
manejando de manera ejemplar sus triunfos y adversidades. Eso la llena de
intimo orgullo, contento ¡de gran alegría y felicidad!

Indiscutiblemente, lo más maravilloso de ser madre, lo que realmente
identifica como tal, es la capacidad de ser un pararrayo en el hogar; un
pararrayo que, al estar constituido de amor, tiene el mágico encanto de
resistir y neutralizar, las descargas inesperadas, duras e hirientes que
recibe; tiene el poder de neutralizar con coraje todo lo feo y odioso que la
vida encierra, todo para alcanzar su meta: formar hijos de bien, utiles a la
sociedad.
¡Dios bendiga y proteja a todas las madres del mundo!

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