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Fri, Feb

La Suprema y los políticos

Opinion
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En vez de estar buscando jueces para que ocupen sillones, lo que se tiene es que institucionalizar a las Altas Cortes, y en especial a la Suprema Corte de Justicia. El máximo organismo judicial del país todavía arrastra la pasión política y la falta de continuidad.

Cada presidente de la Suprema lleva su propio librito debajo de la toga. Cuando se va, todo comienza de nuevo. No hay continuidad institucional. Los partidos todavía son los que designan a los jueces, y por consiguiente mantienen su influencia mediática.

Hay que buscar una forma democrática y apegada a la Constitución que permita nombrar a los jueces de las Altas Cortes en base a su trabajo, su dedicación, su seriedad, sin tomar en cuenta sus banderías partidistas.

Tenemos confianza en que se podrá lograr en el país una justicia libre e independiente. Que cada uno de los jueces sea aprobado por su hoja de vida y de trabajo. Que para llegar al cargo no tenga que estar bajo las sombras de un dirigente político de ocasión.

Lo ideal es que se llegue a las Altas Cortes siguiendo el sendero de un escalafón judicial. El que llegue a la Suprema debe desempeñar el cargo de por vida, eso sí, aplicando la baja a los 70 o 75 años, o antes por enfermedad.  La salida de Mariano Germán de la Suprema no deja a la justicia huérfana, pero si da muestras de  la falta de institucionalidad en que se maneja al organismo.

Los dos últimos presidentes de la Suprema lucharon para mantener el cargo, pero cuando perdieron el favor  de los soportes partidistas no les quedo más camino que quedarse en sus casas. Jorge Subero Isa se retiró cuando vio que carecía de apoyo, y lo mismo pasa con Germán.

La esperanza ahora es que se pueda escoger a una Suprema Corte de Justicia fuera de la batuta del litoral político. Es una simple ilusión si tomamos en cuenta que estamos en un año  pre-electoral,  donde contar con las cabezas de las altas cortes es vital. Hay que institucionalizar la justicia, y dejar atrás  los cargos con compromisos partidistas. ¡Ay!, se me  acabó la tinta.